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Resumen Elegí Vivir


Enviado por   •  13 de Mayo de 2014  •  35.815 Palabras (144 Páginas)  •  328 Visitas

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“Elegí vivir "el accidente que marcó mi vida y el camino de mi rehabilitación""

antes del accidente

el segundo semestre de cuarto año de medicina ya iba bastante avanzado, al igual que nuestro cansancio, pero todos sabíamos que aún faltaba lo peor: el período de exámenes. Yo me sentía agotada, como cada fin de año. Mis días transcurrían entre la universidad y el estudio, con poco tiempo para la familia, amigos e incluso para ricardo, mi pololo (novio). En santiago comenzaban los calores y yo soñaba con apurar el calendario, rogaba que llegara pronto el primero de febrero y partir de vacaciones.

Pero a todos en la escuela les tranquilizaba saber que se establecía una posible tregua entre tanto ajetreo: los juegos Inter.-medicina (jim), competencias deportivas que se realizan anualmente y en las cuales participan todas las facultades de medicina de chile. Este año la sede era Temuco y el anfitrión, la universidad católica de esa ciudad. Yo, la verdad, tenía ganas de ir. Motivos no me faltaban: al regreso nos esperaba la prueba de dermatología y no tendría tiempo para estudiar. Tampoco tenía ganas de pagar la cantidad de plata (dinero) que costaba el viaje. Finalmente, mi mejor amiga, macarena, no iba a ir a Temuco porque recién un mes antes había pedido permiso para faltar al hospital por ir a un congreso en la serena.

Unos dos días antes de la fecha límite para entregar el dinero e inscribirse en los jim almorcé con uno de

mis compañeros, juan pablo o juampi para los amigos.

-¿vas a ir?- me preguntó.

No quiso aceptar mi respuesta negativa y pasó el resto de la tarde dándome argumentos a favor del viaje.

-¿cómo no vas a ir? Si casi toda la escuela asistirá. Yo ya he ido a los jim de otros años y créeme, se pasa increíble. Después nos preocupamos de la prueba de dermatología. Cuando volvamos todos estaremos hablando de lo bien que lo pasamos y tú te vas a quedar colgada. Piénsalo: si te quedas, te arrepentirás.

-ya, ya, bueno, me convenciste-dije resignada y, antes que diera pie atrás juampi me llevó a pagar la inscripción. Escogí participa en fútbol -que me gusta y me entretiene- aun sabiendo que no me pondrían de titular; jamás fui a los entrenamientos porque coincidían con mi práctica de full-contact, deporte que prefería porque me ayudaba a relajarme y a liberar las tensiones acumuladas en la universidad. En fin, pensé, tendré que aceptar ser reserva y gritar por mi equipo desde la banca. Con suerte, quizás puedo dar uno que otro puntapié a la pelota.

Ese mismo día, con juampi convencimos a la maca que nos acompañara en el viaje. Fue tanta nuestra insistencia que finalmente aceptó. Ya me sentía más entusiasmada y comenzaba a gustarme la idea de partir. Lamentablemente al día siguiente mi amiga se me acercó en un recreo para decirme que, reconsiderando el asunto, había decidido no ir. Eso me desanimó, pero no había vuelta atrás pues ya había pagado

mi cuota.

El miércoles 30 de octubre de 2002 fue un día más pesado de lo habitual. Algunos compañeros habían llevado sus equipajes a clases con la intención de irse directo al tren, y tuvieron que cargar su mochila el día entero. Yo no quería pasar por eso así que, aprovechando que o vivo lejos de la universidad, decidí ir a mi casa a preparar mi bolso al finalizar las clases. El tiempo sobraría, pensé ingenuamente. Pero ese día las clases terminaron tardísimo y tuve que correr a casa. Al llegar a mi pieza abrí el clóset y fui echando en el bolso lo primero que pillé, con esa típica sensación de que a uno se le están olvidando la mitad de las cosas. Mi mamá entró a ayudarme un poco. Recuerda que en el sur hace frío, lleva una parka, insistía. Agotada, yo empezaba a preguntarme si realmente había sido una buena idea ir.

Con el bolso listo, me di cuenta de que casi no me lo podía, ¿cómo iba a lograr cargarlo? Miré la hora. Jamás lograría llegar a tiempo al metro, donde nos juntaríamos un grupo para partir hacia la estación central. Puse cara de súplica, ante lo cual mi mamá, menos mal, accedió a llevarme hasta el metro.

Una vez ahí, instalada en uno de los carros volví a dudar de mi decisión de ir a los jim. Comencé a sentir la sensación extraña de que no de estar ahí. ¡Qué tonta! Me repetía, ¿por qué me dejé convencer? Me bajé en la estación universidad católica, donde habíamos quedado de juntarnos. Busqué a mi alrededor sin divisar

a ninguno de mis amigos.¿dónde se habrían metido? ¿Había llegado demasiado tarde? ¿se habrían ido sin mí? De pronto escuché risas.

- ¡daniela, por fin!- gritó mi buen amigo José Luis.

Verlos tan alegres y entusiasmados me hizo olvidar esas ideas pesimistas que rondaban en mi cabeza y juntos continuamos el viaje hasta la estación central. Cuando legamos estaba repleta de jóvenes estudiantes de medicina de todas las universidades. Nunca pensé que los jim fueran tan populares. Me distraje mirando las distintas delegaciones y cuando volví a la realidad me encontré sola en medio del tumulto. ¿Dónde se habían metido mis amigos? Me sentí completamente perdida.

- ¡dani, por acá!- llamó Alejandro, uno de mis compañeros.

Qué suerte, estaba salvada. Arrastrando mi bolso me reuní con el resto y juntos comenzamos a buscar el andén correspondiente. Es aquel, nos dijo un guardia, señalando una hilera de convoyes maltrechos, ese es el tren que va a Temuco. Nuevamente algo en mi interior murmuró que no subiera a ese cacharro destartalado y viejo, pero ya mis compañeros, entre forcejeos y risas trepaban al vagón. Quizás en ese momento, al ver el estado del tren, todos deberíamos habernos negado a subir, pero lo que pasa es que uno, especialmente cuando es joven, se cree invencible, está seguro de que nada malo puede pasar. Entonces me apoyé en esa idea protectora y me subí al tren.

Sonó un pito y un sinfín de chirridos metálicos indicó que

comenzaba nuestro viaje. No sé qué hago acá, me dije nuevamente, mientras miraba a través de los vidrios sucios el enredo de rieles uqe lentamente dejabamos atrás. Mis amigos, ajenos a mis preocupaciones, reían, jugaban y cantaban.

Quería conagiarme de la alegría de mis compañeros, sí que me paré y me dirigí hacia un grupo de amigas que bailaban y cantaban al son de una radio.

-¡ya dani, baila tú también!- gritó la pancha.

Les obedecí.

...

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