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Situacion De La Familia En Peru

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Categoría: Acontecimientos Sociales

Enviado por: Stella 09 junio 2011

Palabras: 7714 | Páginas: 31

...

degradación de forma alarmante con:

* Infidelidades.

* Divorcios,

* Abortos,

* Separaciones o desuniones.

* Uniones de hecho (Convivientes).

* Madres solteras.

Pero la repercusión directa y grave para la sociedad, sería el abandono de los hijos y de nuestros ascendientes.

Hay un "exceso de pobreza", de importantes dimensiones, causado por el aumento de la desigualdad.

Quiero plantear dos interrogantes básicos:

* ¿cuál es el impacto de la pobreza y la inequidad sobre una institución fundamental de la sociedad, LA FAMILIA?

* Y ¿cómo están afectando los desarrollos referidos puntos negativos a los sistemas educativos del país?

Familia y sistema educativo son, en definitiva, las dos grandes matrices formadoras de los recursos humanos de una sociedad. En esos dos ámbitos se define, en buena medida, la calidad de dichos recursos, que va a ser decisiva en el mundo actual, en términos de progreso tecnológico, competitividad y crecimiento económico. Por otra parte, y esta distinción es esencial, el ser humano no sólo es un instrumento productivo, sino que su desarrollo integral es, en definitiva, el fin último de las sociedades organizadas. La familia y la educación son dos ámbitos determinantes sobre los grados de crecimiento, realización, equilibrio, salud y plenitud afectiva que las personas pueden alcanzar. La sociedad y sus miembros juegan, pues, aspectos centrales de su progreso y bienestar en las condiciones en que operan las estructuras familiares y educativas.

El redescubrimiento de la familia

A a principios del siglo XXI existe una creciente revalorización de la familia en la sociedad. Desde la perspectiva espiritual, la familia apareció siempre como la unidad básica del género humano. Las grandes cosmovisiones religiosas destacaron que su peso en lo moral y afectivo era decisivo para la vida. En los últimos años han agregado a esa perspectiva fundamental conclusiones de investigación de las ciencias sociales que indican que la unidad familiar realiza, además, aportaciones de gran valor en campos muy concretos.

Dependiendo de la situación familiar, en todos los niveles de ingreso, salvo el muy alto (más de 50.000 dólares al año), los niños que viven con madre divorciada o que nunca se había casado, estaban claramente peor que los pertenecientes a familias que vivían con los dos progenitores. En comparación con los niños que vivían con sus dos padres biológicos, los niños de familia con un solo progenitor eran dos veces más propensos a ser suspendidos en la escuela, a sufrir problemas emocionales o de la conducta y a tener dificultades con sus compañeros. También eran mucho más proclives a tener una conducta antisocial.

La familia tiene un gran peso en la conformación y desarrollo de la inteligencia emocional. Los niños perciben en las relaciones entre sus padres, y de ellos con los mismos, modos de vincularse con lo emocional que van a incidir sobre sus propios estilos de comportamiento. Destaca Goleman que: "La vida en familia es nuestra primera escuela para el aprendizaje emocional".

Una preocupación importante de nuestro tiempo es el aumento de la criminalidad en ciertos sectores. La familia aparece, a la luz de las investigaciones al respecto, como uno de los recursos fundamentales con que cuenta la sociedad para prevenir criminalidad. Los valores inculcados a los niños en la familia en esta materia en los años tempranos, y los ejemplos de conducta observados, van a incidir considerablemente en sus decisiones y conductas futuras. Examinanda la situación familiar de los jóvenes en centros de detención juvenil en el país, se verificaba que más del 70% provenían de familias con padre ausente.

En resumen, la familia, junto a sus históricas y decisivas funciones afectivas y morales, exaltadas en religiones como la cristiana y la judía, entre otras, cumple funciones esenciales para el bienestar colectivo.

Algunos impactos de la situación social sobre la familia en Perú.

El deterioro de parámetros socioeconómicos básicos de la vida cotidiana de amplios sectores de la población está incidiendo en un proceso de reestructuración de numerosas familias. Está surgiendo el perfil de una familia desarticulada en aspectos importantes, inestable, y significativamente debilitada.

Entre las principales situaciones de deterioro familiar, se hallan algunas de las que a continuación brevemente se presentan..

Mujeres solas jefas de hogar

Un creciente número de unidades familiares sólo tienen uno de los progenitores al frente, en la inmensa mayoría de los casos, la madre. La correlación con pobreza es muy estrecha. Un gran porcentaje de las mujeres jefas de hogar pertenecen a estratos humildes de la población.

Los porcentajes de hogares en Perú con jefatura femenina es superiores al 20%, lo que contribuye fuertemente al fenómeno conocido como "la feminización de la pobreza".

Efectos de la familia incompleta sobre los hijos

Son considerables las consecuencias de pertenecer a una familia en donde el progenitor masculino se halla ausente. Además de lo que significa en el campo afectivo, los padres aportan a los hijos, estabilidad afectiva, social y económica y educativa.

La renuencia a formar y mantener familias

Una gran cantidad de hombres jóvenes de los estratos humildes se resisten a constituir hogares estables. Ello hace aumentar las tasas de familias irregulares e inestables (concubinatos), tendencia esta causada por el crecimiento de la pobreza, la desocupación la inestabilidad de empleo y salarios mínimos, que se hallan por debajo de los ingresos que se necesitarían para atender los gastos básicos de una familia. Los jóvenes tienen la sensación de que les será imposible afrontar las obligaciones que les supone crear una familia.

Nacimientos ilegítimos

Un claro síntoma del deterioro familiar lo da el aumento del número de hijos ilegítimos. La renuencia a formar familia estimula el crecimiento de la tasa de nacimientos de este orden.

Madres precoces

Ha aumentado en Perú el número de madres precoces. En la gran mayoría de los casos, la maternidad en la adolescencia no forma familias integradas. Queda sola la madre, con los hijos. Es, asimismo, una causa importante del crecimiento de niños ilegítimos. Constituye, de por sí, una fuente de familias extremadamente débiles. Según las últimas estadísticas más del 30% de los nacimientos son de madres adolescentes. Esto se halla estrechamente asociado a la pobreza.

Violencia doméstica

En Perú tiene gran amplitud el fenómeno de la violencia doméstica. Según datos estadísticos del 30 al 50% de las mujeres sufren malos tratos sicológicos en sus hogares, y entre el 10 y el 35%, violencia física. Siendo causando daños graves en la estructura familiar. Por otra parte, la violencia doméstica tiene la posibilidad de ser reproducida por los hijos, lo que llevará también a que constituyan familias con serias deficiencias.

Incapacidad de la familia de proporcionar una infancia normal

La pobreza y la inequidad colocan a numerosas familias en serias dificultades para poder dar a sus hijos la infancia que desearían y que correspondería. Se abre, ante la presión de las carencias, un cúmulo de situaciones que afectan duramente a los niños, crean todo orden de conflictos en la unidad familiar, e impiden que la familia cumpla muchas de sus funciones.

Una de las expresiones principales de la problemática que se plantea es la figura del niño que trabaja desde edades tempranas. Obedece en muchísimos casos a razones esencialmente económicas. Es enviado a trabajar, o se procura trabajos, para poder realizar algún aporte al hogar carenciado del que proviene y poder subsistir personalmente. Como lo ha señalado reiteradamente la OIT, la situación del niño trabajador es muy dura y contradice los convenios internacionales vigentes de protección del niño y los objetivos básicos de cualquier sociedad. Son largas jornadas, graves riesgos de accidentes de trabajo, ninguna protección social, magras remuneraciones. Asimismo, implica en muchos casos el retraso escolar o, directamente, la deserción del sistema educacional. Ello lo colocará en condiciones de inferioridad para ingresar al mercado de trabajo en el futuro.

Los datos nacionales disponibles siguen todos la misma tendencia. Según un estudio de la Comisión de Empleo y Bienestar Social del Congreso de México (1999), en ese país por lo menos cinco millones de niños trabajan, y la mitad de ellos han abandonado la escuela. El 70% trabaja entre 5 y 14 horas diarias. Según señalan Barker y Fontes (1996) en un estudio preparado para el Banco Mundial, en Brasil el 50% de los jóvenes entre 15 y 17 años estaba trabajando en 1990, y lo mismo sucedía con el 17,2% de los niños de 10 a 14 años. En Perú trabajaba el 54% de niños y jóvenes urbanos de 6 a 14 años de edad. En Colombia, en 1992, 380.000 niños y jóvenes de 12 a 17 años trabajaban en áreas urbanas y 708.000 en áreas rurales. Los investigadores agregan una categoría especial, escondida, las niñas que trabajan como domésticas. En Colombia, en 1990, 9% de las niñas entre 15 y 19 años de edad trabaja en esa calidad, viviendo fuera de sus hogares, en casa de sus patrones. En Haití, según la OIT (1999), el 25% de los niños de 10 a 14 años forma parte de la fuerza de trabajo. Según datos de UNICEF (1995), en Venezuela trabajaban en la economía informal 1.076.000 menores, y otros 300.000 en la economía formal. En Argentina, 214.000 niños de 10 a 14 años trabajan. Según los estimados de la OIT (1999), trabajan en total, en América Latina, 17 millones de niños.

La vinculación entre pobreza y trabajo infantil es muy estrecha. En Brasil, se estima que el 54% de los niños menores de 17 años que trabaja proviene de hogares con renta per cápita menor al salario mínimo.

Los niños de la calle

Existe en la región una población creciente de niños que viven en las calles de muchas urbes. Se los puede encontrar en Río, São Paulo, Bogotá, México, Tegucigalpa y muchas otras ciudades, sobreviviendo en condiciones cruentas. Buscan cada día el sustento para vivir. Están expuestos a todo tipo de peligros. Se han encarnizado con ellos grupos de exterminio y se ha estimado que no menos de 3 niños de la calle son asesinados diariamente en ciudades del Brasil, entre otros países. No se ha logrado cuantificar su número preciso, pero pareciera que tiende a aumentar significativamente. El BID, por iniciativa de su Presidente, ha abierto más de 30 proyectos nacionales destinados a tratar de mejorar su situación. El Papa Juan Pablo II, que ha denunciado permanentemente esta situación inhumana, los describió en un reciente viaje a México, señalando que son "niños abandonados, explotados, enfermos". Bruce Harris, director de una de las organizaciones no gubernamentales con más actividad y logros en este campo, Casa Alianza, con sede en Costa Rica, ha destacado: "Es un fenómeno social no atendido que se ha convertido en un problema, porque la respuesta de la sociedad en general es represiva, en lugar de invertir para que tengan las oportunidades que muchos de nosotros sí tuvimos".

La presencia y aumento de los niños de la calle tiene que ver con múltiples factores, pero claramente en su centro se está denotando una quiebra profunda de la estructura básica de contención, la familia. Los procesos de erosión de la familia, de desarticulación de la misma, de constitución de familias precarias, y las tensiones extremas que genera al interior de la familia la pauperización, minan silenciosamente la capacidad de las familias de mantener en su seno a estos niños. Es una situación de frontera que está indicando la gravedad del silencioso debilitamiento de muchas unidades familiares de la región.

Todos los desarrollos regresivos mencionados: mujeres solas jefas de hogar, renuencia de hombres jóvenes a formar familias, nacimientos ilegítimos, madres precoces, violencia doméstica, incapacidad de las familias de proporcionar una infancia normal, niños de la calle, deben ser vistos, en su conjunto como parte de este cuadro de debilitamiento, deben ser priorizados en las políticas públicas y por toda la sociedad, y se les deben buscar soluciones urgentes.

La familia es, como se mencionó, uno de los dos grandes marcos de formación de la población de un país. El otro es la educación. En la sección siguiente se explorarán algunos de los efectos que la pobreza, y especialmente la inequidad, están generando en los sistemas educativos de la región.

Pobreza, inequidad y educación

Se han producido avances de gran consideración en educación en la región en las últimas décadas. Se ha extendido significativamente la matriculación. En la mayoría de los países, más del 90% de los niños se inscribe en la escuela primaria. Ha descendido la proporción de analfabetos, bajando del 34% en 1960 al 13% en 1995. Sin embargo, hay serios problemas en tres áreas claves que motivan honda preocupación: la deserción, la repetición y la calidad de la enseñanza recibida.

La gran mayoría de los niños inicia la escuela primaria pero, según se estima, menos de la mitad completa esa primera etapa de la educación. También hay una pronunciada deserción en la secundaria. Pueden observarse las cifras actualizadas de escolaridad en el siguiente gráfico (BID, 1999):

Gráfico 4 - Promedio de años de educación

Como se observa, en un considerable número de países, incluidos los dos países de mayor población de América Latina, Brasil y México, el número de años promedio de escolaridad alcanzado por la población es inferior a los 6 años.

Las tasas de repetición escolar son asimismo muy altas. Cerca de la mitad de los niños de la región repiten el primer grado de la escuela primaria y el 30% repite en cada uno de los años siguientes. Puryear (1997) estima que un alumno promedio de la región está siete años en la escuela primaria, en los que sólo completa cuatro grados.

¿Qué factores se hallan operando tras estas tan elevadas tasas de deserción y repetición? Al desagregar las tasas de niños rezagados (desertores y repetidores) por estratos sociales, surgen algunas tendencias muy consistentes, como puede apreciarse en el siguiente gráfico:

Gráfico 5 - Porcentaje de niños de 7 a 14 años rezagados en sus estudios por residencia y cuartiles de ingreso en países seleccionados - 1990

Fuente: Publicaciones varias del Banco Mundial. Incluido en Claudia Piras, "Una herramienta para mejorar la educación: mayor poder para las escuelas". Políticas de Desarrollo, Boletín de Investigación, BID, marzo de 1997.

En todos los países incluidos en el cuadro se da la misma situación. En las ciudades, los niños del 25 más pobre de la población (Urbano, Cuartil 1) tienen tasas de rezago muy superiores a los del 25% de mayores ingresos (Urbano, Cuartil 4). Así, en Brasil, por ejemplo, los desertores y repetidores del grupo pobre son el 45% del total de niños; en cambio, en el grupo de mejores ingresos, la tasa es del 9%. La probabilidad de ser un niño rezagado en el Brasil resulta cinco veces mayor si se pertenece a los sectores pobres. Las distancias son, asimismo, muy importantes en las áreas rurales, según el cuartil de ingresos al que pertenecen los niños.

Los elevados niveles de deserción y repetición aparecen estrechamente vinculados a la pobreza y la inequidad. La pertenencia a familias pobres va a significar desventajas para los niños en aspectos claves para su permanencia y resultados en la escuela. El capital educativo que puedan aportarles sus padres tenderá a ser limitado, los grados de hacinamiento de la vivienda que impiden la concentración en los estudios y los dificultan de diversos modos pueden ser altos. Si la familia forma parte de las numerosas familias con un sólo cónyuge, o desarticuladas, ello influirá severamente sobre sus estudios. Por otra parte, como se ha visto en diversas realidades, la pobreza viene acompañada de secuelas de desnutrición. En esas condiciones, el niño difícilmente puede rendir. Además, como se vio, una proporción significativa de niños de hogares pobres se ven obligados a trabajar en la edad en que debieran tener la posibilidad de dedicarse plenamente a la escuela, lo que va a estimular su abandono de la misma o dificultar seriamente su proceso de aprendizaje. Si bien intervienen en todo el cuadro factores múltiples, puede estimarse que, por ejemplo, las muy altas cifras de repetición que se observan en cuatro países centroamericanos (Nicaragua, Guatemala, Honduras y El Salvador), en donde los niños tardan más de 10 años en completar seis grados de primaria, están ligadas a niveles de pobreza superiores al 70% de la población en los mismos, y a déficits nutricionales de consideración.

Pero la vinculación estrecha entre pobreza y bajos niveles educativos no sólo opera en los países con más pobreza de la región, también funciona activamente en otros con menores niveles de pobreza. Según cifras oficiales argentinas recientes (INDES/SIEMPRO,1999), el 7,9% de los niños de hogares más pobres ingresó tardíamente a la primaria; en cambio, en los hogares más ricos, sólo sucede ello con el 4,5%. Las distancias son aún mayores en la secundaria. Mientras el 25% de los adolescentes de los hogares más pobres ingresa más tarde al colegio secundario, ello sucede sólo con el 8,5% de los que pertenecen a los estratos más ricos. En general, el 27% de los niños de 6 a 14 años de edad de los hogares pobres repitió algún grado, mientras en los ricos sólo repite el 4,4%. Los resultados finales son, en la Argentina, que sólo el 25% de los hijos de los hogares más pobres termina secundaria, en tanto lo hace el 76% de los que vienen de hogares ricos.

Examinando la situación de 15 países de la región, el BID (1998) concluye que:

* De cada 100 niños que comienzan la escuela primaria en Bolivia, Brasil, Colombia y Perú, sólo llegan 15 a 9 años de escolaridad.

* De cada 100 niños que inician la primaria en Guatemala, Haití y República Dominicana, sólo llegan 6 a 9 años de escolaridad.

* En general, de cada 100 niños que provienen del 40% más pobre de la población, menos de la mitad llega al quinto grado. Sólo el 10% llega al noveno grado.

Ello, más lo que sucede en secundaria, que registra tendencias semejantes, genera una brecha de grandes dimensiones en cuanto a los años de escolaridad de los diferentes estratos sociales:

* Los jefes de hogar del 10% más rico de la población tienen 12,1 años de educación. Los jefes de hogar del 30% más pobre, sólo 5 años de educación.

* Entre ambos grupos hay una distancia de 7,1 años de escolaridad. La distancia es aún mayor en México, 9 años, y en Brasil, Panamá y El Salvador, 8 a 9 años.

Pobreza y desigualdad van modelando un patrón de oportunidades en educación absolutamente inequitativo.

A las de deserción y repetición, se suman las pronunciadas diferencias existentes en cuanto a la calidad de la educación a la que pueden acceder los diversos estratos sociales. Las escuelas a las que acceden estratos más altos logran un rendimiento superior de los alumnos. Ello está fuertemente ligado a la situación ventajosa de dichas escuelas en aspectos concretos vitales para la calidad del proceso de aprendizaje. Los sueldos de los maestros de las escuelas privadas son muy superiores, el número de horas de clase anuales, mayor (en las escuelas privadas es de 1.200 horas anuales, en las escuelas públicas de menos de 800 y en las rurales de 400), los materiales de apoyo y medios didácticos con que cuentan son mejores, y la infraestructura adecuada y funcional frente a las precariedades que suele presentar la de la escuela pública. Estas distancias de calidad tienen alta significación si se tiene en cuenta que la escuela pública concentra la gran mayoría de la matrícula de la región, y la escuela privada, en cambio, un porcentaje reducido de la misma.

Una instancia hoy cada vez más valorizada del proceso educativo es el preescolar. En ella se estimulan y desenvuelven capacidades y habilidades que van a influir en las posibilidades de aprendizaje en las etapas siguientes. En América Latina, esta etapa, fundamento de las posteriores, se halla al alcance de sectores limitados. Según estimados de CELADE-BID (1996), en 1990 sólo el 14% de la población potencial estaba atendida. Describe Lavin (1994), respecto a la situación, que esta oferta educativa "se dirige a los sectores medios y altos pese a ciertos avances en la atención a áreas marginadas a través de programas no formales de bajo costo". Se establece allí, nuevamente, una inequidad en el acceso a este relevante nivel educativo.

Todas las tendencias mencionadas, las distancias en deserción, repetición y calidad entre los sectores desfavorecidos y los de mejores ingresos, determinan "destinos educativos" muy diferentes. Puryear (1997) caracteriza así la situación de conjunto:

Los sistemas de educación primaria y secundaria de América Latina están fuertemente segmentados en función del status económico de las personas, quedando las más pobres relegadas al sistema público, en tanto que los ricos y la mayoría de la clase media asisten a colegios privados. Como resultado se tiene un sistema profundamente segmentado, en el cual los pobres reciben una educación que es abiertamente inferior a la que reciben los ricos. Un número desproporcional de aquellos que repiten y aquellos que desertan, es pobre. Incluso cuando los pobres permanecen en el colegio, tienden a aprender menos.

Impactados por la pobreza y las profundas desigualdades de las sociedades latinoamericanas, los sistemas educativos que aparecen como una fundamental vía para mejorar la movilidad social y la igualdad de oportunidades tienden a constituir circuitos rígidos para pobres y ricos, creándose un "círculo perverso". Los niños desfavorecidos no completan, en la mayoría de los casos, estudios primarios y difícilmente estudios secundarios; los estudios que cursan son de un nivel de calidad inferior y quedan, por ende, en amplia desventaja para acceder y permanecer en el mercado laboral. En el mismo percibirán ingresos muy inferiores a los sectores con más educación, ampliándose las brechas de inequidad. Conformarán, a su vez, familias con reducido capital educativo y restricciones severas, que tenderán a generar situaciones similares en sus hijos.

Algunas conclusiones

A inicios del nuevo siglo, el destino de las naciones aparece cada vez más ligado a la calidad de su población. Los niveles de salud, educación, cultura y participación de los habitantes de un país son decisivos para la existencia de democracias estables, la obtención de un desarrollo sostenido, la preservación del medio ambiente, el crecimiento cultural. Así lo evidencia el escenario histórico de los últimos 50 años. Los países que han invertido más en su población y lo han hecho de modo sostenido, convirtiendo áreas como salud, educación y cultura en una verdadera política de Estado, son los que en la mayoría de los casos han alcanzado crecimiento económico y progreso tecnológico más sostenidos, elevados indicadores de desarrollo humano, democracias activas, maduración cultural. Cuidar su población les ha permitido avanzar en el camino de un desarrollo integrado. Se mencionan con frecuencia, como referencias significativas de ese orden de desarrollo, los casos de países que encabezan las estadísticas mundiales en lo económico y lo social como Canadá, Noruega, Suecia, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Israel y otros. En todos esos países estuvieron, entre las estrategias centrales que trataron de implementar, la protección y desarrollo de la familia y la inversión continuada y creciente en educación.

Hacia el siglo XXI, las exigencias históricas en cuanto a contar con una población sana y calificada serán crecientes. Como lo señala Thurow (1996), será un siglo de "conocimiento intensivo". La capacidad para generar, absorber y manejar conocimiento será cada vez más la clave de los procesos productivos. Las industrias de punta como comunicaciones, informática, biotecnología, ciencia de la información, robótica y otras están basadas en conocimientos. En un siglo que se anuncia como fundado en el conocimiento, y donde seguirán produciéndose cambios acelerados en el mismo, los niveles de salud física y psicológica y los grados de formación de la población serán decisivos en la capacidad de los países de insertarse en este contexto de explosión tecnológica. La productividad, el progreso técnico, la posibilidad de ubicación exitosa en la economía globalizada estarán ligados al capital humano de que disponga una sociedad.

Como se ha señalado, las unidades familiares y los sistemas educativos son estructuras fundamentales en la modelación de la "calidad población" de un país. La familia, como se vió, incide en aspectos tan sustanciales tales como, entre otros: el patrón de valores, indicadores básicos de salud, la inteligencia emocional, los estilos de pensamiento, y afecta fuertemente el desempeño educativo. Por otra parte, los grados de acceso a las diferentes etapas del sistema educacional y la calidad de los procesos de aprendizaje en los mismos definirán aspectos centrales del nivel de calificación de la población.

La pobreza y la inequidad latinoamericanas están golpeando fuertemente estas estructuras, pilares de la sociedad democrática, y a través de ello, están causando graves daños económicos, sociales y políticos a la región.

Los desequilibrios y costos que ello genera recorren múltiples planos. La región accede al siglo XXI con una mano de obra muy débilmente preparada. Thurow (1998) resalta: "Actualmente, para poder estar en el nivel necesario y poder competir en el mundo, un trabajador debe tener al menos 3 años de educación postsecundaria. Si no los tiene es un discapacitado laboral. El surgimiento de las grandes industrias del futuro está basado en la capacidad intelectual de su fuerza laboral". Ese cuadro contrasta duramente con el nivel de escolaridad promedio de la región, que se halla en los cinco años. Las dificultades familiares y las restricciones educacionales inciden asimismo, diariamente, sobre la productividad laboral. Afectan severamente aspectos básicos de la calidad de vida cotidiana de amplios sectores de la población, generando fuertes tensiones sociales. Son una fuente de pérdida de credibilidad en el sistema político. Llevan a un retraimiento de la participación en el mismo. La presencia de su acción negativa silenciosa puede observarse en infinidad de aspectos. La ilustra el peso que están ejerciendo en uno de los problemas que hoy está alarmando en mayor medida a todos los sectores de las sociedades latinoamericanas, el ascenso de la inseguridad y la criminalidad.

Según los informes del BID (Notas Técnicas, y Buvinic, Morrison, Shifter, 1999), la tasa de homicidios de América Latina viene subiendo fuertemente. Ascendió más del 44% entre 1984 y 1994. Es actualmente la segunda más alta del mundo. Hay en la región anualmente 22,9 homicidios por cada cien mil habitantes de población. La tasa más que duplica el promedio mundial, que es de 10,7. Sólo el África subsahariana tiene una tasa más elevada. Muchas de las ciudades de la región son consideradas actualmente ciudades inseguras. Las tasas de homicidios de algunas multiplican muchas veces el promedio mundial. Las ciudades con mayores tasas son: Medellín, con 248 homicidios por cada 100.000 habitantes, Cali 112, Guatemala 101,5, San Salvador 95,4, Caracas 76, Río de Janeiro 63,5, Bogotá 49,2 y São Paulo 48,5. En México, los robos violentos se triplicaron entre 1990 y 1996. En esa capital, en 1990, se robaban 40 automóviles diarios; en 1996, la cifra pasó a 157 automóviles diarios.

La criminalidad y la violencia causan daños de todo orden, pero además tienen ingentes costos económicos para las sociedades. Naciones Unidas estima que el Brasil pierde anualmente, a causa de la violencia, cerca del 10% de su Producto Bruto, 80.000 millones de dólares. Según un estudio del Instituto de Estudios Religiosos y el BID (1999), la violencia le cuesta a Río de Janeiro 1.100 millones de dólares anuales, de los cuales 500 se utilizan en atender a las víctimas de asaltos y enfrentamientos con armas de fuego.

La criminalidad latinoamericana tiende a tener un definido carácter de "criminalidad juvenil". Gran parte de los delitos son perpetrados por jóvenes. Las investigaciones sobre las causas de la misma identifican múltiples factores de diversa índole.2 Entre ellos, destacan claramente el tipo de familia a que pertenecen los jóvenes, el nivel educativo que tienen y su grado de inclusión en el mercado laboral.

Como se ha visto ya anteriormente, la familia es una de las principales posibilidades que tiene una sociedad para la prevención del delito. Si, como está sucediendo en amplios sectores de la región, la unidad familiar se presenta desarticulada y precaria ante el embate de la pobreza y la inequidad, la sociedad está perdiendo el papel que podría jugar la familia en este campo.

Se ha observado en la región, e internacionalmente, una clara correlación entre grado de educación y criminalidad. Como tendencia, desde ya con sus excepciones, se considera que al aumentar el nivel educativo, se reduce el delito. En América Latina, vastos contingentes de niños quedan, en los hechos, excluidos del sistema educativo al poco tiempo de iniciarse en el mismo.

La debilidad del núcleo familiar que, entre otros aspectos, empobrece el rendimiento educativo del niño y su "capital social" (red de contactos, pertenencia a asociaciones, etc.), y la falta de preparación, son dos factores que van a contribuir a que tenga limitadas posibilidades en un mercado de trabajo caracterizado por altas tasas de desocupación. Sus chances en el mismo son limitadas.

En definitiva, se van conformando en muchos países de la región contingentes masivos de jóvenes de débil base familiar, excluidos del sistema educacional y del mercado de trabajo. Anomia y exclusión social son claramente factores de riesgo en cuanto a la asunción de conductas delictivas.

¿Son enfrentables el conjunto de problemas identificados? ¿Es posible encarar de modo concreto las debilidades que presentan las dos grandes estructuras formadoras de los recursos humanos de la región: familia y educación?

No es admisible ninguna declaración de impotencia al respecto; América Latina tiene enormes recursos potenciales de carácter económico y una historia plena de valores como para encarar problemas de este orden. Cuenta actualmente, asimismo, con un logro de gigantescas proporciones, la democratización de la región. Este desafío tiene que ser prioridad para las democracias establecidas en toda la región, con tantos esfuerzos y luchas de la población. Es lo que se espera de un sistema democrático.

Amartya Sen (1981) ha identificado cómo las grandes hambrunas masivas de este siglo se han producido bajo regímenes dictatoriales. En cambio, en la democracia, la presión de la opinión pública, de los medios, de diversas expresiones de la sociedad organizada, obligan a los poderes públicos a prevenirlas.

Los Estados y las sociedades latinoamericanas se deben proponer amplios pactos sociales para fortalecer la familia, y mejorar la situación educativa. Las políticas públicas en la región deben tomar debida nota de la trascendencia de los roles que juega la familia y actuar en consonancia. En el discurso público usual en América Latina se hace continua referencia a la familia, pero en la realidad no hay un registro en términos de políticas públicas. Son limitados los esfuerzos para montar políticas orgánicas de protección y fortalecimiento de la unidad familiar, agobiada por el avance de la pobreza y la inequidad. Existen numerosas políticas sectoriales, hacia las mujeres, los niños, los jóvenes, pero pocos intentos para armar una política vigorosa hacia la unidad que los enmarca a todos y que va a incidir a fondo en la situación de cada uno, la familia.

La política social debería estar fuertemente enfocada hacia esta unidad decisiva. Es necesario dar apoyo concreto a la constitución de familias en los sectores desfavorecidos, proteger detalladamente los diversos pasos de la maternidad, respaldar las sobreexigencias que se presentan a las familias con problemas económicos en los trances fundamentales de su existencia, darles apoyo para erradicar el trabajo infantil y que sus niños puedan dedicarse a la escuela, desarrollar una red de servicios de apoyo a las mismas (guarderías, apoyos para ancianos y discapacitados, etc.), extender las oportunidades de desarrollo cultural y de recreación familiar. Ello exige políticas explícitas, contar con instrumentos organizacionales para su ejecución, asignación de recursos, alianzas entre el sector público y sectores de la sociedad civil que pueden contribuir a estos objetivos.

En el campo educacional se han hecho esfuerzos importantes, pero hay muchísimo que hacer frente a la magnitud de los déficits existentes. Por lo pronto, se requiere que la sociedad en su conjunto asuma la educación como una de las principales inversiones que un país debe realizar para cuidar su futuro y, por ende, se le dediquen los recursos correspondientes. A pesar de los avances, en numerosos países de la región el gasto en educación tiende a estar en el orden, o por debajo, del 4% del Producto Bruto. En algunos de los países que han "apostado" a la educación, de modo consistente, es muy diferente. En Noruega y Dinamarca es del 8,3%, en Israel el 9%, en Suecia el 8%, en Finlandia el 7,6%, en España el 6,2%. Se estima que los países desarrollados destinan 115.220 dólares, en promedio, para cubrir la formación de una persona desde el preescolar hasta concluir sus estudios en la Universidad. En uno de los países más avanzados comparativamente en la región, Argentina, la cifra es de 12.644 dólares. Ante realidades de este orden, señala Birdsall (1994): "Los pobres han recibido un derecho --habrá educación universal. Pero sin recursos, la calidad de esa educación y, por consiguiente, el valor de ese derecho, se ha derrumbado".

Se debe continuar extendiendo las posibilidades de ingreso al sistema educativo. Como se refirió, la participación en preescolar, particularmente de la población humilde, es muy reducida. En primaria todavía quedan sectores significativos, particularmente en las zonas rurales, que deben ser incorporados. En algunas de las áreas rurales sigue habiendo un sesgo discriminatorio hacia las niñas. En Guatemala, por ejemplo, en las áreas rurales muchas niñas no llegan a la escuela y dos de cada tres que la inician, abandonan antes de completar el tercer grado. El 60% de la población femenina del país es analfabeta.

Las políticas públicas deben encarar vigorosamente el problema de la inequidad en la calidad de la educación impartida. Una estrategia maestra para ello es el fortalecimiento de la escuela pública. Debe jerarquizarse a los maestros, ejes de cualquier proceso de avance, revisar currículos, mejorar los medios didácticos y la infraestructura. Se requiere conformar una verdadera profesión docente, con salarios adecuados, oportunidades de crecimiento y capacitación, que pueda atraer a jóvenes valiosos. En diversos países de Europa Occidental, por ejemplo, los maestros ganan sueldos mayores a los sueldos promedio de la economía, indicando la importancia que se da a su trabajo. Puryear (1997) destaca, sobre la situación de los maestros en la región: "Se ha permitido el deterioro de la profesión docente. Los profesores de todos los niveles educacionales están generalmente mal formados, y peor pagados, y tienen pocos incentivos para la excelencia profesional y el perfeccionamiento. Los bajos salarios y las condiciones precarias han empeorado, particularmente el reclutamiento de nuevos profesores". Germán Rama (1993) reconstruye cómo evolucionó la situación:

… formar un buen cuerpo de maestros para todas las escuelas y un buen sistema de orientación y supervisión, enmarcado el todo en una ética de la función del maestro en la sociedad, llevó en algunas sociedades un esfuerzo de medio siglo. Políticas de ajuste económico que, sin proponérselo intencionalmente, pauperizaron a los maestros, dejaron de mantener y construir locales escolares, y hacinaron a los niños, promovieron una profunda crisis de la profesión de maestro. Los mejores profesores buscaron ocupación en otra parte, los que quedaron se burocratizaron y dejaron de creer en lo que hacían --porque a través de las políticas públicas, se desvalorizó ese noble acto de enseñar a los niños-- los jóvenes capaces no quisieron ir a formarse a los institutos normales y, en algunos países, es posible que en el futuro inmediato no haya jóvenes profesionales para sustituir a los antiguos, que se retiran o abandonan, y se vuelva a una enseñanza con maestros sin título.

¿Es imposible resolver estos problemas? Pareciera que sí existen vías efectivas para afrontarlos. En la misma región, varios países han hecho esfuerzos continuados, con excelentes resultados. Costa Rica, país con recursos económicos muy modestos, ha considerado a la educación un gran proyecto nacional y una amplia concertación social apoyó su continuo fortalecimiento durante décadas. Tiene altos indicadores de rendimiento educativo. Entre otros aspectos, la calidad de sus escuelas fue uno de los principales factores que le ha permitido atraer recientemente inversiones tecnológicas de punta, que saben que cuentan con un respaldo sólido en su sistema educativo. En 1997 modificó su constitución para introducir en ella una cláusula que obliga a los Gobiernos a invertir en educación no menos del 6% del Producto Bruto Nacional. Ello fue aprobado unánimemente por todas las fuerzas políticas. Uruguay, con significativos logros en educación, está procurando, sin embargo, llegar a la universalización del preescolar para el año 2000. El Chile democrático elevó considerablemente los presupuestos para educación, fortaleció la profesión docente, subió los salarios de los maestros en términos reales en 80% desde 1990 a 1998, e inició una política sostenida de mejoramiento de la equidad en educación.

Poner en práctica políticas agresivas y sostenidas de familia y educación generaría, asimismo, una serie de círculos virtuosos positivos que derivarían de las interrelaciones entre ambas. Familias más fuertes influirán en un mayor rendimiento educativo de los niños en las escuelas. Mejores niveles de escolaridad llevarán a una reducción de la maternidad precoz. Los resultados pueden alcanzar dimensiones como las que han señalado diversos estudios, que indican que una de las más productivas inversiones que puede hacer una sociedad, es mejorar la educación de sus niñas. En América Latina se ha estimado que, agregando sólo un año de escolaridad a las niñas pobres, se reduciría la mortalidad infantil en un 9 por mil. A través de esa ampliación de su educación, se les estaría proporcionando un capital de conocimientos que les posibilitaría prevenir el embarazo adolescente, manejar mejor el período preparto, el parto, la etapa posterior y mejorar la gestión nutricional.

El peso de la pobreza y la inequidad sobre los sectores humildes de América Latina está creando "situaciones sin salida" que es imprescindible enfrentar a través de políticas como las referidas, y otras que aborden los planos trascendentales del empleo, la producción y diversos aspectos económicos. Es inadmisible que puedan seguir operando "círculos de hierro" como el que capta un informe sobre la familia de CEPAL (Panorama Social de América Latina, 1997). Señala que "según el país, entre el 72 y el 96% de las familias en situación de indigencia o pobreza tienen padres con menos de 9 años de instrucción". Ello significa que la pobreza lleva en la región a limitada educación, que a su vez conduce a formar familias cuyos hijos tendrán reducida escolaridad, lo que influirá en mantener destinos familiares de pobreza intergeneracionalmente.

Se podrá argüir que no existen recursos para llevar adelante políticas de familia y educación renovadas. Es necesario, desde ya, hacer todo lo posible para que los países crezcan, mejoren su productividad y competitividad, y se amplíen los recursos, pero al mismo tiempo se hace imprescindible mantener una discusión activa sobre prioridades. Este orden de discusión estimulará la racionalización en el uso de los recursos limitados. Al mismo tiempo, se deben ampliar los recursos convocando ampliamente a toda la sociedad a participar activamente de políticas fortalecedoras de la familia y la educación. Diversas sociedades avanzadas del mundo cuentan, en ambos campos, con grandes aportes de la sociedad civil y de trabajo voluntario. Por otra parte, experiencias como las antes citadas de países pequeños de la misma región, con recursos limitados, como Costa Rica y Uruguay, muestran que es mucho lo que se puede hacer si las prioridades están claras.

Fortaleciendo la familia y la educación se está mejorando el capital humano de la sociedad, palanca del crecimiento económico y el desarrollo social, y base de la estabilidad democrática; pero más allá de ello, actuar en esta dirección no es sólo mejorar un medio: hace al fin último de toda sociedad democrática. La familia es una base fundamental para múltiples áreas de actividad, pero es sobre todo un fin en sí mismo; lo mismo sucede con la educación. Fortalecerlas es dar paso efectivo a las posibilidades de desarrollo de las potencialidades del ser humano, es dignificarlo, es ampliar sus oportunidades, es hacer crecer su libertad real.

Cada hora que transcurre en esta América Latina, afectada por los problemas sociales descriptos, sin que haya políticas efectivas en campos como éstos, significará más familias destruidas, o que no llegaran a formarse, madres adolescentes, niños desertando de la escuela, jóvenes excluidos. La ética, en primer lugar, la propuesta de la democracia y el ideario histórico de la región exigen sumar esfuerzos y actuar con urgencia para evitarlo.

NOTAS

1. El tema de los problemas sociales que afronta la región es tratado más detalladamente en Bernardo Kliksberg, "Cómo enfrentar los déficits sociales de América Latina", incluido en B. Kliksberg (comp.), Pobreza. Un tema impostergable. Nuevas respuestas a nivel mundial, Fondo de Cultura Económica, 4a edición, 1997

2. El tema es abordado en profundidad por Luis Ratinoff en "Delincuencia y paz ciudadana", BID, 1997

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