Madame Du Barry, amante real
Wildwolf26Biografía18 de Agosto de 2026
72.965 Palabras (292 Páginas)155 Visitas
[pic 1]
Madame du Barry,
amante real
Jean Plaidy
Título original:
MADAME DU BARRY
Asesoramiento técnico por cortesía de ONCE
Cubierta: Óscar Astromujoff
Ilustración de la cubierta: François Boucher, La toilette, 1742 © Museo Tyssen-Bornemisza, Madrid (detalle)
© Mark Hamilton como albacea testamentario del patrimonio literario de E.A.B. Hibbert © 2001 de la presente edición en castellano para España y América:
MONDADORI (Grijalbo Mondadori, S.A.)
Aragó, 385, 08013 Barcelona
www.grijalbo.com
© 1997, Mercedes Cernicharo y Dimas Mas, por la traducción Primera edición en la colección Letra Grande XL
ISBN: 84-397-0632-4
Depósito legal: B. 8.091-2001
Impreso en A & M Gràfic, S.L., Santa Perpétua de Mogoda (Barcelona) y encuadernado en Enquadernacions Balmes, S.L., Molins de Rei (Barcelona)
1. «Coucher» en Versalles
Era la hora del «coucher» en el palacio de Versalles. Los brillantes candelabros suspendidos del techo iluminaban la púrpura oscura y los brocados de las cortinas; cada cosa estaba en su lugar, pues no debía haber ningún fallo, ningún problema: sería impensable que ocurriera tal cosa en la atmósfera formal de la Corte. Ahí estaba, preparado, el traje de noche, hecho con seda de Lión y delicadamente bordado; así como también la túnica de puntilla y brocados con zapatillas a juego; igualmente yacían sobre un cojín de terciopelo púrpura el gorro de noche y el pañuelo.
El rey guardaba silencio y, consecuentemente, los caballeros del aposento real debían reflejar un mismo estado de ánimo. Uno de ellos, el duque de Choiseul, se aventuró a dirigirle la palabra.
-¿Disfrutó el rey con su día de caza? -preguntó, siguiendo el protocolo que en esa importante ceremonia obligaba a hablarle al rey en tercera persona.
El rey gruñó afirmativamente, aunque daba toda la impresión de que no fuera a disfrutar nunca más de nada.
Así que la seda de Lión descendió desde sus hombros, los cortesanos se miraron unos a otros. No había ninguna duda: Su Muy Cristiana Majestad se estaba volviendo más y más melancólico con el paso de los días.
¿Deberían provocar alguna broma inocente, un juego de agudezas como los que antes le complacían? Mejor no. Desde la muerte de madame de Pompadour el rey había cambiado. Se habían acabado ya aquellos tiempos en que le gustaba disfrutar de animadas cenas en los «petits appartements», cenas por cuyas invitaciones había siempre una gran rivalidad. Aquellos eran los días en que tenía ordenado que se sirviese la mesa con vajilla de oro y con tales rarezas como una cesta de huevos frescos sobre la que se había colocado una gallina de oro y esmalte de tamaño natural; y en los que se sentaba afablemente entre sus invitados, pues en los «petits appartements» Luis «le Bien-Aimé» había sido un hombre muy diferente del monarca reservado que asistía a las ceremonias reales. Se había de ser amigo de madame de Pompadour para conseguir ser admitido en estas cenas, por supuesto, pues era ella quien gobernaba al rey, y a Luis, hombre indolente por naturaleza -excepto en la caza de animales salvajes y de mujeres, deportes a los que se dedicó tan infatigablemente como sus antecesores-, le encantaba que fuera así. Y después de las cenas, durante las cuales se hablaba de la caza y de «amours», había una pequeña representación de teatro en la que destacaba por méritos propios madame de Pompadour. En aquellos días Luis invitaba a menudo a la reina a asistir a las representaciones, y ella -esa mujer dócil y sufrida que había tenido que aprender que en la deslumbrante corte de Versalles la querida de un rey se elevaba sobre la esposa con quien las razones de estado le habían forzado a casarse- aceptaba las invitaciones de cuando en cuando, realzando la ocasión con su presencia.
Pero ahora la reina ya estaba muerta, el delfín estaba muerto; y la propia madame de Pompadour estaba muerta también. Su cuerpo había sido llevado en procesión solemne desde Notre-Dame de Versalles hasta París. El viento ululaba, llovía con fuerza y Luis, que contemplaba la procesión desde la ventana de su «cabinet intime», sentía una pena tan borrascosa como el tiempo, sollozaba y las lágrimas desbordaban sus mejillas.
Al caballero Le Bel, el jefe de sus «valets de chambre», le gustaba recordar la emoción del rey en aquel momento. Le Bel lo conocía bien, pues se decía que compartía los secretos del rey como nadie antes lo había hecho en la Corte. Era Le Bel quien había conducido por aquellas estrechas escaleras a muchas doncellas tras el rito solemne del «coucher», cuando era la costumbre de Luis el cambiar la cama ceremoniosa de la fría alcoba por una habitación más pequeña y acogedora.
Luis, contaba Le Bel, se había enjugado de repente las lágrimas, había controlado sus sollozos y fue como si se hubiera hecho a la idea de que debía acostumbrarse a una vida que fuese dirigida por la marquesa de Pompadour.
-A la pobre marquesa no la acompaña el tiempo para su viaje a París -dijo Luis, casi bromeando; y Le Bel se regocijó al escucharlo. Su Majestad superaría el dolor. Pero la melancolía persistía. A la edad de Luis no era fácil cambiar. Cada uno de los hombres que soñaban con el poder que podrían obtener del rey tenía la convicción de que el lugar de la Pompadour había de ser llenado; y había de llenarse con una mujer que no olvidara a los amigos que la habían ayudado a adquirir el más importante y poderoso papel en la Corte de Francia.
El duque de Richelieu, en parte para divertir al rey, y en parte para enfadar a Choiseul, comenzó a hablar de esa exquisita criatura: la condesa d'Esparbès. Un destello de interés brilló en los ojos de Luis, pero fue efímero, y aun antes de que Choiseul cortara el elogio que Richelieu hacía de la condesa, con elogios de su propia hermana -a quien no hacía mucho había casado con el duque de Gramont, el viejo pero extremadamente poderoso noble-, Luis ya estaba bostezando y su mirada se volvió lánguidamente hacia el cojín de terciopelo donde descansaba su gorro de noche.
Había un cambio, en efecto. ¿Podría ser que todavía suspirara por la Pompadour, la mujer que había sido «maitresse en titre» durante dieciocho años? Era imposible. Toda la Corte sabía que varios años antes de su muerte, el título había pasado a tener carácter meramente nominal.
El rey se estaba haciendo viejo. Eso era evidente para cada uno de los caballeros que asistían al «coucher», incluyendo a Choiseul, quien, en esta ocasión, tenía el honor de sostener la vela con que el rey era alumbrado en su camino a la cama, y a Richelieu, que lo miraba celosamente. Todos pensaban que debían suministrarle al rey una nueva doncella; y que si ella fuera lo suficientemente habilidosa, bella y maleable en manos de sus avaladores, ¡qué buenos bienes podría depararles!
Mientras tanto, a Luis XV de Francia le iluminaban el camino hasta la cama solitaria.
-Se me acabó la juventud -dijo el rey para sí cuando se quedó a solas-, y no es el hecho de que ya nunca pueda volver a ser como antes lo que me provoca tan gran melancolía, sino esta lasitud que me domina y me hace sentir que ya no importa nada. Los ojos de la madurez no ven como los ojos de la juventud. Nada tiene ya el mismo encanto, sea una hermosa pintura, un bello edificio o una hermosa mujer. Hubo un tiempo en que esa habitación le complacía, pues él mismo la había diseñado. La cama real de su bisabuelo Luis XIV nunca le había gustado, y a menudo se retiraba (después de la ceremonia del «coucher», por supuesto, y recordando siempre que había de volver a ella antes del «lever») al «cabinet du Conseil», donde encontraba una cama más caliente y una compañía más agradable. Por lo tanto, decidió que quería construirse un dormitorio propio. Sería una hermosa habitación, de-corada por el escultor Verberckt, y dispondría de varios aposentos alrededor de la habitación. Y así fue como se crearon los «petits appartements», cuya construcción consolidó la reputación de artistas como Verberckt, Rousseau y Le Brun. Fue a la edad de diecisiete años, cuando el joven rey, rodeado de adulación donde quiera que fuera, se dio cuenta por vez primera de la belleza de la piedra. ¡Versalles! ¡La creación de aquel fabuloso bisabuelo, de cuyos días de gloria aún se hablaba con respeto!
Ahora, tendido en su cama, él podía recordar vagamente la última vez que había visto a su bisabuelo. Era como una pintura vista desde lejos: los colores se desdibujaban. Estaba la cama real y el viejo hombre tendido en ella, la expresión serena aunque con un rictus de dolor; un sacerdote estaba arrodillado ante la balaustrada que había a los pies de la cama, la cual impedía que la gente se acercara mucho al lecho. Daba la impresión de que la estancia hubiera estado llena de mujeres que lloraban. Podía recordar el aire de solemnidad y el enfermizo olor de la muerte.
Era agosto, las ventanas estaban abiertas y desde abajo llegaba la música de los oboes y los tambores.
Madame de Ventadour, su institutriz, había ido a buscarlo para decirle que su bisabuelo deseaba verle, y el modo como lo cogió de la mano para llevarle fue distinto. El mismo se sentía presa de una gran agitación, como si presintiera que un gran acontecimiento estaba a punto de ocurrir. ¿Lo había sentido realmente, o lo había imaginado más tarde? ¿Podría él, tan joven, tan ignorante, darse cuenta, a pesar de tener sólo cinco años y medio, de que pronto se iba a convertir en rey de Francia?
...