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Amores que matan


Enviado por   •  8 de Noviembre de 2018  •  Ensayos  •  631 Palabras (3 Páginas)  •  15 Visitas

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Amores que matan

La noche había caído sobre el cementerio de la Almudena. La luz de la luna bañaba el mármol de los cientos de lápidas de las tumbas en que descansaban los muertos. No sabría decir cómo había llegado hasta allí aquel día. Ojala nunca hubiera ido. Tal vez la pérdida de mi esposa y la soledad en un hogar que ahora parecía helado como su rostro la última vez que la besé, me hicieron dar los pasos oportunos hasta llegar a la morada de los difuntos. No iba demasiado abrigado y la suave brisa se adentraba osada por mi nuca para acariciar mi espalda y provocar un escalofrío que sacaba a aquella oscuridad el temor que sentía. Cada paso hacia delante era un error irremediable.

        Los más tétricos recuerdos cinematográficos acudían sin permiso a mi mente mientras mis ojos, aterrados, miraban a un lado y a otro buscando aquello que no deseaban encontrar. Las ramas muertas de los árboles se movían y parecían incitarme a abandonar aquel lugar. Ellos, que estaban condenados a ser testigos de los extraños sucesos de cada noche. «Vete ahora, que aún puedes» ─parecían decirme. Pero no hice caso. Continué, sin saber por qué.

        Según caminaba hacia mi desconcertante destino, las lejanas rosas blancas de las lápidas se disfrazaban de espíritus. Mis sentidos me traicionaban y me mostraban la eterna imagen de los muertos custodiando sus propios cuerpos. Me miraban. Unos parecían envidiosos, y deseaban hacer de mí uno más de ellos; otros mostraban una hueca sonrisa diabólica potenciada con las oscuras cuencas de unos ojos que ya no existían. Entonces me percaté del lugar al que me guiaban mis pasos: la tumba de mi esposa.

        Ella me había llevado hasta allí sin que pudiera evitarlo. Me acercaba, estaba a punto de llegar cuando sentí un pinchazo en el brazo que me dejó un instante paralizado. Mis ojos soltaron lágrimas que pretendían desahogar el terror que estaba viviendo y mi piel reaccionó como cabría esperar. Involuntariamente me giré… sólo había sido un árbol. Mi camisa se había enganchado en una rama impidiéndome continuar. Miré aquel tronco donde nacían las ramas muertas de un roble que pretendía conservar mi seguridad. Su rugosidad parecía expresar la angustia que sentía mi corazón; el terror que aquel lugar incitaba a mi espíritu. Pero no hice caso a la naturaleza. En ese momento el horror me resultaba adictivo y mis músculos temblaban sin parar como si fuera la última vez que podrían hacerlo.

        Por fin llegué a mi destino. «Dios mío…» la tumba estaba abierta. Me asomé y únicamente pude contemplar un profundo foso en cuya oscuridad no podía distinguirse el final. Mi cuerpo quedó petrificado, el sudor empezó a derramarse por mi frente y sentí frente a mí una gélida presencia que me hizo levantar la mirada. Imposible. El cuerpo inerte de mi mujer se alzaba frente a mí y me miraba. Sus ojos carcomidos por los años bajo tierra se clavaban en mí acompañados con una sonrisa casi desdentada donde hacía tiempo que habitaban los gusanos. Me agarró y acercó su cara hasta la mía. Un grito de horror fue su despedida antes de arrastrarme y arrojarme al pozo de tierra. Poco a poco la luz de la luna se apagaba. Caí hasta quedar encajado dentro de un ataúd que parecía esperarme. El cuerpo no me respondía. Mi mujer observaba sonriente desde arriba cómo la caja se cerraba. No podía gritar, mi garganta estaba congelada y mis oídos escuchaban la oscura tierra muerta lapidarme en aquel lugar, condenado a la angustia de una muerte lenta e inevitable.

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