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Elogio A La Locura


Enviado por   •  2 de Agosto de 2011  •  529 Palabras (3 Páginas)  •  856 Visitas

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Diga lo que quiera de mí el común de los mortales, pues no ignoro

cuán mal hablan de la Estulticia incluso los más estultos, soy, empero,

aquélla, y precisamente la única que tiene poder para divertir a los

dioses y a los hombres. Y de ello es prueba poderosa, y lo representa

bien, el que apenas he comparecido ante esta copiosa reunión para

dirigiros la palabra, todos los semblantes han reflejado de súbito nueva e

insólita alegría, los entrecejos se han desarrugado y habéis aplaudido con

carcajadas alegres y cordiales, por modo que, en verdad, todos los

presentes me parecéis ebrios de néctar no exento de nepente, como los

dioses homéricos, mientras antes estabais sentados con cara triste y

apurada, como recién salidos del antro de Trofonio.

Al modo que, cuando el bello sol naciente muestra a las tierras su

áureo rostro, o después de un áspero invierno el céfiro blando trae nueva

primavera, parece que todas las cosas adquieran diversa faz, color

distinto y les retorne la juventud, así apenas he aparecido yo,

habéis mudado el gesto. Mi sola presencia ha podido conseguir, pues, lo

que apenas logran los grandes oradores con un discurso lato y meditado

que, a pesar de ello, no logra disipar el malhumor de los ánimos.

Capítulo II

En cuanto al motivo de que me presente hoy con tan raro atavío, vais

a escucharlo si no os molesta prestarme oídos, pero no los oídos con que

atendéis a los predicadores, sino los que acostumbráis a dar en el mercado

a los charlatanes, juglares y bufones, o aquellas orejas que levantaba

antaño nuestro insigne Midas para escuchar a Pan.

Me ha dado hoy por hacer un poco de sofista ante vosotros, pero no de

esos de ahora que inculcan penosas tonterías en los niños y los enseñan a

discutir con más terquedad que las mujeres. Imitaré, en cambio, a los

antiguos, que para evitar el vergonzoso dictado de sabios prefirieron ser

llamados sofistas. Se dedicaban éstos a celebrar las glorias de los dioses

y los héroes. Por ello, vais a oír también un encomio, pero no el de

Hércules ni el de Solón, sino el de mí misma, el de la Estulticia.

Capítulo III

No tengo por sabios a esos que consideran que el alabarse a sí mismo

sea la mayor de las tonterías y de las inconveniencias. Podrá ser necio si

así lo quieren, pero habrán de confesar que es también oportuno. ¿Hay cosa

que más cuadre sino que la misma Estulticia sea trompetera de sus

alabanzas y cantora de sí? ¿Quién podrá describirme mejor que yo? A

no ser que por acaso me conozca alguien mejor que yo misma. Sin embargo,

me creo mucho más modesta que esta tropa de magnates y sabios que,

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