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Influencia De La Revolucion Francesa En America

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Categoría: Historia Americana

Enviado por: Rebecca 13 abril 2011

Palabras: 6785 | Páginas: 28

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la cesión a Francia en 1795, las invasiones haitianas de 1801 y 1805 y la dura lucha de 1805 y 1809 para expulsar a los invasores. La violencia y los duros enfrentamientos quedarían grabados en la memoria de los dominicanos y serían fielmente transmitidos al resto de las colonias españolas en América por la mayor parte de las cerca de 125.000 personas que entre 1795 y 1810 abandonaron la isla. A diferencia de lo ocurrido en las Trece Colonias y de lo que ocurriría en la América española, la independencia de Haití sería mucho más un acontecimiento de profundas repercusiones sociales que políticas.

Desde finales del siglo XVII, utilizando a los bucaneros que huían de sus perseguidores y buscaban refugio en la isla de la Tortuga como punta de lanza, los franceses se habían asentado en la parte occidental de La Española, posteriormente conocida como Haití o Saint-Domingue. Lentamente comenzaron a sentar las bases de lo que sería un siglo más tarde la colonia de mayor productividad de todas las Antillas. Allí se había instalado una pujante economía de plantación, gracias a la masiva introducción de esclavos negros. El principal cultivo era el azúcar, seguido por el café, algodón e índigo. La parte española de la isla se había dedicado a la producción ganadera, produciéndose una notable integración entre las economías de ambos sectores. La independencia de los Estados Unidos, y la quiebra del monopolio comercial británico, benefició enormemente a Saint-Domingue. Los comerciantes norteamericanos decidieron cambiar sus fuentes de aprovisionamiento de azúcar, abandonando a sus tradicionales proveedores. A partir de 1783, coincidiendo con la Paz de París, la parte francesa de La Española comenzó un espectacular proceso de crecimiento económico, gracias a un fuerte aumento de la productividad, que hizo mucho más competitivos los costos de producción de la isla en relación con los de sus rivales británicos. El auge de la producción de las Antillas francesas desplazó a Jamaica y Barbados de su condición hegemónica en la producción y el comercio azucareros.El aumento en el número de ingenios requirió de cantidades crecientes de esclavos, que arribaban regularmente a las costas haitianas. Frank Moya Pons calcula que en las vísperas de la Revolución Francesa llegaban anualmente cerca de 30.000 negros. De los 172.000 esclavos que había en 1754 en la parte francesa de la isla, se pasó a 240.000 en 1777 y en 1789 ya eran más de 450.000 (lo que suponía el 85 o el 90 por ciento de la población). La mitad de los esclavos trabajaba en los casi 800 ingenios existentes. Pero en la misma prosperidad se estaban gestando los factores de conflicto que terminarían por amenazar la base económica que propiciaba la expansión: el sector azucarero. Los primeros afectados eran los plantadores, también conocidos como los grandes blancos, que se veían perjudicados por su debilidad financiera. La trata, inicialmente controlada por compañías monopólicas, fue pasando a manos de comerciantes franceses, instalados fundamentalmente en Burdeos, Nantes y Marsella. Estos comerciantes eran los propietarios de las refinerías de azúcar construidas en los principales puertos metropolitanos, lo que les permitía monopolizar las importaciones. Los comerciantes también adelantaban dinero a los plantadores para que pudieran afrontar los gastos del ciclo productivo (compra de insumos, materias primas y alimentos, pago de salarios, etc.), lo que aumentó su vulnerabilidad frente al capital comercial. Esta situación colaboró a incrementar el resentimiento existente entre los plantadores, que muy pronto quisieron seguir los derroteros independentistas de los colonos norteamericanos. En las reuniones que algunos de ellos mantenían en el Club Massiac, de París, se comenzó a plantear la necesidad de dotar de autonomía política a la colonia como el mejor modo de escapar a las presiones ejercidas desde la metrópoli. Por debajo de ellos encontramos a los casi 40.000 pequeños blancos (burócratas, soldados, pequeños plantadores, comerciantes, administradores de plantación, etc.), que mantenían una muy tensa relación con los cerca de 28.000 mulatos libres que existían antes de la Revolución Francesa y que en buena parte también se dedicaban a la industria azucarera. Este último grupo era propietario de casi la tercera parte de las plantaciones (y de los esclavos) de la colonia. El origen de esta circunstancia tan peculiar se encuentra en el hecho de que la legislación francesa reconocía el derecho de sucesión para los hijos de blancos y esclavas negras, siempre y cuando hubieran sido reconocidos por los padres. Como eran numerosos los plantadores que vivían en la isla sin familia, un buen número de mulatos, hijos naturales, pudo acrecentar su patrimonio.

Los mulatos

La envidia de los pequeños blancos ante los mulatos enriquecidos dio lugar a un conjunto de leyes discriminatorias, que buscaba frenar el ascenso social de los mulatos y trataba de convertirlos en ciudadanos de segunda categoría, pese a que teóricamente eran totalmente libres. En 1758 se les prohibió portar armas y en 1771 se les impidió ocupar cargos en los tribunales o en las milicias y ejercer la medicina. En 1768 se prohibió a las mulatas casarse con blancos. En 1779 se los obligó a vestirse de manera especial para denotar su condición y en 1781 se les prohibió utilizar los títulos de Monsieur y Madame (señor y señora). Al igual que los plantadores, algunos mulatos ricos solían pasar largas temporadas en París, y allí constituyeron la Sociedad de los Amigos de los Negros, que tuvo una excelente acogida entre los grupos franceses más radicales. Una vez estallada la revolución, los mulatos ofrecieron una importante cantidad de dinero para hacer frente al pago de la deuda pública. En realidad, su principal objetivo era obtener de la Asamblea Nacional la plenitud de sus derechos ciudadanos, un importante arma con la que enfrentarse a las leyes discriminatorias de los pequeños y los grandes blancos de Saint-Domingue. Sin embargo, este reconocimiento no fue nada sencillo, por cuanto muchos sectores de la burguesía francesa, especialmente los más vinculados a la trata y a la industria azucarera, se oponían a la medida, ya que argumentaban que la misma era el prolegómeno al reconocimiento del pleno derecho de los negros, y con ello el fin de la esclavitud y de la prosperidad en la que se basaba el sistema de plantación. Como contrapartida, los plantadores asentados en Saint-Domingue endurecieron su política con los mulatos y en 1790 lograron que se constituyera una Asamblea Colonial totalmente favorable a sus intereses, a tal punto que consideró inadmisible cualquier reivindicación de los derechos políticos de los mulatos. La Asamblea fue encargada del gobierno de la isla, y también debía nombrar los delegados a la Asamblea Nacional. De hecho estamos frente a una declaración de independencia impulsada por los plantadores. La postura de duro enfrentamiento de los blancos condujo a una mayor radicalización social. Ante la cerrazón de los blancos, los mulatos decidieron recurrir a la violencia a fin de poder imponer sus reivindicaciones. La Sociedad de los Amigos de los Negros envió a Vicente Ogé a Saint-Domingue, en octubre de 1790, con el objeto de encabezar un levantamiento. Otros líderes de la rebelión eran uno de sus hermanos y Jean Baptiste Chavannes. Los cabecillas rebeldes fueron apresados y ejecutados, lo que marcó el fin del levantamiento. La principal causa del fracaso estuvo en el aislamiento social de los mulatos, que evitaron hacer causa común con los esclavos negros, por considerarse superiores a los mismos. Muy influidos por el discurso de la Revolución Francesa y de la independencia de los Estados Unidos, los mulatos comenzaron a hablar de igualdad y de independencia con mayor intensidad que en el pasado. A partir de entonces empezaron a organizarse para oponerse por la fuerza tanto a los plantadores locales como a las autoridades francesas, a quienes hacían responsables de la discriminación que estaban sufriendo. La situación se fue haciendo cada vez más tensa y violenta y el número de víctimas por ambos bandos no dejaba de incrementarse, aumentando la sensación de inestabilidad que se vivía. Sin embargo, mientras los blancos y los mulatos estaban enzarzados unos contra otros, nadie se ocupaba de la situación de los esclavos negros, que veían cómo su situación se deterioraba a la vez que escuchaban a sus amos discutir de derechos humanos, de libertad, de igualdad y de autonomía y muy pronto se convencieron de que dichos conceptos debían ser aplicables a sí mismos. De forma inesperada, en agosto de 1791, estalló una revuelta de esclavos negros en las plantaciones del norte de Saint-Domingue, que inició un período de violencia y gran incertidumbre que se prolongaría durante diez años.

La rebelión de los esclavos

El alzamiento negro fue acompañado de muestras de extrema brutalidad y sadismo. Así, por ejemplo, la columna negra que se dirigía a conquistar la población de Cap François estaba precedida por un niño blanco clavado en una lanza a modo de estandarte. La respuesta de los blancos también estuvo a la altura de las circunstancias y consistió en aniquilar a todos los sublevados. A los ojos de los propietarios de tierras, la reivindicación principal de los esclavos negros, su libertad, suponía la quiebra del sistema de plantación y la ruina de los plantadores, tanto blancos como mulatos. Esto llevó a ambos bandos a dejar de lado sus enfrentamientos pasados y a unirse, momentáneamente, junto con las autoridades metropolitanas, en la represión del alzamiento esclavo. A fines de 1791, se envió desde Francia una Comisión Civil que entre sus principales objetivos tenía el de favorecer la alianza anti-negra. Pero pese a hacer causa común en su enfrentamiento con los negros, la alianza entre blancos y mulatos reposaba en bases muy inestables. Los tradicionales odios entre ambos grupos no desaparecieron y el conflicto pervivió a los enfrentamientos, condenando a corto plazo al fracaso de la alianza. En marzo de 1792 los mulatos obtuvieron del gobierno francés la equiparación de sus derechos con los blancos, aunque esto no evitó que continuaran los conflictos interétnicos entre los dos grupos de propietarios. En septiembre de 1792 llegó a Cap François una segunda Comisión Civil, acompañada de una expedición de 6.000 soldados que tenía como principal objetivo acabar con la revolución. Ambos bandos buscaron aliados externos. Mientras los negros se inclinaron hacia los españoles de Santo Domingo, pensando en que éstos deseaban recuperar el control político sobre la totalidad de la isla, los blancos y mulatos optaron por los británicos, dada la vieja rivalidad que los enfrentaba a Francia y su deseo de apoderarse de la colonia gala. Los jefes rebeldes Biassou y Jean François, aumentaron sus contactos con los españoles, que les proveían alimentos, armas y municiones, pensando que se trataba de la mejor manera de expulsar a los franceses. Por su parte, los grandes blancos pidieron a los británicos de Jamaica el envío de una fuerza armada que acabara con la rebelión de los esclavos, lo que posteriormente les permitiría resolver la cuestión de los mulatos. Los grandes blancos se manifestaron contra el gobierno revolucionario, por la postura que tenía favorable a los mulatos. La llegada de los jacobinos al poder en París agudizó aún más la situación y la guerra que estalló contra Gran Bretaña, Holanda y España pronto repercutió en la colonia. En Jamaica se recogió con interés la propuesta de los plantadores, y se enviaron tropas que en corto tiempo ocuparon el sur y la costa oeste de Haití. Los británicos pensaban que con la invasión también podrían recuperar el control de la producción azucarera. Los españoles también invadieron el sector francés, y rápidamente conquistaron la mayor parte del norte de la colonia, gracias al apoyo de los negros sublevados

Toussaint Louverture

Fue entonces cuando los enfrentamientos dieron un giro radical. Leger-Félicité Sonthonax, el alto comisionado francés de orientación jacobina, ante el peligro de perder definitivamente la colonia a manos de los ingleses, decidió convocar a los negros en su defensa, para lo cual decidió abolir la esclavitud el 29 de abril de 1793, aunque tal medida supusiera una extralimitación en las funciones que tenía encomendadas. La decisión de Sonthonax provocó una seria fractura en el interior del movimiento negro, ya que un sector de los rebeldes rechazó las medidas adoptadas y prefirió mantener su alianza con los españoles. Toussaint Louverture, uno de los líderes revolucionarios más lúcidos e importantes, aceptó la llamada francesa y se incorporó a las filas galas con 4.000 hombres. Los mulatos también se dividieron. Mientras unos se plegaron a la posición francesa, los más ricos mantuvieron su unión con los blancos y apoyaron la intervención militar británica. La retirada del apoyo de los negros fue fatal para los intereses españoles, ya que les supuso el rápido abandono de las posiciones conquistadas en Saint-Domingue. La desaparición de la tensión en uno de los frentes le permitió a los franceses ocuparse sólo de los británicos. La derrota española se confirmó por la Paz de Basilea de 1795. De acuerdo con sus cláusulas, los españoles recuperaron las posesiones perdidos en la guerra a cambio de otorgar a los franceses el control del sector oriental de la isla. La guerra con los británicos duró cinco años más, al cabo de los cuales las bajas de los invasores ascendieron a 25.000 hombres y se hicieron insoportables. La guerra consolidó el ascenso de Toussaint, que en 1796 fue ascendido a general de brigada y al año siguiente a general de división. En poco tiempo se confirmó como el principal poder de la colonia. El poderío de Toussaint fue claramente evidente en abril de 1798, a consecuencia de la retirada británica, cuando el general Maitland negoció un tratado secreto con el líder negro, por el cual los británicos se comprometían a abandonar la isla a cambio de concesiones comerciales. Durante la negociación, Maitland le garantizó la protección británica si Toussaint seguía el camino de la independencia. Pero el haitiano que no confiaba excesivamente en los británicos prefirió seguir gobernando en nombre de Francia, aunque esto supusiera mantener los vínculos coloniales. Toussaint estableció relaciones con los Estados Unidos e intentó recuperar la producción azucarera y normalizar la situación económica y política. Para ello mantuvo el sistema de plantación, devolvió las plantaciones a los antiguos propietarios que permanecían en la isla y obligó a los negros a retornar a sus empleos tradicionales. Los mulatos, encabezados por el general André Riagaud, se resistieron a ser gobernados por un negro, rebelándose en febrero de 1799. De este modo comenzó un nuevo enfrentamiento, esta vez entre negros y mulatos. La superioridad numérica de los negros y las dotes militares de Toussaint les permitieron ganar la sangrienta guerra que se prolongó durante un año y medio. En agosto de 1800 los mulatos fueron derrotados y Rigaud tuvo que abandonar la isla. Consolidado en su posición, Toussaint intentó reactivar la economía, para lo cual optó por mantener de un modo férreo el sistema de plantación sobre la base de sus planteamientos anteriores. Los antiguos esclavos trabajarían como asalariados. El producto de las cosechas se partiría en cuatro, la mitad para la Hacienda en concepto de impuestos y los dos cuartos restantes se dividirían entre los trabajadores y a los patronos a partes iguales. En octubre de 1800 Toussaint sancionó un código que regulaba la totalidad del sistema agrario vigente. La llegada de Napoleón al poder, y su deseo de rehacer el imperio colonial francés, afectó directamente la posición de Toussaint. Napoleón pretendía utilizar los recursos de las colonias para financiar sus guerras europeas, pero para ello requería un Haití que controlara totalmente la isla de La Española (en contra del Tratado de Basilea), a pleno rendimiento y con los negros nuevamente sometidos a la esclavitud. Toussaint aparecía como un serio obstáculo que debía ser removido. Pero la sagacidad del dirigente haitiano le permitió anticiparse a las decisiones de Napoleón. Para ello invadió la parte española de la isla y el 26 de enero de 1801 ocupó la ciudad de Santo Domingo, ante la consternación de los españoles de la ciudad y de los numerosos franceses que allí habían buscado refugio. Rápidamente procedió a la unificación de todo el territorio insular y tras nombrar diversos funcionarios y disponer las medidas necesarias para la reactivación económica retornó al occidente de la isla, dispuesto a afrontar su defensa. Napoleón se negó a aceptar el orden impuesto por Toussaint y tras conseguir que España le devolviera la Luisiana lanzó una poderosa flota de más de 80 embarcaciones y 58.000 soldados, al mando del general Victor-Emmanuel Leclerc, cuñado de Napoleón, contra La Española para someterla militarmente. A principios de 1802 la flota francesa arribó a la isla y rápidamente se desencadenó una ofensiva simultánea en varios puntos de la isla, que hizo retroceder a los negros. Los franceses se apropiaron de Santo Domingo y de las principales poblaciones de la parte occidental de la isla y en junio de ese año capturaron a Toussaint que falleció en su cautiverio francés en 1803, adonde había sido enviado junto con su familia. Superado el momento inicial de desánimo, los negros se reagruparon bajo el mando de Jean Jacques Dessalines, uno de los lugartenientes de Toussaint, y del general Henri Cristophe. La lucha fue sumamente sangrienta y los negros adoptaron la táctica de la tierra arrasada, destruyendo todo lo que encontraban a su paso, con el fin de dificultar el aprovisionamiento de las tropas galas. La fiebre amarilla también atacó a los franceses, a tal punto que a fines de 1803 tuvieron que abandonar la isla dejando atrás innumerables bajas y 7.000 prisioneros. De acuerdo con las cifras oficiales francesas, se perdieron en la campaña de Santo Domingo más de 50.000 hombres, entre ellos el propio general Leclerc. Los negros decidieron abandonar las tácticas más contemporizadoras de Toussaint, ante la imposibilidad de llegar a ningún acuerdo con Francia. El 1 de enero de 1804 Dessalines y sus seguidores proclamaban la independencia de Haití (el nombre amerindio de La Española). Siguiendo el ejemplo de Napoleón, Dessalines se proclamó emperador, pero en 1806 sería fusilado. Con posterioridad, el Norte y el Sur del país se separaron bajo gobiernos diferentes. El Norte, con centro en Cap Haitien, fue gobernado por Henri Cristophe, que luego de hacerse coronar, reinó como Henri I, entre 1806 y 1820. Su reinado fue sumamente duro y severo, lo que terminó generando una gran rebelión en 1820, momento en el que se suicidó. El Sur fue puesto bajo el control de Alexandre Petion, el "presidente de la República de Haití", que gobernó entre 1808 y 1818. Se trataba de un mulato educado en Francia, de talante liberal, que permitió el florecimiento de las libertades en su territorio. Su pésimo manejo de la economía condujo el país a la ruina. Petion fue sucedido por Jean Pierre Boyer, que tras el suicidio de Cristophe, reunificó la isla.(Extraido de http.//www.artehistoria.jcyl.es/historia/contextos/2426.htm)

Material N°3

Cátedra: Ideario Bolivariano Docente: Lcda. Aura Medina

Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano

De Wikisource, la biblioteca libre.

Los representantes del pueblo francés, que han formado una Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, la negligencia o el desprecio de los derechos humanos son las únicas causas de calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne estos derechos naturales, imprescriptibles e inalienables; para que, estando esta declaración continuamente presente en la mente de los miembros de la corporación social, puedan mostrarse siempre atentos a sus derechos y a sus deberes; para que los actos de los poderes legislativo y ejecutivo del gobierno, pudiendo ser confrontados en todo momento para los fines de las instituciones políticas, puedan ser más respetados, y también para que las aspiraciones futuras de los ciudadanos, al ser dirigidas por principios sencillos e incontestables, puedan tender siempre a mantener la Constitución y la felicidad general. Por estas razones, la Asamblea Nacional, en presencia del Ser Supremo y con la esperanza de su bendición y favor, reconoce y declara los siguientes Derechos del Hombre y del Ciudadano:

I - Los hombres han nacido, y continúan siendo, libres e iguales en cuanto a sus derechos. Por lo tanto, las distinciones civiles sólo podrán fundarse en la utilidad pública.

II - La finalidad de todas las asociaciones políticas es la protección de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre; y esos derechos son libertad, propiedad, seguridad y resistencia a la opresión.

III - La nación es esencialmente la fuente de toda soberanía; ningún individuo ni ninguna corporación pueden ser revestidos de autoridad alguna que no emane directamente de ella.

IV - La libertad política consiste en poder hacer todo aquello que no cause perjuicio a los demás. El ejercicio de los derechos naturales de cada hombre, no tiene otros límites que los necesarios para garantizar a cualquier otro hombre el libre ejercicio de los mismos derechos; y estos límites sólo pueden ser determinados por la ley.

V - La ley sólo debe prohibir las acciones perjudiciales a la sociedad. Lo que no está prohibido por la ley no debe ser estorbado. Nadie debe verse obligado a aquello que la ley no ordena.

VI - La ley es expresión de la voluntad de la comunidad. Todos los ciudadanos tienen derecho a colaborar en su formación, sea personalmente, sea por medio de sus representantes. Debe ser igual para todos, sea para castigar o para premiar; y siendo todos iguales ante ella, todos son igualmente elegibles para todos los honores, colocaciones y empleos, conforme a sus distintas capacidades, sin ninguna otra distinción que la creada por sus virtudes y conocimientos.

VII - Ningún hombre puede ser acusado, arrestado ni mantenido en confinamiento excepto en los casos determinados por la ley y de acuerdo con las formas por ésta prescritas. Todo aquél que promueva, solicite, ejecute o haga que sean ejecutadas órdenes arbitrarias, debe ser castigado, y todo ciudadano requerido o aprehendido por virtud de la ley debe obedecer inmediatamente, y se hace culpable si ofrece resistencia.

VIII - La ley no debe imponer otras penas que aquéllas que son evidentemente necesarias; y nadie debe ser castigado sino en virtud de una ley promulgada con anterioridad a la ofensa y legalmente aplicada.

IX - Todo hombre es considerado inocente hasta que ha sido convicto. Por lo tanto, siempre que su detención se haga indispensable, se ha de evitar por la ley cualquier rigor mayor del indispensable para asegurar su persona.

X - Ningún hombre debe ser molestado por razón de sus opiniones, ni aún por sus ideas religiosas, siempre que al manifestarlas no se causen trastornos del orden público establecido por la ley.

XI - Puesto que la comunicación sin trabas de los pensamientos y opiniones es uno de los más valiosos derechos del hombre, todo ciudadano puede hablar, escribir y publicar libremente, teniendo en cuenta que es responsable de los abusos de esta libertad en los casos determinados por la ley.

XII - Siendo necesaria una fuerza pública para dar protección a los derechos del hombre y del ciudadano, se constituirá esta fuerza en beneficio de la comunidad, y no para el provecho particular de las personas por quienes está constituida.

XIII - Siendo necesaria, para sostener la fuerza pública y subvenir a los demás gastos del gobierno, una contribución común, ésta debe ser distribuida equitativamente entre los miembros de la comunidad, de acuerdo con sus facultades.

XIV - Todo ciudadano tiene derecho, ya por sí mismo o por su representante, a emitir voto libremente para determinar la necesidad de las contribuciones públicas, su adjudicación y su cuantía, modo de amillaramiento y duración.

XV - Toda comunidad tiene derecho a pedir a todos sus agentes cuentas de su conducta.

XVI - Toda comunidad en la que no esté estipulada la separación de poderes y la seguridad de derechos necesita una Constitución.

XVII - Siendo inviolable y sagrado el derecho de propiedad, nadie deberá ser privado de él, excepto en los casos de necesidad pública evidente, legalmente comprobada, y en condiciones de una indemnización previa y justa. París, 26 de agosto de 1789.

500 años de difusión de las drogas por el capitalismo

Pablo Kundt

Desde hace unas cuantas décadas las drogas se han convertido en un grave problema social y en un verdadero drama humano para muchas familias obreras. Es tan grave que la burguesía ha desatado una vasta campaña de desinformación para encubrir sus causas y sus consecuencias. Frente a todas las tergiversaciones burguesas, determinados colectivos han promovido una plataforma de «oposición» que únicamente está contribuyendo a añadir más confusión.

¿Qué posición tenemos que adoptar? ¿Estamos por la legalización o por la prohibición? La cuestión merece un examen un poco más reposado, porque ni podemos admitir las posiciones de la oligarquía, ni tampoco las alternativas que nos ofrecen determinados grupos seudoprogresistas. Nuestras posiciones se fundan en el materialismo histórico, el único que permite un conocimiento científico de todos los problemas sociales.

Las drogas, lo mismo que el alcohol, son conocidas desde la más remota Antigüedad. Su consumo estaba ligado a determinadas prácticas médicas y religiosas. Sin embargo, no existían alcohólicos ni adictos: la ingestión no constituyó nunca un problema individual, ni mucho menos social. Todavía en el siglo XIX se conocía únicamente la existencia de aficionados o habituados a las drogas, careciendo el problema de las dimensiones que ha adquirido en la actualidad.

Fueron los colonizadores españoles los que, tras la invasión de América, dieron a conocer a la cul-tura occidental, en el siglo XVI, el origen, las propiedades y los usos de las drogas. La coca llamó poderosamente su atención: de los 18 cronistas de Indias, 13 aluden a la coca en 201 ocasiones. El colonialismo fue el que difundió a partir de aquel siglo el consumo de estupefacientes en cantidades hasta entonces desconocidas entre las clases altas de la sociedad: la ingesta pasó a convertirse en una moda placentera, lúdica. Especialmente los intelectuales, artistas, poetas, músicos y escritores utilizaron habitualmente los más diversos tipos de fármacos. Las infusiones, jarabes, refrescos y bebidas estimulantes o sedantes de todo tipo se difundieron con la expansión del comercio ma-rítimo: café, té, tabaco, cacao, etc.

El comercio de esas drogas y de otras mercancías nuevas que los colonialistas españoles descubrieron, era parte integrante de la acmulación de capital. El transporte se abarató permitiendo un acceso fácil y cómodo a un consumo mucho más abundante y más variado. El proceso coincide con una fuerte corriente secularizadora: la religión perdió cada vez más influencia en la sociedad, por lo que los estímulos alienantes hubo que buscarlos en otros sitios.

El colonialismo utiliza también determinadas drogas para dominar a los aborígenes. La dominación colonial de las grandes potencias sobre los pueblos indígenas tuvo en las drogas uno de sus medios de exterminio más importantes. Como en las demás partes del mundo, en Asia se conocía desde antiguo el opio, pero no su consumo adictivo. La expansión colonialista en aquel continente dispuso de tres herramientas de poder: el fusil, la religión y el opio. A mediados del siglo XVIII Inglaterra había hecho del té un próspero negocio y el opio seguía el mismo camino. Poderosos intereses económicos británicos forzaron la exportación de opio desde la India hacia China. Este país era un gigantesco oasis vedado a los mercaderes occidentales pero, al cabo, cedió la muralla que contra el comercio habían establecido los chinos desde hacia siglos. De ello se encargó la guerra del opio. Esta guerra fue, en cierto modo, la cuña que abrió a China el camino del capitalismo: a los europeos les interesaban numerosos productos chinos, especialmente el té; pero a los chinos no les interesaba nada de lo que los comerciantes europeos ofrecían, de modo que la balanza de pagos se desequilibraba a favor de los asiáticos. La forma de evitar la pérdida de plata y otros metales preciosos era fomentar un consumo, abrir un mercado para las exportaciones inglesas, crear una dependencia y una adicción: el opio acabó siendo la moneda de las transacciones comerciales entre China y la India británica.

En 1833 el opio constituía la mitad de las exportaciones británicas a China, introducido de contrabando en las costas por barcos protegidos por la Armada británica. Un comercio ilegal en ambos países pero fomen-tado abiertamente (el opio se subastaba en Calcuta públicamente por la potencia metropolitana como método de explotación económica y dominación estratégica. Con el comercio del opio creció el mercado negro, la especulación, la piratería y el contrabando, algo que, como vemos, no es de hoy día precisamente. Como tampoco lo es el cinismo: se prohibe una droga no para restringir su consumo sino precisamente para promoverlo.

No fueron, por tanto, cuestiones de salud, sino la sangría económica de divisas que dicha impor-tación significaba para China a comienzos del siglo XIX, lo que forzó la guerra contra Inglaterra de 1838, de la que salió vencedora la potencia metropolitana. La derrota supuso la desintegración moral, económica y social de China exactamente durante un siglo. En 1906 había trece millones de opiómanos chinos. Sólo la revolución de comienzos de siglo, y luego la revolución socialista, libró a China del opio y, con él, de un exterminio seguro como pueblo. Según dos médicos argentinos, China «hasta ahora es la única nación del mundo que ha logrado vencer realmente el flagelo de la drogadicción, pues no hay oferta de droga» Pero China no fue un caso aislado, aunque resulte el más paradigmático de exterminio por el colonialismo, así como de resistencia y victoria final. La destrucción por alcoholismo la utilizaron ampliamente los colonizadores blancos contra los indígenas en los propios Estados Unidos. La misma situación se repitiendo hoy en Brasil con las tribus amazónicas, fuertemente afectadas por el consumo de alcohol.

LA ADICCION EN LAS METROPOLIS

Ya hemos expuesto cómo tras la colonización y la expansión marítimo-imperialista del siglo XVI las drogas se difundieron entre las clases dominantes y la bohemia. Pero «los miembros de la clase trabajadora tomaban drogas por razones diferentes a las que motivaban a los miembros de la clase media» (2). La gran industria fomentó el alcoholismo en las fábricas y minas como medio de aislamiento y segregación del movimiento obrero (3). El capitalismo fue disolviendo el tejido social de solidaridad y todas las formas de vida comunitaria tradicionales fueron reemplazadas por el individualismo, la masificación, la lucha despiadada por la supervivencia, con su correlato de fracaso y marginación: «La brutal indiferencia, el duro aislamiento de cada individuo en sus intereses privados –escribía Engels- aparecen tanto más desagradables y chocantes cuanto más juntos están esos individuos en un pequeño espacio, y aun sabiendo que el aislamiento de cada uno, ese sórdido egoísmo es, por todas partes, el principio básico de nuestra sociedad actual, en ningún lugar aparece tan vergonzosamente al descubierto, tan consciente como aquí¡, entre la multitud de las grandes ciudades» (4).

La familia feudal-patriarcal no escapó a la disgregación: la incorporación de la mujer al trabajo supuso el abandono de los hijos en la vivienda, los infanticidios al nacer, por malos tratos o hambre, e incluso les narcotizaban con opio o los subastaban a los patronos. Los farmacéuticos difundieron ampliamente las drogas entre la clase trabajadora (5). Los índices de mortalidad infantil se dispararon y la esperanza de vida se redujo drásticamente en todos los países capitalistas.

La división del trabajo y el modo de vida urbano imponen la alienación, fenómeno típicamente capitalista que conduce al desarraigo social y a la soledad. La alienación engendra intolerancia ante la realidad, ante la posibilidad de transformar la realidad, ante el dominio incontrolable con que el mundo se presenta ante el sujeto. La vida adopta una apariencia histórica, estática; su determinismo no deja otra opción que la evasión y la fuga, una tendencia suicida y autodestructiva que, paradójicamente, aparece ante el adicto como «liberación». Entre los muchos caminos que conducen a la adquisición de una identidad adictiva está el de la renuncia a la esperanza de modificar el medio social que, mediante su férreo determinismo, oprime las necesidades afectivas más profundas. El adicto ha interiorizado hasta lo más profundo la relación capitalista de dominación, de la que no imagina sea posible salir. La perona aparece como irrelevante y reemplazable dentro del sistema productivo y social: el trabajador es el único recambio que no cuesta dinero, la única pieza gratuita en el engranaje de la producción capitalista. El capitalismo promociona la ética del trabajo, el esfuerzo laboral, la competencia, la productividad, la lucha de todos contra todos, a cambio de un riguroso empobrecimiento afectivo, un defectuoso desarrollo de la vida emocional, una opacidad creciente de los sentimientos y un endurecimiento del carácter. La aceleración brutal del ritmo de producción y de vida expende el sentimiento de frustración, la angustia y el desamparo por la falta de control sobre los recursos vitales, por el imperio de un sistema de producción y consumo donde nadie tiene lo que necesita porque nadie necesita realmente lo que tiene. El trabajador se convierte en ser dependiente: dependiente del capital y dependiente de su propio trabajo. Ya nada es posible fuera del mercado: todo debe comprarse y venderse; nada es gratuito, nadie auxilia desinteresadamente y nada es posible sin dinero.

El capitalismo crea incertidumbre ante el futuro, fomenta la impotencia para poder fomentar la dependencia: la adicción es una de las formas más férreas de sometimiento que pone de manifiesto el grado atroz de sojuzgamiento en que ha caído la voluntad personal. Los trabajadores no tienen recursos propios al margen de la venta de sus fuerzas y energías laborales: también los miembros de su familia deben trabajar como él; es un desarraigado del medio rural comunitario que ha abandonado para venir a la ciudad; comienza a conocer el alcoholismo para poder sobrellevar los ritmos de trabajo y la sobreexplotación creciente.

LA INDUSTRIA DE LA DROGA

Entre los nuevos mercados que abrió el capitalismo, uno de los más importantes, estratégicamente hablando, fue el de la droga. El progreso de la química inicia la industria farmacológica. Los países capitalistas crean grandes laboratorios dedicados a la fabricación de drogas sintéticas. Del opio surge la morfina y luego la heroína; de la hoja de coca, un alcaloide: el clorhidrato de cocaína, fórmula química descubierta en 1862. Ya no se mastican productos naturales, ni se fuman hierbas apenas elaboradas: la aguja hipodérmica se difunde a mediados del siglo XIX, consiguiendo que los tóxicos se introduzcan directamente en la sangre.

Toda una industria de refrescos comenzó a funcionar a finales del siglo pasado a base de jarabes maravillosos y preparados gaseosos mezclados con cocaína, el más famoso de los cuales fue la Coca-Cola que, en su famosa fórmula, contuvo cocaína hasta 1903, en que la sustituyeron por cafeína. Las fotos de comienzos de siglo exhiben las fachadas de las farmacias anunciando diversos preparados gaseosos de cocaína de maravillosos efectos estimulantes. Incluso se fabrican chicles de coca con gran éxito comercial y los vendedores ambulantes distribuyen preparados de coca de puerta en puerta.

Junto a la industria farmacéutica, los médicos desempeñan una labor fundamental en la difusión de las drogas sustituyendo a los viejos remedios caseros por la «nueva ciencia». La morfina combate el dolor y el sufrimiento; la cocaína estimula y remedia la fatiga y el cansancio. Freud fue el pionero en el tratamiento de sus pacientes con cocaína, y en las guerras, la morfina corría por los hospitales como un remedio casi milagroso. Naturalmente ninguna droga cura ni sana ninguna enfermedad; las drogas no sirven para nada desde el punto de vista médico; sólo alivian el dolor momentáneamente, de modo que el enfermo aparece como sano.

Las drogas permiten la evasión, multiplican la alienación de la sociedad capitalista. El adicto no hace más que trasladar al campo de su vida individual el tipo de relaciones alienadas que imperan en la sociedad donde vive; lejos de ser su expresión mistificadora o distorsionante, el drogadicto es la versión fiel, literal del mundo en que vive, la exposición sin disimulos y sin conciencia de las contradicciones de la ideología dominante. Los estimulantes (cocaína, anfetaminas) multiplican las energías laborales; los sedantes (heroína, morfina) adormecen, fomentan la evasión en los momentos de ocio.

Cuando los españoles iniciaron el expolio de las minas de plata de Potosí, pagaban a los trabajadores nativos con hoja de coca: la productividad se disparaba y desaparecía la sensación de hambre. Como los salarios se reducían al mínimo, este sistema monetario fue adoptado también por los hacendados y propietarios de tierras para pagar a los jornaleros, todo ello a pesar, tanto de las prescripciones morales de la Iglesia católica como de las disposiciones legales de la Corona que lo impedían.

LA PROHIBICION DE LAS DROGAS EN ESTADOS UNIDOS

Paralelamente al fomento de las drogas, se fue desarrollando otra campaña de signo exactamente opuesto, especialmente en los Estados Unidos, denunciando sus perniciosos efectos y reclamando su persecución «salvo prescripción facultativa". La prohibición no significó más que eso: no la imposibilidad del consumo sino su control, no la reducción de las toxicomanías sino la vigilancia del toxicómano.

Estados Unidos fue la potencia que impuso la prohibición de las drogas por todo el mundo, incluso antes de asumir el papel de primera potencia imperialista. El estudio de la prohibición de la droga, en con-secuencia, está estrechamente ligado al estudio de la situación interna de aquel país.

La interdicción de las drogas en Estados Unidos fue el resultado de los esfuerzos por imponer un control estricto sobre la clase obrera dentro de un contexto de expansión capitalista y, por tanto, de urbanización. A finales del pasado siglo, los Estados Unidos experimentaron, como otros países capitalistas, un fuerte auge económico. Estados Unidos se transfor-maba en un país de capita-lismo monopolista de Estado y el proceso iba acompañado de fuertes corrientes migratorias de fuerza de trabajo en una dirección geográfica sur-norte y oeste-este.

Estas corrientes migratorias las formaban, sustancialmente, las minorías étnicas de chinos afincados en la costa oeste, de negros provenientes del sur, así como de mexicanos posteriormente. Estas minorías aportaron un factor de curiosidad, extrañeza y recelo entre las clases norteamericanas tradicionalmente dominantes en la costa este, de procedencia blanca, protestante y anglosajona. La lucha de clases aparecía como un conflicto racial. En los suburbios de las ciudades del este crecieron grupos étnicos de obreros que engendraron un mosaico urbano de colores, religiones, costumbres, culturas y también, por supuesto, de drogas. Había que ordenar este rompecabezas.

Los chinos fumaban opio, los negros tomaban coca y los mexicanos marihuana. Las clases dominantes blancas alzaron la voz contra lo que ellos -falsamente- reputaron como consecuencias de las drogas: sexualidad desenfrenada, delincuencia, corrupción de las costumbres, vagancia, etc. El cine, la prensa, la radio, las editoriales comenzaron a intoxicar con los binomios droga-marginación, droga-violaciones, droga-vagancia, etc. La imagen social: el «demonio de la droga» (los teólogos católicos del XVI llamaban «el talismán del diablo» a la coca) era el vehículo justificativo del puritanismo dominante para la vigilancia sobre el trabajador, la excusa legitimante que permitió crear un «registro de empresas» para poder acceder a las drogas.