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Resumen Planilandia

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Categoría: Informes De Libros

Enviado por: John0099 19 marzo 2011

Palabras: 30738 | Páginas: 123

...

uestro

punto de vista, en una línea recta.

Lo mismo pasaría si obraseis de modo similar con un triángulo, o un cuadrado,

o cualquier otra figura recortada en cartón. En cuanto la miraseis con los ojos puestos

en el borde de la mesa, veríais que dejaría de pareceros una figura y que adoptaría la

apariencia de una línea recta. Coged, por ejemplo, un triángulo equilátero, que

representa entre nosotros un comerciante de la clase respetable. La fig. 1 representa al

comerciante tal como le veríais cuando os inclinaseis sobre él y le miraseis desde

arriba; las figs. 2 y 3 representan al comerciante como le veríais al acercaros al nivel

de la mesa y ya casi en él; y si vuestros ojos estuviesen al nivel de la mesa (y así es

como le vemos nosotros en Planilandia) no veríais nada más que una línea recta.

Cuando yo estaba en Espaciolandia oí decir que vuestros marineros tienen

experiencias muy parecidas cuando atraviesan vuestros mares y avistan una isla o una

costa lejana en el horizonte. Ese litoral distante puede tener bahías, promontorios, ángulos

hacia dentro y hacia fuera en cantidades y dimensiones diversas; pero a distancia

no veis nada de eso (salvo que se dé el caso de que vuestro sol brille intensamente

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sobre ellos revelando las proyecciones y retrocesos por medio de luces y sombras),

sólo una línea gris ininterrumpida sobre el agua.

Bien, pues eso es justamente lo que nosotros vemos cuando uno de nuestros

conocidos triangulares o de otro tipo viene hacia nosotros en Planilandia. Como en

nuestro caso no hay sol, ni ninguna luz de ese género que pueda hacer sombras, no

tenemos ninguna de esas ayudas que tenéis vosotros en Espaciolandia. Si nuestro

amigo se acerca más a nosotros vemos que su línea se hace mayor; si se aleja se hace

más pequeña; pero de todos modos parece una línea recta; sea un triángulo, un cuadrado,

un pentágono, un hexágono, un círculo, lo que queráis... parece una línea recta y nada

más.

Es posible que os preguntéis cómo con estas circunstancias desventajosas somos

capaces de distinguir unos de otros a nuestros amigos: pero la respuesta a esta pregunta,

muy natural, se dará con mayor facilidad y exactitud cuando pasemos a describir a los

habitantes de Planilandia. Permitidme aplazar la cuestión de momento y decir un par de

cosas sobre el clima y las viviendas de nuestro país.

2. Sobre el clima y las casas de Planilandia

TAMBIÉN EN NUESTRO caso hay, lo mismo que en el vuestro, cuatro puntos

cardinales, norte, sur, este y oeste.

Al no haber sol ni ninguna otra clase de cuerpos celestes, nos resulta imposible

determinar el norte de la forma usual; pero tenemos un método propio. Por una ley de la

Naturaleza que se da entre nosotros, hay una atracción constante hacia el sur; y, aunque

en los climas templados esta fuerza de atracción es muy leve (de manera que hasta una

mujer con una salud razonable puede viajar varios estadios hacia el norte sin gran

dificultad), el efecto obstaculizador es, sin embargos suficiente para servir como brújula

en la mayoría de las zonas de nuestra tierra. Además, la lluvia (que cae a intervalos

regulares) viene siempre del norte, constituyendo así una ayuda adicional; y en las

ciudades nos sirven de guía las casas, cuyas paredes laterales van, claro estás en general,

de norte a sur, de manera que los tejados puedan proteger de la lluvia del norte. En el

campo, donde no hay casas, sirven también como una especie de guía los troncos de los

árboles. No nos resulta en general tan difícil orientarnos como podría esperarse.

Sin embargo, en nuestras regiones más templadas, en las que la atracción hacia el

sur es casi imperceptible, me ha sucedido a veces, yendo por una llanura completamente

despoblada, donde no había casas ni árboles que pudieran guiarme, que me he visto

obligado a detenerme y quedarme parado varias horas seguidas, esperando a que llegase la

lluvia para poder seguir. Entre los débiles y los ancianos, y especialmente en las mujeres

delicadas, la fuerza de atracción se acusa con mucha más intensidad que entre las

personas robustas del sexo masculino, de manera que es un detalle de buena educación, si

encuentras una dama en la calle, cederle siempre el lado norte... no resulta siempre cosa

fácil de hacer rápidamente, ni mucho menos, cuando no se goza de buena salud y en un

clima donde es difícil distinguir el norte del sur.

Nuestras casas no tienen ventanas: la luz nos llega de igual modo dentro de

nuestras casas que fuera de ellas, de día y de noche, igual en todas las épocas y en todos

los lugares, sin que sepamos de dónde viene. Se trata de una cuestión interesante, ésta del

origen de la luz, investigada a menudo en los tiempos antiguos y que, aunque se ha

intentado aclarar repetidamente, el único resultado ha sido llenar nuestros manicomios

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con los presuntos aclaradores. En consecuencia, después de muchas tentativas

infructuosas de disuadir indirectamente a los interesados en tales investigaciones,

imponiendo sobre ellas un pesado gravamen, los legisladores las prohibieron del todo en

una fecha relativamente reciente. Yo (desgraciadamente, sólo yo en Planilandia) conozco

ya demasiado bien la verdadera solución de este misterioso problema; pero mi

conocimiento no puede hacerse inteligible ni a uno solo de mis compatriotas; ¡y soy objeto

de burla (yo, el único que conoce las verdades del espacio y la teoría de la penetración

de la luz desde el mundo de tres dimensiones) como si fuese el más loco de los locos!

Pero concedámonos una tregua en estas dolorosas digresiones: volvamos a nuestras

casas.

La forma más común para la construcción de una casa es la de cinco lados o

pentagonal, como en la figura adjunta. Los dos lados norte RO, O F, forman el techo,

y la mayoría de ellas no tienen puertas; en el este hay

una puertecita para las mujeres; en el oeste, una

mucho mayor para los hombres; el lado sur o suelo

carece normalmente de puertas.

No están permitidas las casas cuadradas y

triangulares, y la razón es la siguiente. Al ser los

ángulos de un cuadrado (y aún más los de un triángulo

equilátero) mucho más puntiagudos que los de un

pentágono, y al ser las líneas de los objetos

inanimados (como las casas) mucho menos nítidas que

las de los hombres y las mujeres, se sigue de ello que hay no poco peligro de que las

puntas de una residencia cuadrada o triangular pudiesen herir gravemente a un viajero

imprudente o tal vez distraído que se diese de pronto contra ellos: así que desde fecha

tan temprana como el siglo XI de nuestra era, quedaron universalmente prohibidas

por Ley las casas triangulares, sin más excepciones que las fortificaciones, los

polvorines, los cuarteles y otros edificios públicos, a los que no es deseable que el

ciudadano en general se acerque sin una cierta circunspección.

En ese período aún estaban permitidas en todas partes las casas cuadradas,

aunque se gravaba su construcción con un impuesto especial. Pero, unos tres siglos

después, el cuerpo legislativo decidió que en todas las ciudades con una población

superior a los diez mil habitantes, el ángulo de un pentágono era el más pequeño que

se podía considerar compatible con la seguridad pública en las viviendas. El buen

sentido de la comunidad ha secundado los esfuerzos del legislativo, y ahora, en el

campo incluso, la construcción pentagonal ha desbancado a todas las demás. Sólo de

cuando en cuando, y en algún distrito agrícola muy remoto y atrasado, puede aún

descubrir un anticuario una casa cuadrada.

3. Sobre los habitantes de Planilandia

LA MÁXIMA LONGITUD o anchura de un habitante plenamente desarrollado de

Planilandia puede considerarse que es de unos veintisiete centímetros y medio. Los

treinta centímetros puede considerarse un máximo.

Nuestras mujeres son líneas rectas.

Nuestros soldados y clases más bajas de trabajadores son triángulos, con dos

lados iguales de unos veintisiete centímetros de longitud, y una base o tercer lado tan

corto (no supera a menudo el centímetro y cuarto) que sus vértices forman un ángulo

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muy agudo y formidable. De hecho, cuando sus bases son del tipo más degradado (no

más de 0,30 cm. de tamaño), difícilmente se pueden diferenciar de las líneas rectas o

mujeres, por lo extremadamente puntiagudos que llegan a ser sus vértices. En nuestro

caso, como en el vuestro, estos triángulos se diferencian de los otros porque se les

llama isósceles; y con este nombre me referiré a ellos en las páginas siguientes.

Nuestra clase media está formada por triángulos equiláteros, o de lados iguales.

Nuestros profesionales y caballeros son cuadrados (clase a la que yo mismo

pertenezco) y figuras de cinco lados o pentágonos. Inmediatamente por encima de

éstos viene la nobleza, de la que hay varios grados, que se inician con las figuras de

seis lados, o hexágonos. A partir de ahí va aumentando el número de lados hasta que

reciben el honorable título de poligonales, o de muchos lados. Finalmente, cuando el

número de lados resulta tan numeroso (y los propios lados tan pequeños) que la

figura no puede distinguirse de un círculo, ésta se incluye en el orden circular o

sacerdotal; y ésta es la clase más alta de todas.

Es una ley natural entre nosotros el que un hijo varón tenga un lado más que su

padre, de modo que cada generación se eleva (como norma) un escalón en la escala de

desarrollo y de nobleza. El hijo de un cuadrado es, pues, un pentágono; el hijo de un

pentágono, un hexágono; y así sucesivamente.

Pero esta norma no se cumple siempre en el caso de los comerciantes, y aún menos

en el de los soldados y los trabajadores, que difícilmente puede decirse, en realidad, que

merezcan el nombre de figuras humanas, pues no tienen todos sus lados iguales. En su

caso, por tanto, no se cumple la ley natural; y el hijo de un isósceles (i.e. un triángulo con

dos lados iguales) continúa siendo isósceles. Sin embargo, no está descartada toda

esperanza, incluso en el caso del isósceles, de que su posteridad pueda finalmente elevarse

por encima de su condición degradada. Pues, tras una larga serie de éxitos militares, o de

hábiles y diligentes esfuerzos, resulta generalmente que los más inteligentes de las clases

de los artesanos y los soldados manifiestan un leve incremento de su tercer lado o base, y

un encogimiento de los otros dos. Los matrimonios (preparados por los sacerdotes) entre

los hijos e hijas de estos miembros más intelectuales de las clases más bajas dan

generalmente como fruto un vástago que se acerca aún más al tipo del triángulo de lados

iguales.

Es raro (en comparación con el inmenso número de nacimientos isósceles) que

surja de padres isósceles un triángulo equilátero genuino y certificable.3 Tal nacimiento

requiere, como sus antecedentes, no sólo una serie de matrimonios mixtos cuidadosamente

planificados, sino también un largo e ininterrumpido ejercicio de frugalidad

y dominio de sí por parte de los presuntos ancestros del futuro equilátero, y un desarrollo

paciente, sistemático y continuo del intelecto isósceles a lo largo de varias generaciones.

El nacimiento de un triángulo equilátero auténtico de padres isósceles es en nuestro

país motivo de gozo en varios estadios a la redonda. Tras un examen riguroso realizado

por el consejo sanitario y social, el niño, si se certifica su regularidad, es admitido, con

solemne ceremonial, en la clase de los equiláteros. Se le separa luego de sus orgullosos

pero apenados padres y lo adopta algún equilátero sin hijos, que se compromete por

juramento a no permitir nunca que el niño vuelva a entrar en su antiguo hogar o

incluso que llegue a ver de nuevo a sus padres, por temor a que el organismo recién

desarrollado pueda, por influencia de una imitación inconsciente, recaer en su nivel

hereditario.

3 «¿Qué necesidad hay de un certificado?» puede preguntar un crítico de Espaciolandia: «¿No es la procreación de un hijo cuadrado un

certificado de la propia naturaleza, que demuestra la equilateralidad del padre?» Yo respondo que ninguna dama con una posición se

casará con un triángulo no certificado. Ha surgido a veces un vástago cuadrado de un triángulo ligeramente irregular. pero la irregularidad

de la primera generación se hace presente en casi todos estos casos en la tercera, la cual no logra alcanzar el rango pentagonal o recae en

el triangular.

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El esporádico surgimiento de un equilátero de entre las filas de sus ancestros

nacidos en la servidumbre lo acogen favorablemente no sólo los pobres siervos

mismos, como un brillo de luz y esperanza que se derrama sobre la miseria monótona

de su existencia, sino también la aristocracia en su conjunto, ya que las clases más

altas comprenden perfectamente que estos raros fenómenos, aunque hagan poco o

nada por degradar sus propios privilegios, sirven como una utilísima barrera contra

una revolución desde abajo.

Si la chusma acutángulo hubiese estado sin excepción absolutamente privada de

esperanza y de ambición podría haber hallado, en alguno de sus numerosos estallidos

sediciosos, dirigentes con capacidad para convertir su fuerza y número superiores en

algo excesivo incluso para la sabiduría de los círculos. Pero una sabia regla de

Naturaleza ha decretado que el aumento de inteligencia, conocimiento y todo género

de virtudes entre los miembros de las clases trabajadoras, vaya acompañado siempre

de un aumento proporcional y equivalente del ángulo agudo (que es el que los hace físicamente

terribles) que lo aproxime al ángulo relativamente inofensivo del triángulo

equilátero. Sucede así que, entre los miembros más brutales y temibles de la clase

militar (criaturas que se sitúan casi al mismo nivel que las mujeres en cuanto a la escasez

de inteligencia), cuando aumenta la capacidad mental necesaria para emplear

positivamente su tremenda capacidad de penetración, decrece esa misma capacidad de

penetración.

¡Qué admirable es esta Ley de Compensación! ¡Y qué prueba tan perfecta de la

armonía natural y, casi podría decir, del origen divino de la constitución aristocrática

de los estados de Planilandia! Mediante un uso juicioso de esta ley de Naturaleza, los

polígonos y los círculos son casi siempre capaces de sofocar la sedición cuando aún

está en mantillas, aprovechando esa capacidad de esperanza ilimitada e invencible de

la mente humana. También el arte acude en ayuda de la ley y el orden. Se considera

generalmente posible (con una ligera compresión o expansión practicada por los

médicos del Estado) convertir a algunos de los caudillos más inteligentes de una

rebelión en individuos perfectamente regulares y admitirlos inmediatamente en las

clases privilegiadas; a un número mucho mayor aún, que todavía se encuentran por

debajo de la norma, encandilados por la posibilidad de acabar también ennoblecidos,

se les induce a ingresar en los hospitales del estado, donde se les mantiene en

honorable confinamiento de por vida; sólo uno o dos de los más obstinados, necios e

incorregiblemente irregulares acaban siendo ejecutados.

Entonces la chusma desdichada de los isósceles, sin planes ni dirigentes, son o

atravesados sin resistencia por un pequeño cuerpo de sus propios hermanos a los que

el círculo jefe tiene a sueldo para emergencias de este género, o bien (y es lo más

frecuente) se les empuja, mediante el hábil estímulo por parte del partido circular de

las envidias y sospechas que existen entre ellos, a una lucha intestina en la que

perecen víctimas de sus mutuos ángulos. Nuestros anales registran nada menos que

ciento veinte levantamientos, sin contar los estallidos menores, que suman los doscientos

treinta y cinco; y todos ellos han terminado así.

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4. Sobre las mujeres

Si ESOS TRIÁNGULOS nuestros tan puntiagudos de la clase militar son

temibles, fácilmente se puede deducir que lo son mucho más nuestras mujeres.

Porque si un soldado es una cuña, una mujer es una aguja, ya que es, como si dijéramos,

toda punta, por lo menos en las dos extremidades. Añádase a esto el poder de hacerse prácticamente

invisible a voluntad, y comprenderéis que una mujer es, en Planilandia, una

criatura con la que no se puede jugar.

Es posible, sin embargo, que algunos de mis lectores más jóvenes se pregunten cómo

puede hacerse invisible una mujer en Planilandia. Esto debería resultar evidente para todos,

creo yo, sin ninguna necesidad de explicación. Añadiré, no obstante, unas palabras

aclaratorias para los menos reflexivos.

Poned una aguja en una mesa. Luego, con la vista al nivel de la mesa, miradla de lado,

y veréis toda su longitud; pero miradla por los extremos y no veréis más que un punto, se

ha hecho prácticamente invisible. Lo mismo sucede con una de nuestras mujeres. Cuando

tiene un lado vuelto hacia nosotros, la vemos como una línea recta; cuando el extremo

contiene su ojo o boca (pues entre nosotros esos dos órganos son idénticos) esa es la parte

que encuentra nuestra vista, con lo que no vemos nada más que un punto sumamente

lustroso; pero cuando se nos ofrece a la vista la espalda, entonces (al ser sólo sublustrosa y

casi tan mate, en realidad, como un objeto inanimado) su extremidad posterior le sirve

como una especie de tope invisible.

Los peligros a los que estamos expuestos en Planilandia por causa de nuestras

mujeres deben resultar ya evidentes hasta para el menos perspicaz. Si ni siquiera el ángulo

de un respetable triángulo de clase media está libre de riesgos, si tropezar con un trabajador

significa un corte profundo, si la colisión con un oficial de la clase militar produce

necesariamente una herida grave, si el simple roce del vértice de un soldado raso entraña

peligro de muerte... ¿Qué puede significar tropezar con una mujer, salvo destrucción

absoluta e inmediata? Y cuando una mujer resulta invisible, o visible sólo como un punto

mate sublustroso, ¡qué difícil es siempre, hasta para el más cauto, evitar la colisión!

Se han promulgado muchas leyes en diferentes épocas, en los diversos estados de

Planilandia, con el fin de reducir al mínimo este peligro. Y en los climas meridionales y

menos templados, donde la fuerza de la gravedad es mayor y los seres humanos, más

proclives a movimientos casuales e involuntarios, las leyes relativas a las mujeres son, como

es natural, mucho más estrictas. Pero el resumen siguiente permitirá hacerse una idea

general del código:

1. Las casas tienen que tener todas una entrada en el lado este para uso exclusivo de

las mujeres; todas las mujeres han de entrar por ella «de una forma apropiada y respetuosa»4

y no por la puerta oeste o de los hombres.

2. Ninguna mujer entrará en un lugar público sin emitir de forma continua su «grito

de paz» bajo pena de muerte.

4Cuando estuve en Espaciolandia comprobé que algunos de vuestros círculos sacerdotales tienen también

una entrada independiente para aldeanos, campesinos y profesores de internados (El Espectador, sept. 1884,

p. 1255) por las que deben entrar «de una forma apropiada y respetuosa» .

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3. Toda mujer de la que se certifique oficialmente que padece del baile de san Vito,

de ataques, de catarro crónico acompañado de estornudos violentos, será inmediatamente

destruida.

En algunos estados hay una ley suplementaria que prohíbe a las mujeres, bajo pena

de muerte, andar o estar paradas en un lugar público sin mover la espalda constantemente

de derecha a izquierda, para indicar su presencia a los que están detrás de ellas; en otros

estados se obliga a las mujeres a que vayan seguidas, cuando viajan, de uno de sus hijos, o

de algún criado, o de su marido; otros las confinan completamente a sus casas, salvo durante

las festividades religiosas. Pero los más sabios de nuestros círculos, es decir, de nuestros

estadistas, han descubierto que multiplicar las restricciones que se aplican a las mujeres no

sólo lleva al debilitamiento y la disminución de la especie sino que incrementa también el

número de asesinatos domésticos, hasta tal punto que el estado pierde más de lo que gana

con un código demasiado represivo.

Pues siempre que se exasperan los ánimos de las mujeres de ese modo con el

confinamiento en el hogar o con normas obstaculizadoras fuera de él, éstas tienden a

desahogar su irritación con sus maridos e hijos; y en los climas menos templados ha

resultado destruido a veces el total de la población masculina de una aldea en una o

dos horas de estallido simultáneo de violencia femenina. Por eso las tres leyes que

hemos mencionado se consideran suficientes en los estados mejor regulados y pueden

ser aceptadas como una ejemplificación aproximada de nuestro código femenino.

Después de todo, nuestra principal salvaguardia se halla, no en el legislativo,

sino en los intereses de las propias mujeres. Pues, aunque puedan infligir la muerte

instantánea con un movimiento retrógrado, si no pueden sacar enseguida su extremidad

punzante del cuerpo forcejeante de su víctima en el que se ha clavado, pueden

acabar destrozados también sus propios cuerpos.

Obra en favor nuestro así mismo el poder de la moda. Ya señalé que en algunos

estados menos civilizados no se permite que una mujer esté parada en un lugar

público sin menear la espalda de derecha a izquierda. Esta práctica ha sido universal,

entre damas con alguna pretensión de buena crianza, en todos los estados bien

gobernados, hasta donde alcanza el recuerdo de las figuras. Los estados consideran

todos ellos una desgracia que tenga que imponerse por ley lo que debería ser, y es en

toda mujer respetable, un instinto natural. La ondulación rítmica y bien armonizada, si

se nos permite decirlo, de la parte de atrás de nuestras damas de rango circular la

envidia e imita la esposa del vulgar equilátero, que únicamente puede conseguir un

mero balanceo monótono, como el vaivén de un péndulo; y el tictac regular del

equilátero es admirado e imitado en grado semejante por la esposa del isósceles

progresista y con aspiraciones, en las mujeres de cuya familia ningún «movimiento

trasero» de ningún género se ha convertido hasta ahora en una necesidad de la vida.

Debido a ello el «movimiento trasero» está tan presente, en todas las familias que

gozan de posición y consideración, como lo está el tiempo; y maridos e hijos gozan en

esos hogares de inmunidad, al menos de ataques invisibles.

No hay que pensar, sin embargo, ni por un momento, que nuestras mujeres

estén desprovistas de afecto. Pero predomina, desgraciadamente, la pasión del

momento en el sexo débil por encima de cualquier otra consideración. Se trata, claro,

de una necesidad que surge de su desdichada conformación. Pues, como no tienen

pretensión alguna de ángulo, siendo inferiores a este respecto a los más bajos

isósceles, se hallan totalmente desprovistas de capacidad cerebral, y no tienen ni

reflexión ni juicio ni previsión y apenas si disponen de memoria. Por ello, en sus ataques

de furia, no recuerdan ningún derecho ni aprecian ninguna diferenciación. Yo he

conocido concretamente un caso en que una mujer exterminó a todos los habitantes

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de su hogar y, media hora después, cuando se había disipado su furia y se habían barrido

los fragmentos, preguntó qué había sido de su marido y de sus hijos.

Es evidente, pues, que no se debe irritar a una mujer cuando se halle en una

posición en la que pueda girarse. Cuando se encuentran en sus apartamentos (que

están construidos con vistas a privarlas de ese poder) podéis decir y hacer lo que

gustéis, pues allí les es completamente imposible efectuar tropelías, y no recordarán al

cabo de unos minutos el incidente por el que pueden estar en ese momento

amenazándoos con la muerte, ni las promesas que pueda haberos parecido necesario

hacer para calmar su furia.

En términos generales, nuestras relaciones domésticas son bastante fluidas,

salvo entre las capas más bajas de las clases militares. Entre ellas la falta de tacto y

discreción por parte de los maridos produce a veces desastres indescriptibles. Estas

criaturas insensatas, confiando demasiado en las armas ofensivas de sus ángulos

agudos, en vez de en los órganos defensivos del buen sentido y las simulaciones

oportunas, desdeñan con demasiada frecuencia la norma prescrita en la construcción

de los apartamentos de las mujeres, o irritan a sus esposas fuera de casa con

expresiones mal aconsejadas, de las que se niegan a retractarse inmediatamente.

Además, un respeto obtuso y necio a la verdad literal les impide hacer esas

espléndidas promesas con las que el círculo, más juicioso, puede pacificar en un

momento a su consorte. El resultado es una matanza; lo que no deja de tener, por otra

parte, sus ventajas, ya que elimina a los isósceles más brutales y problemáticos; y muchos de

nuestros círculos consideran la destructibilidad del sexo más fino una de las muchas

circunstancias providenciales que permiten eliminar población sobrante y cortar de raíz la

revolución.

Sin embargo, no puedo decir que ni siquiera en nuestras familias mejor regidas y más

cercanas a la circularidad sea tan elevado el ideal de vida de familia como lo es entre

vosotros en Espaciolandia. Hay paz, en la medida en que puede aplicarse ese nombre a la

ausencia de carnicería, pero hay inevitablemente poca armonía de gustos o actividades; y la

cauta prudencia de los círculos ha garantizado la seguridad a costa del confort doméstico.

En todo hogar circular o poligonal ha habido desde tiempo inmemorial la costumbre (que

se ha convertido ya en una especie de instinto entre las mujeres de nuestras clases

superiores) de que las madres y las hijas tengan que mantener siempre los ojos y la boca

dirigidos hacia sus maridos y amistades del sexo masculino; y si una dama de una familia

distinguida le diese la espalda a su marido se consideraría como una especie de presagio,

que entrañaría pérdida de estatus. Pero, como mostraré en breve, esta costumbre, aunque

tenga la ventaja de la seguridad, no deja de tener sus inconvenientes.

En la casa del trabajador o del comerciante respetable (en que se permite a la esposa

dar la espalda a su marido, mientras realiza sus tareas domésticas) hay al menos intervalos

de calma, en que no se ve ni se oye a la esposa, salvo por el rumor tarareante de su «grito de

paz» continuado; pero en los hogares de las clases superiores es demasiado frecuente que

no haya paz alguna. Allí la boca voluble y el ojo penetrante y luminoso están siempre dirigidos

hacia el amo de la casa; y ni la misma luz es más insistente que la corriente del

discurso femenino. El tacto y la habilidad necesarios para eludir el aguijón de una mujer no

bastan para completar la tarea de cerrarle la boca; y como la esposa no tiene absolutamente

nada que decir, y absolutamente ninguna traba de ingenio, sentido común o conciencia que

le impida decirlo, no pocos cínicos han llegado a asegurar que prefieren el peligro del

aguijón inaudible y mortífero de la mujer a la firme sonoridad de su otro extremo.

A mis lectores de Espaciolandia es posible que les parezca verdaderamente

deplorable la condición de nuestras mujeres, y lo es, sin duda. Un varón del tipo más

inferior de los isósceles puede albergar la esperanza de que se produzca una cierta mejora

en su ángulo, y de un ascenso final de la totalidad de su casta degradada; pero ninguna

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mujer puede albergar la menor esperanza para su sexo. «La mujer siempre será mujer», es

un decreto de Naturaleza; y hasta las propias leyes de la evolución parecen suspenderse en

perjuicio suyo. Podemos admirar, de todos modos, ese prudente acuerdo previo según el

cual, ya que las mujeres no tienen ninguna esperanza, no tengan tampoco recuerdos, ni previsión

alguna que les permita anticipar las desgracias y humillaciones que son al mismo

tiempo una necesidad de su existencia y la base de la constitución de Planilandia.

5. Sobre nuestros métodos de reconocimiento mutuo

VOSOTROS, QUE GOZÁIS de la sombra además de gozar de la luz, que estáis

dotados de dos ojos, tenéis un conocimiento de la perspectiva y el privilegio de disfrutar de

diversos colores; vosotros podéis ver realmente un ángulo y contemplar la circunferencia

completa de un círculo en la feliz región de las tres dimensiones... ¿Cómo podré, pues,

conseguir que veáis claramente la dificultad extrema que tenemos nosotros en Planilandia

para identificar nuestras recíprocas configuraciones?

Recordad lo que os expliqué antes. Todos los seres de Planilandia, animados e

inanimados, no importa cuál sea su formas ofrecen a nuestra vista la misma apariencia, es

decir la de una línea recta. ¿Cómo se puede entonces distinguir a uno de otro, si todos

parecen el mismo?

La respuesta es triple. El primer medio de identificación es el sentido del oído, que

está entre nosotros muchísimo más desarrollado que entre vosotros, y que no sólo nos

permite reconocer por la voz a nuestras amistades personales, sino diferenciar entre las

diversas clases, al menos por lo que respecto a los tres órdenes inferiores, los equiláteros,

los cuadrados y los pentágonos, pues a los isósceles no los tengo en cuenta. Pero a medida

que ascendemos en la escala social, va haciéndose cada vez más difícil el proceso de

identificar y de que os identifiquen por la audición, en parte porque se asimilan las voces y

en parte porque la facultad de identificar por la voz es una virtud plebeya no muy desarrollada

entre la aristocracia. Y cuando existe peligro de impostura no podemos confiar en ese

método. Entre nuestros órdenes inferiores los órganos vocales están desarrollados en

mayor grado que el de la audición, de manera que un isósceles puede remedar fácilmente la

voz de un polígono y, con cierto adiestramiento, hasta la de un círculo. Es más frecuente,

por ello, que se recurra a un segundo método.

El principal método de reconocimiento entre nuestras mujeres y clases inferiores

(enseguida hablaré de nuestras clases superiores) es tocar, en todos los casos tratándose de

extraños y cuando de lo que se trata no es del individuo sino de la clase. De manera que el

equivalente a lo que es la «presentación» entre las clases altas de Espaciolandia es entre

nosotros el proceso de «tocar». «Permitidme que os pida que toquéis a mi amigo el señor

Fulano de Tal y que seáis tocado por él» sigue siendo aún la fórmula habitual para una

presentación entre los señores rurales más anticuados de las zonas alejadas de las ciudades.

Sin embargo en las ciudades, y entre los hombres de negocios, las palabras «seáis tocado

por» se omiten y la frase se abrevia en «Permítame que os pida que toquéis al señor Fulano

de Tal»; aunque se da por supuesto, claro está, que el «tocamiento» ha de ser recíproco.

Entre nuestros jóvenes caballeros aún más modernos y elegantes (que sienten una aversión

extrema hacia el esfuerzo superfluo y una suprema indiferencia respecto a la pureza de su

lengua materna) la fórmula se reduce aún más mediante el uso de «tocar» en un sentido

técnico, queriendo decir «recomendar-con-la-finalidad-de-tocar-y-ser-tocado»; y en este

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momento el «argot» de la sociedad educada o elegante de las clases superiores sanciona un

barbarismo como «señor Fulano, permitidme tocar al señor Mengano».

Que no suponga sin embargo el lector que «tocar» es entre nosotros el tedioso

proceso que sería entre vosotros, o que consideremos necesario tocar por todo alrededor

todos los lados de cada individuo para poder determinar la clase a la que pertenece. La larga

práctica y el adiestramiento asiduo, que se inician en las escuelas y se continúan en la

experiencia de la vida diaria, nos permiten diferenciar inmediatamente por el sentido del

tacto entre los ángulos de un pentágono, un cuadrado y un triángulo de lados iguales; y no

hace falta decir que el vértice estúpido de un isósceles acutángulo resulta obvio hasta para

el toque más torpe. No es necesario, por tanto, como norma, más que tocar un solo ángulo

de un individuo; y esto, una vez comprobado, nos dice la clase de la persona a la que

estamos dirigiéndonos, salvo que pertenezca realmente a los sectores más altos de la

nobleza. En ese caso la dificultad es mucho mayor. Está comprobado que hasta un doctor

en humanidades de nuestra universidad de Wentbridge ha confundido un polígono de diez

lados con uno de doce; y difícilmente podría pretender un doctor en ciencias de esa famosa

universidad nuestra, o de fuera de ella, diferenciar con rapidez y seguridad entre un

miembro de la aristocracia de veinte lados y uno de veinticuatro.

Los lectores que recuerden los resúmenes que hice antes del código legislativo

respecto a las mujeres, se darán cuenta enseguida de que el proceso de presentación por

contacto exige cierto cuidado y discreción. En caso contrario, los ángulos podrían infligir al

tocador descuidado un daño irreparable. Es esencial para la seguridad del tocador que el

tocado se mantenga absolutamente inmóvil. Un sobresalto, un cambio brusco de posición,

sí, incluso un estornudo violento, se ha dado el caso de resultar fatales para el

imprudente, y ahogar en ciernes más de una amistad prometedora. Esto es especialmente

cierto entre las clases inferiores de los triángulos. El ojo está situado, en su caso, tan lejos

del vértice que casi no pueden darse cuenta de lo que está pasando en la extremidad de su

estructura. Tienen, además, un carácter tosco y áspero, insensible al toque delicado del

polígono sumamente organizado. ¡Nada tiene de asombroso, pues, el que un movimiento

involuntario de la cabeza haya privado al estado antes de ahora de una vida valiosa!

He oído que mi excelente abuelo (uno de los menos irregulares de su desdichada

clase de los isósceles, que llegó a obtener, poco antes de su muerte, cuatro de los siete

votos del consejo sanitario y social para el acceso a la clase de los equiláteros) deploraba a

menudo con una lágrima en su ojo venerable un accidente de este género, que le había

ocurrido al padre de su tatarabuelo, un respetable trabajador con un ángulo o cerebro de

59°30'. Según lo que él contaba, mi desventurado antecesor, que padecía de reumatismo,

cuando le estaba tocando un polígono, atravesó involuntariamente en un movimiento

brusco al gran hombre por la diagonal; y debido a ello, en parte como consecuencia de su

largo período de prisión y degradación y en parte por la conmoción moral que afectó al

conjunto de los familiares de mi ancestro, mi familia retrocedió un grado y medio en su

ascenso hacia mejores posiciones. El resultado fue que en la generación siguiente el

cerebro de la familia recibió una calificación de sólo 58°, y hasta cinco generaciones

después no se recuperó el terreno perdido, alcanzándose los 60° completos, y se logró al

fin ascender de la condición de los isósceles. Y toda esta serie de calamidades se debió a

un pequeño accidente en el proceso de toque.

Me parece oír en este momento exclamar a algunos de mis lectores más ilustrados:

«¿Cómo podéis tener noción vosotros, en Planilandia, de ángulos, grados y minutos?

Nosotros podemos ver un ángulo, porque podemos ver, en la región del espacio, dos líneas

rectas inclinadas una hacia otra; pero vosotros, que no podéis ver más que una línea

recta cada vez, o en todo caso sólo una serie de trocitos de líneas rectas alineados, ¿cómo

podéis diferenciar un ángulo y, menos aún, apreciar ángulos de diferentes tamaños?».

21

A esto respondo yo que, aunque no podamos ver ángulos, podemos deducirlos, y con

gran precisión. Nuestro sentido del tacto, estimulado por la necesidad, y desarrollado por

un prolongado adiestramiento, nos permite diferenciar ángulos con mucha más precisión

que vuestro sentido de la vista, cuando no le ayuda una regla o medidor de ángulos.

Tampoco debo pasar por alto que tenemos grandes ayudas naturales. Hay entre nosotros

una ley natural según la cual el cerebro de la clase isósceles empieza en medio grado, o

treinta minutos, y va aumentando (si es que llega a hacerlo) a razón de medio grado por

generación; hasta que se llega al objetivo de 60°, en que se elimina la condición de servidumbre

y el hombre libre ingresa en la clase de los regulares.

En consecuencia, la Naturaleza misma nos suministra una escala ascendente o

alfabeto de ángulos, desde el medio grado a los 60°, especímenes del cual están presentes

en todas las escuelas elementales del país. Debido a los esporádicos retrocesos, al aún

más frecuente estancamiento moral e intelectual, y a la extraordinaria fecundidad de las

clases delincuente y vagabunda, hay siempre un exceso enorme de individuos de medio

grado y un grado en la clase, y una buena abundancia de especímenes de hasta 10°. Todos

estos están absolutamente desprovistos de derechos civiles; y un gran número de ellos, al

no tener siquiera inteligencia suficiente para las tareas de la guerra, son destinados por los

estados al servicio de educación. Sujetos permanentemente con grilletes para eliminar

cualquier riesgo, se les coloca en las aulas de nuestras escuelas primarias, donde son

utilizados por el consejo de educación para impartir a los vástagos de las clases medias

ese tacto y esa inteligencia de los que esas desdichadas criaturas carecen por completo.

En algunos estados se alimenta a veces a los especímenes y se les permite vivir

unos cuantos años; pero en las regiones más templadas y mejor reguladas se considera

que es más beneficioso a largo plazo, para los intereses educativos de los pequeños,

prescindir de la alimentación y renovar mensualmente los especímenes; un mes es la

duración media de la vida sin alimentos de la clase delincuente. En las escuelas más baratas,

lo que se gana con la existencia más prolongada del espécimen se pierde, en parte, por los

gastos de alimentación y en parte por la menor exactitud de los ángulos, que se deterioran

tras unas semanas de «toque» constante. Hay que añadir también, al enumerar las ventajas

del sistema más costosos que ayuda, aunque no se perciba apenas, a que disminuya la

población isósceles excedente, un objetivo que tienen siempre en cuenta todos los

estadistas de Planilandia. Así que en conjunto (aunque no ignoro que, en muchos consejos

escolares de elección popular, hay una reacción en favor del llamado «sistema barato»), yo

estoy por mi parte dispuesto a pensar que este es uno de los muchos casos en que lo caro

resulta al final lo más económico.

Pero no debo permitirme que cuestiones de la política de los consejos escolares me

desvíen de mi tema. Confío en que se haya dicho lo suficiente para demostrar que la

identificación táctil no es un proceso tan tedioso ni impreciso como se podría suponer, y es

claramente más fidedigno que la identificación auditiva. Sigue de todos modos en pie,

como se indicó antes, la objeción de que este método no carece de peligros. Por esta razón

muchos miembros de las clases medias e inferiores, y todos los de los órdenes poligonales y

circulares sin excepción, prefieren un tercer método, cuya descripción se reservará para la

sección siguiente.

6. Sobre la identificación visual

ESTOY A PUNTO de parecer muy poco coherente. En las secciones anteriores he

dicho que todas las figuras de Planilandia presentan la apariencia de una línea recta; y se

añadió, o se indicó implícitamente, que era por ello imposible diferenciar el órgano visual

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entre individuos de clases diferentes: y ahora me dispongo a explicar, sin embargo, a mis

críticos espaciolandeses de qué forma somos capaces de identificarnos mutuamente con el

sentido de la vista.

Pero si el lector se toma la molestia de acudir al pasaje en el que se dice que la

identificación táctil es universal, hallará esta matización: «entre las clases inferiores». Porque

esa identificación visual sólo se practica entre las clases más altas y en nuestros climas más

templados.

El que exista este poder en todas las regiones y entre todas las clases es consecuencia

de la nieblas que impera durante la mayor parte del año en todas las zonas salvo las

tórridas. Lo que entre vosotros en Espaciolandia constituye un mal sin paliativos, que borra

el paisaje, deprime el ánimo y debilita la salud, se considera entre nosotros una bendición

casi equiparable al propio aire, y la nodriza de las artes y el padre de las ciencias. Pero

permitidme que explique lo que quiero decir, sin añadir más elogios a este benéfico

elemento.

Si no existiese la niebla, todas las líneas parecerían indiferenciables e igualmente

nítidas; y esto es lo que sucede en realidad en el caso de esos desdichados países en los que

la atmósfera es absolutamente seca y transparente. Pero siempre que hay un rico suministro

de niebla los objetos que están a una distancia de, por ejemplo, un metro, son

perceptiblemente más imprecisos que los que están a una distancia de ochenta centímetros

y el resultado es que, por una observación experimental cuidadosa y constante de claridad e

imprecisión relativas, somos capaces de deducir con gran exactitud la configuración del

objeto observado.

Un ejemplo ayudará a aclarar lo que quiero decir más que un volumen entero de

generalidades.

Suponed que veo que se acercan dos individuos cuyo rango deseo determinar.

Supongamos que son un comerciante y un médico, o, dicho de otro modo, un triángulo

equilátero y un pentágono: ¿cómo puedo distinguirlos?

Resultará evidente para cualquier niño de Espaciolandia que haya rozado el umbral

de los estudios geométricos que, si puedo hacer que mi mirada biseccione un ángulo (A)

del desconocido que se acerca, mi visión se hallará equitativamente emplazada, como si

dijésemos, entre los dos lados suyos que se encuentran próximos a mí (es decir, CA y

AB), de tal manera que contemplaré los dos con imparcialidad y parecerán los dos del

mismo tamaño.

¿Qué veré ahora en el caso (1) del comerciante? Veré una línea recta DAE en la que

el punto medio (A) será muy brillante, porque es el que está más cerca de mí; pero a

ambos lados la línea se hará enseguida borrosa, debido a que los lados AC y AB se pierden

23

rápidamente en la niebla y lo que a mí me parecen las extremidades del comerciante, es decir

D y E, serán realmente muy imprecisos.

Por otra parte, si pasamos (2) al médico, aunque también veré en este caso una

línea (D'A'E') con un centro brillante (A'), se hará borrosa menos rápidamente, porque los

lados (A'C', A'B') se pierden menos rápidamente en la niebla: y lo que a mí me parecen las

extremidades del médico, es decir, D' y E', no serán tan tenues como las extremidades del

comerciante.

El lector probablemente comprenderá con estos dos ejemplos cómo pueden

nuestras clases bien educadas diferenciar con bastante exactitud (tras un adiestramiento

muy largo, complementado con una experiencia constante) entre los órdenes medios e

inferiores, mediante el sentido de la vista. Si mis patrones de Espaciolandia han captado

esta concepción general, hasta el punto de considerar que puede ser factible y de no

rechazar lo que explico como completamente inaceptable, habré logrado todo lo que

puedo razonablemente esperar. Si añadiese más detalles no haría más que desconcertar.

Pero en favor de los jóvenes e inexpertos, que pueden quizá llegar a la conclusión (a

partir de los dos ejemplos sencillos que acabo de dar, sobre cómo podría reconocer a mi

padre o a mis hijos) de que el reconocimiento por la vista es una cosa fácil, tal vez sea

preciso indicar que en la vida real la mayoría de los problemas de la identificación visual

son mucho más sutiles y complejos.

Por ejemplos si cuando mi padre, el triángulo, se acerca a mí, da la casualidad de

que me presenta su lado en vez de su ángulo, sucede que, hasta que le haya pedido que se

gire, o hasta que le haya recorrido con la vista, tendré en realidad la duda de si no será

una línea recta, o, dicho de otro modo, una mujer. Así mismo, cuando estoy en compañía

de uno de mis dos nietos hexagonales, contemplando todo el frente de uno de sus lados

(AB), resultará evidente por la figura adjunta que veré una línea completa (AB) con

relativa claridad (quedará sólo levemente sombreada en los extremos) y dos líneas más

pequeñas (CA y BD) mates las dos y que van haciéndose más imprecisas hacia los

extremos C y D.

Pero no debo caer en la tentación de extenderme sobre estos temas. Hasta el

peor matemático de Espaciolandia estará dispuesto a creerme si afirmo que los

problemas de la vida, que se plantean a las personas instruidas (cuando están ellas

mismas en movimiento, girando, avanzando o retrocediendo, e intentando al mismo

tiempo diferenciar con el sentido de la vista entre una serie de polígonos de elevado

rango que se desplazan en distintas direcciones, como por ejemplo en un salón de

baile o en una reunión social) son de tal naturaleza que ponen a prueba la angularidad

de los más cultos, y justifican sobradamente las ricas dotaciones de los doctos

profesores de geometría, tanto estática como cinética, de la ilustre universidad de

Wentbridge, donde se enseñan de forma regular la ciencia y el arte de la identificación

visual a grandes clases de la elite de los estados.

No son más que unos pocos vástagos de nuestras casas más nobles y ricas los

que pueden dedicar el tiempo y el dinero necesarios para el aprendizaje completo de

este noble y valioso arte. Hasta para mí, un matemático de prestigio en modo alguno

desdeñable, y abuelo de dos hexágonos muy prometedores y perfectamente regulares,

resulta a veces muy desconcertante verse en medio de una multitud de polígonos de

24

las clases altas dando vueltas. Y, por supuesto, para un comerciante corriente o un

siervo esa visión es casi tan ininteligible como lo sería para ti, lector mío, si te vieses

súbitamente transportado a mi país.

En una multitud de ese género no verías a tu alrededor más que una línea, recta

en apariencia, pero cuyas partes variarían irregular y perpetuamente en claridad o

borrosidad. Aunque hubieses terminado ya el tercer año de las clases pentagonales y

hexagonales de la universidad, y dominases plenamente la teoría de la asignatura, te

encontrarías aún con que te harían falta muchos años de experiencia para poder

moverte entre una multitud de gente distinguida sin tropezar con tus superiores, a los

que es contrario a la urbanidad pedirles que «toquen» y que, por su origen y cultura

superiores, saben todo lo que hay que saber sobre tus movimientos, mientras que tú

sabes muy poco o nada sobre los suyos. En una palabra, para comportarse con

absoluta propiedad en la sociedad poligonal, se ha de ser un polígono. Esa es al

menos la dolorosa enseñanza de mi experiencia. Resulta asombroso lo mucho que se

puede desarrollar el arte (o casi podría llamarlo intuición) de la identificación visual

mediante la práctica habitual de ella y evitando la costumbre de «tocar». Lo mismo

que sucede entre vosotros, en el caso de los que son sordos y mudos, que si se les

permite una vez gesticular y usar el alfabeto manual no adquirirán ya nunca el arte

(más difícil pero mucho más valioso) de leer los labios y hablar con ellos, sucede entre

nosotros con lo de «ver» y «tocar». Nadie que recurra en la primera parte de la vida a

«tocar» aprenderá a «ver» con perfección.

Éste es el motivo de que nuestras clases superiores disuadan a sus hijos de

«tocar» o se lo prohíban terminantemente. Sus hijos van, desde muy pequeños, no a

las escuelas públicas elementales (donde se enseña el arte de tocar), sino a seminarios

superiores de carácter selecto; y en nuestra ilustre universidad, «tocar» se considera

una falta gravísimas que acarrea expulsión temporal la primera vez y definitiva si se

reincide.

Pero entre las clases bajas el arte de la identificación visual se considera un lujo

inalcanzable.

Un comerciante corriente no puede permitirse que su hijo dedique un tercio de

la vida a los estudios abstractos. A los hijos de los pobres se les permite «tocar», por

la misma razón, desde la más temprana infancia, y alcanzan por ello una precocidad y

una temprana vivacidad que contrasta al principio muy favorablemente con la

conducta inertes subdesarrollada y apática de los jóvenes aún medio instruidos de la

clase poligonal; pero cuando estos últimos han completado los estudios universitarios

y están preparados para poner en práctica la teoría, el cambio que se produce podría

describirse casi como un nuevo nacimiento, y sobrepasan y dejan muy atrás

rápidamente a sus competidores triangulares en todas las artes, ciencias y tareas

sociales.

Son muy pocos los miembros de la clase poligonal que no superan la prueba

final del examen de grado de la universidad. La condición de esa minoría que no lo

consigue es verdaderamente patética. Rechazados por la clase superior, también los

inferiores les desprecian. No tienen ni los poderes madurados y adiestrados

sistemáticamente de los doctores y bachilleres poligonales ni tampoco la precocidad innata

y la dinámica versatilidad del joven comerciante. No pueden acceder a las profesiones, a los

servicios públicos, y aunque en la mayoría de los estados no se les prohíba el matrimonio,

tienen enormes dificultades para establecer enlaces adecuados, pues la experiencia

demuestra que los vástagos de estos padres desdichados y mal dotados son también en

general desdichados y hasta claramente irregulares.

Es precisamente de estos especímenes del desecho de nuestra nobleza de donde han

surgido por regla general los dirigentes de los tumultos y sediciones de los tiempos pasados,

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y han resultado de ello tan grandes males que una creciente minoría de nuestros hombres

de estado más progresistas son de la opinión de que la verdadera piedad obligaría a su

eliminación absoluta, decretando que todo el que no apruebe el examen final de la universidad

sea encarcelado de por vida o eliminado con una muerte indolora.

Pero veo que me entrego ya a digresiones sobre el tema de las irregularidades, una

cuestión de tan vital interés que exige una sección propia.

7. Sobre las figuras irregulares

A LO LARGO de las páginas previas he dado por supuesto lo que quizás debería

haberse expuesto al principio como una proposición básica y diferenciada: que todo ser

humano de Planilandia es una figura regular, es decir, de construcción regular. Me refiero

con esto a que una mujer debe ser no sólo una línea, sino una línea recta; que un artesano o

un soldado debe tener dos de sus lados iguales; que un comerciante debe tener iguales tres

lados; los abogados (clase de la que soy humilde miembro), cuatro lados iguales, y en todo

polígono, de modo general, todos los lados deben ser iguales.

El tamaño de los lados depende, como es natural, de la edad del individuo. Una

mujer tiene al nacer unos dos centímetros y medio de longitud, mientras que una mujer

adulta alta podría llegar a los treinta centímetros. En cuanto a los varones, de todas las

clases, puede decirse, en general, que la longitud de los lados de un adulto, sumados, es de

sesenta centímetros o poco más. Pero no es el tamaño de nuestros lados lo que cuenta. A

lo que yo me refiero es a la igualdad de los lados, y no hace falta mucha reflexión para ver que

el conjunto de la vida social de Planilandia se apoya en el hecho fundamental de que la

naturaleza quiere que todas las figuras tengan los lados iguales.

Si nuestros lados fuesen desiguales nuestros ángulos podrían ser desiguales. En vez

de ser suficiente tocar, o calcular con la vista, un solo ángulo para determinar la forma de

un individuos sería necesario valorar cada ángulo mediante el experimento de tocar. Y la

vida sería demasiado breve para tan tedioso tanteo. La ciencia y el arte de la identificación

visual perecerían sin remisión; el tocar, en lo que tiene de arte, no sobreviviría; las relaciones

se harían peligrosas o imposibles; no habría ya seguridad alguna, ninguna previsión; a

nadie podrían ya inspirar confianza ni los acuerdos sociales más sencillos; en una palabra, la

civilización se hundiría en la barbarie.

¿Voy demasiado deprisa para que puedan mis lectores seguirme hasta estas

conclusiones obvias? Tal vez una breve reflexión y un solo ejemplo de la vida normal

puedan convencer a todos de que nuestro sistema social se basa en la regularidad, o

igualdad de ángulos. Consideremos, por ejemplo, que te encuentras en la calle a dos o tres

comerciantes, a los que reconoces inmediatamente como comerciantes echando un vistazo

a sus ángulos y sus lados, que se hacen borrosos enseguida, y les pides que entren en tu

casa a comer. Esto lo haces en la actualidad con plena confianza, porque todo el mundo

conoce con un margen de entre los tres y los cinco centímetros el área que ocupa un

triángulo adulto; pero imagina que tu comerciante arrastra tras su regular y respetable

vértice un paralelogramo de veinticinco o treinta centímetros de diagonal: ¿Qué puedes

hacer si ese monstruo se queda atascado en la puerta de tu casa?

Pero estoy ofendiendo a la inteligencia de mis lectores al acumular detalles que

deben ser evidentes para todo el que disfrute de las ventajas de una residencia en

Espaciolandia. Es evidente que las mediciones de un solo ángulo no serían ya suficientes

en tan ominosas circunstancias; nos pasaríamos la vida tocando o examinando el

26

perímetro de nuestros conocidos. Los problemas para evitar la colisión en una multitud

son suficientes para poner a prueba la sagacidad hasta de un cuadrado instruido; pero si

nadie pudiese calcularla regularidad de una sola figura del grupo, todo sería caos y

confusión, y el más leve pánico causaría graves heridas e incluso una pérdida considerable

de vidas, si diese la casualidad de que hubiese mujeres o soldados presentes.

Así pues, la conveniencia y la naturaleza concurren estampando el sello de su

aprobación sobre la regularidad en la estructura, y tampoco la ley se queda atrás, sino que

secunda sus esfuerzos. «Irregularidad de figura» viene a significar, más o menos, entre

nosotros lo que una combinación de perversidad moral y delincuencia entre vosotros, y

recibe un tratamiento correspondiente. No faltan, claro, los propagadores de paradojas

que sostienen que no existe ninguna relación inevitable entre la irregularidad geométrica y

la moral. «El irregular», dicen, «es desde que nace objeto de burla por parte de sus padres,

sus hermanos y hermanas le ridiculizan, los criados no le hacen caso, la sociedad se mofa

de él y le mira con desconfianza y se le excluye de todos los puestos de responsabilidad,

confianza y actividad útil. Todos sus movimientos son atentamente vigilados por la policía

hasta que llega a la mayoría de edad y se presenta a inspección, donde o se le

destruyes si se descubre que excede el margen de desviación establecido, o bien se le

empareda en una oficina del estado como empleado de séptima clase; no se le permite casarse;

se le obliga a soportar una ocupación insulsa y agobiante con un estipendio mísero;

se le fuerza a comer y alojarse en la oficina, y a estar sometido a una supervisión rigurosa

hasta en las vacaciones. ¿Qué tiene de extraño que en esas circunstancias se amargue y

pervierta la naturaleza humana, incluso entre los más puros y mejores?».

Todo este razonamiento tan plausible no me convence, lo mismo que no ha

convencido a nuestros más sabios estadistas, de que nuestros antepasados se equivocaran

al establecer como un axioma político que la tolerancia de la irregularidad es incompatible

con la seguridad del estado. El irregular tiene una vida dura, eso es indiscutible, pero los

intereses del mayor número exigen que sea así. Si se permitiese vivir a un hombre con un

frente triangular y un dorso poligonal y propagarse además a través de una descendencia

aún más irregular, ¿qué sería de las artes de la vida? ¿Deben modificarse las casas y las

puertas y las iglesias de Planilandia para adaptarlas a esos monstruos? ¿Deben nuestros

porteros medir el perímetro de cada individuo antes de permitirle entrar en un teatro u

ocupar su sitio en una sala de conferencias? ¿Debe eximirse de la milicia al irregular? Y si

no es así, ¿cómo se le va a impedir que lleve la desolación a las filas de sus camaradas?

Además, ¡qué tentaciones irresistibles de imposturas fraudulentas han de asediar

inevitablemente a una criatura así! ¡Qué fácil ha de ser para él entrar en una tienda con el

frente poligonal por delante, y pedir todo tipo de artículos a un comerciante confiado!

Que los que abogan por una falsa filantropía pidan cuanto quieran que se abroguen las

leyes penales de los irregulares; yo, por mi parte, no he conocido nunca un irregular que

no fuese lo que es evidente que la naturaleza se propuso que fuese: un hipócrita, un

misántropo y, en la medida del poder de que dispone, un perpetrador de todo género de

fechorías.

No se trata tampoco de que esté dispuesto a recomendar (por el momento) las

medidas extremas adoptadas por algunos estados, en los que se destruye sumariamente al

niño que nace con un ángulo que se desvíe medio grado de la angularidad correcta. Algunos

de nuestros hombres más distinguidos y capaces, hombres de verdadero talento,

han trabajado durante el primer período de sus vidas con desviaciones incluso de cuarenta

y cinco minutos y hasta más, y la pérdida de sus valiosas vidas habría sido un perjuicio

irreparable para el estado. El arte de curar ha logrado también algunos de sus triunfos más

gloriosos en las reducciones, ampliaciones, trepanaciones, coligaciones y otras operaciones

quirúrgicas o dietéticas con las que se ha curado total o parcialmente la irregularidad. Por

tanto yo, que propugno una Vía Media, no trazaría ninguna línea fija o absoluta de

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demarcación, sino que en el período en que la estructura está empezando a asentarse, y una

vez que el equipo médico haya determinado que la recuperación es improbable, propondría

que se eliminase misericordiosa e indoloramente al vástago irregular.

8. Sobre la antigua práctica de pintar

SI MIS LECTORES me han seguido con alguna atención hasta aquí, no se

sorprenderán si les digo que la vida es un poco aburrida en Planilandia. No quiero decir,

claro, que no haya batallas, conspiraciones, tumultos, facciones y todos esos otros

fenómenos que hacen, en teorías interesante la historia; ni podría decir tampoco que la

extraña mezcla de los problemas de la vida y los problemas de matemáticas, que impulsan

constantemente a hacer conjeturas y dan la posibilidad de verificación inmediata, no

introduzca en nuestra existencia un estímulo que vosotros en Espaciolandia difícilmente

podréis entender. Hablo ahora desde el punto de vista estético y artístico cuando digo que

la vida es aburrida entre nosotros; estética y artísticamente, es muy aburrida, la verdad.

¿Cómo puede ser de otro modo, si toda la perspectiva que uno puede apreciar, todos

los paisajes, piezas históricas, retratos, flores, naturalezas muertas, no son más que una

línea, sin otra variedad que la de sus grados de luminosidad y obscuridad?

No fue siempre así. El color, si la tradición no miente, por una vez en el espacio de

media docena de siglos o más, arrojó un fugaz esplendor sobre las vidas de nuestros

ancestros de los tiempos más remotos. Se dice que cierto individuo particular (un pentágono

al que se le asignan diversos nombres), que descubrió casualmente los componentes

de los colores más simples y un método rudimentario de pintura, empezó decorando su

propia casa, luego a sus esclavos, luego a su padre, a sus hijos y nietos y, por último, a sí

mismo. La rapidez y la belleza de los resultados convencieron a todos. A donde quiera que

los cromatistas (pues por ese nombre acordaron designarlos las autoridades más fidedignas)

volvían su variopinta estructura, llamaban inmediatamente la atención e inspiraban respeto.

Nadie necesitaba «tocarle»; nadie confundía su frente con su dorso; sus vecinos captaban

enseguida todos sus movimientos sin tener que poner a prueba su capacidad de cálculo;

nadie le daba un empujón ni dejaba de hacerle sitio para pasar; su voz se ahorraba el

esfuerzo de esa expresión agotadora con que los pentágonos y cuadrados incoloros nos

solemos ver obligados a proclamar nuestra individualidad cuando nos desplazamos por en

medio de una multitud de ignorantes isósceles.

La moda se propagó como el fuego en un bosque. Antes de que transcurriera una

semana, todos los cuadrados y triángulos del distrito habían seguido el ejemplo de los

cromatistas y sólo unos cuantos pentágonos de los más conservadores se mantuvieron

firmes. Al cabo de un mes o dos resultó que la innovación había infestado hasta a los

dodecágonos. Antes de que pasara un año la costumbre se había extendido a todos salvo al

sector más alto de la nobleza. Ni que decir tiene que la costumbre no tardó en abrirse paso

desde el distrito de los cromatistas a las regiones limítrofes; y al cabo de dos generaciones

no había nadie incoloro en toda Planilandia, salvo las mujeres y los sacerdotes.

La propia naturaleza parecía erigir una barrera en este caso, oponiéndose a que la

innovación se extendiese a esas dos clases. La multilateralidad era casi esencial como

pretexto para los innovadores. «La naturaleza quiere indicar con la diferenciación de lados

una diferenciación de colores», éste era el sofisma que volaba de boca en boca por

entonces, convirtiendo de golpe a la nueva cultura ciudades enteras. Pero era evidente que

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este adagio no se cumplía en el caso de nuestros sacerdotes y nuestras mujeres. Estas

últimas sólo tenían un lado, y por tanto (hablando plural y pedantemente) no tenían lados.

Los primeros (si se hubiesen ratificado al menos en su pretensión de ser círculos reales y

verdaderos y no meros polígonos de la clase alta con un número infinitamente grande de

lados infinitesimalmente pequeños) tenían por hábito ufanarse de lo que las mujeres confesaban

y deploraban, de que no tenían ningún lado, sino que disfrutaban del privilegio de

poseer como perímetro una línea, o, dicho de otro modo, una circunferencia. Vino a

suceder así que estas dos clases no podían conceder ningún valor al presunto axioma según

el cual «Diferenciación de lados implica diferenciación de color», y cuando todos los demás

habían sucumbido a la fascinación de la decoración corporal, sólo seguían manteniéndose

puros de la contaminación de la pintura los sacerdotes y las mujeres.

Inmorales, licenciosos, anárquicos, anticientíficos (llamadles como queráis) pero,

desde un punto de vista estético, aquellos tiempos antiguos de la revuelta del color fueron

en Planilandia la infancia gloriosa de un arte que, desgraciadamente, nunca llegó a alcanzar

la edad madura y ni siquiera pudo gozar del florecer de la juventud. Vivir era entonces por

sí solo un gozo, debido a que vivir entrañaba ver. Hasta en una