Literatura y teología: las experiencias de soledad, unidad e inocencia en la obra de Mark Twain
María Guadalupe DozoEnsayo1 de Julio de 2026
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SOBRE DIARIOS DE ADÁN Y EVA DE MARK TWAIN Y LA POSIBILIDAD DE UNA LECTURA DESDE LA TEOLOGÍA DEL CUERPO: ¿EL AUTOR DESCRIBIÓ LAS EXPERIENCIAS ORIGINARIAS?
ON DIARIES OF ADÁN AND EVA BY MARK TWAIN AND THE POSIBILITY OF A READING FROM THE TEOLOGY OF BODY: ¿THE AUTHOR DESCRIBED THE ORIGINARIAN EXPERIENCES?
Por María Guadalupe Dozo
Centro San Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia
guadalupedozo1@gmail.com
ORCID
Buenos Aires, Argentina
Entregado:
Resumen
La relectura de la obra literaria Diarios de Adán y Eva de Mark Twain desde el Marco teórico desarrollado por san Juan Pablo II en sus Catequesis acerca del amor humano en el plan divino nos permiten señalar las coincidencias entre ambas obras. Al mismo tiempo, la obra literaria ofrece un recurso pedagógico para transmitir los conceptos desarrollados por el autor de las Catequesis a través de la vía poética.
Abstract
The reinterpretation of the literary work Diaries of Adam and Eve by Mark Twain from the theoretical framework developed by Juan Pablo II in his Catechesis on human love in the divine plan allows us to highlight the coincidences between both works. At the same time, the literary work offers a pedagogical resource to transmit the concepts expressed by the author of the Catechesis through the poetic path.
Una obra escrita a finales de 1800 abre una puerta…
Los Diarios de Adán y Eva conforman una de las últimas obras publicadas por el multifacético escritor norteamericano, Mark Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens.
Publicada en 1904 –casi al final de su vida-, es presentada, en el marco del pacto ficcional, como una obra fidedigna y producto de un esfuerzo intelectual ya que es el resultado de la traducción de los Diarios escritos por el primer hombre y la primera mujer:
Traduje parte de este diario hará algunos años, y un amigo mío imprimió unos pocos ejemplares del mismo aún incompleto, pero que nunca llegaron al gran público. Desde entonces he descifrado algunos jeroglíficos más de Adán y creo que se ha vuelto ahora un personaje lo suficientemente importante como para justificarse su publicación[1].
El objeto de esta obra literaria fue el de expresar de manera poética la relación del primer hombre y la primera mujer, su conocimiento (y reconocimiento) y el vínculo que construyeron desde el inicio de su aparición el mundo y la reconfiguración del mismo después de la caída y la expulsión del paraíso. Fue escrita en dialógica, en un juego de contraposiciones entre el punto de vista de Adán, representando lo masculino, y el de Eva, haciendo lo mismo con lo femenino. Esta alternancia de voces sigue el espíritu, aunque con matices, de lo que encontramos en las mismas Escrituras en su primer libro. Al respecto, afirman Mendoza Fillola y Cerrillo:
Está claro que Diarios de Adán y Eva es un intertexto porque es el resultado de una actividad de creación construida con referentes culturales: en el texto se juega con la transcripción de la perspectiva íntima y personal de dos personajes bíblicos, de proyección universal, y cuyas referencias, escuetas, proceden de un libro concreto, el Génesis. A partir de esas referencias –conocidas por un amplio de sector de potenciales receptores- se aplica un recurso de introspección personal y se emplea la modalidad del diario (escrito personal e íntimo), como peculiar tipología discursiva que, además, ordena la estructura discursiva de este texto literario[2].
Entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984, la máxima autoridad de la Iglesia Católica –Juan Pablo II- brinda en las Catequesis de los miércoles un desarrollo teórico que se nutre de elementos filosóficos, teológicos y místicos[3] acerca del amor humano en un intento de dar luz al misterio oculto y sobrenatural al que podemos acceder a través de lo sensible; en este caso, el cuerpo, configurado ya sea como masculino, ya como femenino.
Para ello, se remite al origen de la creación del primer hombre para aproximarse al diseño inicial que el Creador había plasmado en él, diseño que llevaría a la plenitud a nuestros primeros padres.
Este Corpus de catequesis se divide en seis ciclos siendo el primero de ellos El principio el que se remite al Origen para comprender mejor este plan amoroso de Dios para sus hijos. En este principio de los tiempos, el hombre vivenció experiencias originarias que lo configuraron antropológicamente. Sin embargo, el hombre se aparta de este diseño a causa del pecado y la Creación entera se ve alterada.
En el Segundo Ciclo, entonces, se teorizará acerca de las consecuencias del pecado y la obra restauradora de Cristo.
La lectura crítica, desde la TdC, de Diarios de Adán y Eva nos permiten observar cómo las experiencias originarias fueron intuidas por el autor y plasmadas en su obra.
Ya desde la elección del género narrativo – el diario íntimo- observamos la relación entre las experiencias que Juan Pablo II llama “originarias” y la vivencia personal –siempre en clave literaria- que de ellas hicieron nuestros primeros padres.
Pretendo, en este trabajo, demostrar que la obra de Twain adquiere rasgos ¿proféticos?, ¿anticipatorios? del desarrollo teórico que hoy llamamos TdC. No pretendemos más que mostrar que la literatura, en cuanto lenguaje artístico, puede vislumbrar verdades. Nuestro objetivo será analizar fragmentos[4] de esta obra clásica de la literatura universal para mostrar su lazo con nuestro objeto de estudio.
“En el principio”, las experiencias originarias
Referida al relato de la creación del hombre, la expresión “al principio” pronunciada por Jesús en su diálogo con los fariseos se hace eco del contenido expresado en Génesis. En sus primeros capítulos, encontramos dos relatos de la creación –aunque con matices diversos- que describen las verdades esenciales del hombre no sólo las referidas a su primacía por sobre toda la creación[5] en cuanto imagen de Dios, su alteridad sexual[6] como expresión de la comunión a la que estaban invitados a participar, sino también a su realidad en cuanto persona: su inocencia, la felicidad original e incluso el drama iniciado con su caída[7].
Será en el segundo relato de la creación que encontraremos una profunda descripción de la subjetividad de Adán[8]. Allí hallaremos lo que Juan Pablo II denominó situaciones originarias[9] y que dan cuenta del estado primigenio del hombre tanto antes como después de la caída[10]. Nuestro análisis se enfocará especialmente en estas experiencias que vivió Adán, todas ellas en relación con Eva y que nos permitirán entender ya desde la Teoría desarrollada por el “Papa Magno”, ya desde el lenguaje artístico expresado literariamente -y que puede ser utilizado de manera didáctica para aproximarse a las ideas de la Teología del Cuerpo- por el escritor estadounidense Mark Twain.
La soledad: “No es bueno que el hombre esté solo”
Luego de la narración de la creación del primer hombre – la cual constituye una suerte de preludio[11]- leemos la formación de la mujer[12].
Así, mientras que en Génesis observamos que es el mismo Creador quien advierte lo negativo[13] del estado en que se encuentra su creación predilecta ya que Adán padece la ausencia de un ser semejante a él, lo cual provoca la compasión de Dios expresada en estas palabras “No es bueno que el hombre esté solo”, en la obra de Twain ésta soledad es experimentada como un despliegue de la libertad que aún no ha comprendido que debe ejercerse de manera responsable y cuidando los límites del otro. Será Eva quien, a través de su dedicación y cuidado constante, enseñe a Adán a comprender que su soledad no es buena… En esta versión literaria parecería que Adán comprende lo negativo de su soledad, después de haber padecido la ausencia de Eva y saborear amargamente el destierro “Creo que ella es bastante buena como compañera. Me doy cuenta de que me sentiría solo y deprimido sin ella, ahora que perdí mis dominios”[14].
Ella, por su parte, no logra encontrarse a sí misma sino en la relación con él:
Toda la semana lo seguí pisándole los talones y traté de que nos conociéramos. Tuve que encargarme de las palabras, porque él era tímido, pero no me importó. Parecía complacido de tenerme a su alrededor y empleé el "nosotros" sociable con mucha frecuencia, porque ser incluido parecía halagarlo[15].
Ambos, a partir de procesos diferentes hacen experiencia de la soledad, pero llegarán -en la obra del escritor inglés- a sobrellevarla una vez que han logrado adaptarse el uno al otro.
Un aporte interesante de la obra de Twain es el de otorgarle voz al personaje de Eva para poder comprender su mundo interior y sus cavilaciones. En un juego de narrativa dialógica, Adán y Eva nos permiten adentrarnos en las profundidades de sus pensamientos y nosotros, lectores de sus Diarios, podemos ir observando el modo en que ambos partiendo de sus propias soledades van configurándose como una unidad, en un proceso lento de conocimiento y reconocimiento, especialmente después de la caída.
La unidad: “Esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne”.
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