Shibumi
oscarestrepo13Tesis29 de Noviembre de 2014
34.272 Palabras (138 Páginas)211 Visitas
SHIBUMI por Trevanian
PLAZA & JANES, S.
EDITORES
Título original: SHIBUMI
Traducción de MONTSERRAT SOLANAS DE GUINART
Primera edición: Octubre, 1980
© 1979 by Trevanian By arrangement with Crown Publishers, Inc. New York © 1980, PLAZA & JANES, S. A., Editores Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugues de Llobregat (Barcelona) Este libro se ha publicado originalmente en inglés con el titulo de SHIBUMI (ISBN: 0-517-53243-3. Crown Publishers, Inc. New York. Ed. original.) Printed in spain — Impreso en España ISBN: 84-01-30306-0— Depósito Legal: B. 28.914 -1980
A la memoria de los hombres que aquí aparecen como: Kishikawa Otake De Lhandes Le Cagot Todos los otros personajes y organizaciones mencionados en el libro carecen de cualquier base en la realidad, aunque algunos de ellos no se dan cuenta.
JUGADAS DE SHIBUMI
PRIMERA PARTE
Fuseki — apertura de una jugada cuando se toma en consideración todo el tablero.
SEGUNDA PARTE
Sabaki — intento de resolver una situación difícil de un modo rápido y flexible.
TERCERA PARTE
Seki — posición neutral en que ninguno de los jugadores tiene ventaja. Un Mexican stand-off1.
CUARTA PARTE
Uttegae — lance de sacrificio, gambito.
QUINTA PARTE
Shicho — ataque acelerado.
SEXTA PARTE
Tsuru no Sugomori — «El confinamiento de las grullas en su nido», maniobra elegante con la captura de las piezas del contrario.
1 Literalmente un «mantenerse a distancia mexicano». (N. del T.)
PRIMERA PARTE
FUSEKI
Trevanian Shibumi
WASHINGTON
La pantalla relampagueó 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3... Se desconectó después el proyector, y se encendieron las luces de la instalación eléctrica disimulada a lo largo de las paredes de la sala de proyecciones particular. Se oyó la voz del maquinista, fina y metálica, a través del intercomunicador. —A punto para cuando usted quiera, Mr. Starr. T. Darryl Starr, único miembro de la sala, pulsó el botón de comunicación de la consola que tenía frente a él. —¡Eh, muchacho! Dime una cosa. ¿Para qué sirven todos esos números antes de comenzar la película? —Se llama al guión personal, señor —respondió el operador—. Lo ajusté a la película como una especie de broma. —¿Broma? —Sí, señor... Quiero decir... considerando la naturaleza de la película... resulta gracioso contar con una guía comercial, ¿no cree usted? —¿Por qué, gracioso? —Bueno, quiero decir... con todas esas quejas sobre la violencia en las películas y todo eso. T. Darryl Starr gruñó y se frotó la nariz con el dorso del puño, haciendo deslizar después hasta ella las gafas de sol estilo piloto que antes había acomodado sobre su cabello corto cuando las luces se habían apagado por primera vez. ¿Broma? Sería condenadamente mejor que no fuese una broma, ¡maldita sea tu estampa! Si algo no está bien, ya puedo ir preparando mi funeral. Y si la cosa más mínima no está bien, ya puedes apostar tus pelotas que Mr. Diamond y su pandilla se darán cuenta en seguida. ¡Bastardos quisquillosos! Desde que se hicieron cargo de las operaciones de la CIA en el Medio Oriente, parece que su misión consista en ir descubriendo el más pequeño fallo. Starr mordió el extremo de su cigarro, que escupió al suelo alfombrado, colocando después el habano entre sus apretados labios y encendiéndolo a continuación con una cerilla de madera que frotó en la uña de su dedo pulgar. En su calidad de oficial decano de operaciones tenía acceso a cigarros habanos. Después de todo, RHIP. Se repantigó con las piernas apoyadas en el respaldo del asiento que tenía frente a él, como solía hacer cuando era muchacho e iba a ver películas en el «Teatro Lone Star». Y si el muchacho que se sentaba delante de él protestaba, Starr se ofrecía a darle un puntapié en el trasero que se lo haría subir hasta los hombros. El otro chico
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siempre terminaba callando, pues todos en Flat Rock sabían que T. Darryl Starr era una especie de fiera y muy capaz de patear a cualquier chico dejándole el pecho hecho un fangal. Había transcurrido mucho tiempo desde entonces, pero Starr continuaba siendo una especie de fiera. Y así se debía ser para llegar al puesto de oficial decano de operaciones de la CIA. Se necesitaba eso, y experiencia. Y algunos movimientos astutos. Y, patriotismo, naturalmente. Starr comprobó la hora: faltaban dos minutos para las cuatro. Mr. Diamond había convocado una sesión para las cuatro, y llegaría exactamente a las cuatro. Si el reloj de Starr no marcaba las cuatro en punto cuando Diamond entrara en el teatro, lo más seguro es que el reloj no marchaba bien. Presionó nuevamente el botón para comunicar. —¿Cómo ha salido la película? —No ha salido mal, teniendo en cuenta las condiciones en las que filmamos —respondió el operador—. La luz en la Roma Internacional es difícil... una mezcla de luz natural y fluorescente en el techo. Tuve que utilizar una combinación de filtros CC que convirtieron el enfoque en un auténtico problema. En cuanto a la calidad del color... —¡No quiero oír tus malditos problemas! —Lo siento, señor. Sólo estaba respondiendo a su pregunta. —Pues ¡no lo hagas! —¿Señor? La puerta del fondo del teatro particular se abrió de un portazo. Starr observó su reloj: la manecilla del segundero había pasado cinco segundos de las cuatro en punto. Por el pasillo se acercaron rápidamente tres hombres. En cabeza iba Mr. Diamond, un hombre nervudo, de movimientos rápidos y precisos, cuyos trajes de corte impecable reflejaban la disposición ordenada de su mente. Siguiéndole de cerca, venía el primer ayudante de Mr. Diamond, un individuo alto, de articulaciones flexibles, con cierto vago aire académico. No siendo hombre al que gustase perder el tiempo, Diamond solía dictar comunicaciones, incluso cuando estaba de camino entre una y otra reunión. El primer ayudante llevaba en la cadera una grabadora de cinturón, cuyo micrófono, tan pequeño como una cabeza de alfiler, iba sujeto a la montura metálica de sus gafas. Caminaba siempre muy cerca de Mr. Diamond, o se sentaba junto a él, con la cabeza inclinada para recoger la expresión de sus monótonas instrucciones esporádicas. Considerando la rigidez heráldica de la mentalidad de la CIA, era inevitable que su versión de ingenio sugiriese una relación homosexual entre Diamond y su ayudante, en todo momento solícito. La mayor parte de los chistes que corrían hacían referencia a lo que le sucedería a la nariz del ayudante si alguna vez Mr. Diamond se detenía de repente. El tercer hombre, a remolque detrás de ellos y algo confuso ante
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la viveza de acción y pensamiento que le rodeaban, era un árabe, ataviado con un traje occidental, oscuro y caro, y que no le sentaba bien. El sastre no tenía la culpa de su aspecto desaliñado; el cuerpo del árabe no estaba hecho para un traje que requería cierta postura y disciplina. Diamond se deslizó en el asiento del pasillo al otro lado de Starr; el primer ayudante se sentó directamente detrás de él, y el palestino, frustrado cuando nadie le indicó dónde debía sentarse, finalmente se dejó caer en un asiento en la parte de atrás. Volviendo la cabeza de modo que el diminuto micrófono recogiera enteramente su dictado rápido y átono, Diamond concluyó los pensamientos a los que le había estado dando vueltas. —Dentro de las tres próximas horas hay que recordarme: uno, accidente equipo petrolero mar del Norte; silenciar el asunto ante la Prensa. Dos, profesor que está investigando los daños ecológicos a lo largo de la conducción de Alaska: terminar asunto con supuesto accidente. Ambos asuntos se encontraban en su fase final, y Mr. Diamond confiaba en poder jugar un poco al tenis aquel final de semana. Naturalmente, siempre que aquellos imbéciles de la CIA no hubiesen desbaratado la acción en Roma Internacional. Se trataba de una incursión directa que no podía presentar dificultades, pero durante los seis meses transcurridos desde que la Organización Madre le había ordenado dirigir las actividades de la CIA en el Oriente Medio, había aprendido que ninguna acción era lo bastante sencilla como para poder escapar de la capacidad de error de la CIA. Diamond comprendía por qué la Organización Madre prefería mantenerse en segundo término actuando detrás de la pantalla de la CIA y la NSA, pero esto no facilitaba en absoluto su trabajo. Tampoco le pareció especialmente divertida la sugerencia despreocupada del presidente cuando le dijo que considerara que la Organización Madre utilizaba a los agentes de la CIA como su parte de contribución en el contrato laboral de los deficientes mentales. Diamond no había leído todavía el informe de la acción redactado por Starr, así que se inclinó para cogerlo. El primer ayudante se le anticipó poniendo el documento en su mano. Mientras echaba una ojeada a la primera página, Diamond dijo sin alzar la voz. —Apaga el cigarro, Starr. —Levantó entonces la mano con un breve gesto, y las luces murales comenzaron a desvanecerse. Darryl Starr deslizó las gafas de sol hasta su cabello cuando el teatro quedó a oscuras y el rayo del proyector atravesó las espirales flotante de humo azulado. En la pantalla apareció una espasmódica panorámica del interior de un gran y atareado aeropuerto. —Esto es Roma Internacional —informó Starr
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