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La leyenda de la Novia de Culiacán


Enviado por   •  27 de Octubre de 2015  •  Apuntes  •  737 Palabras (3 Páginas)  •  267 Visitas

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La Novia de Culiacán

Un domingo como a las 5 de la tarde caminaba por el centro justo frente a la catedral de Culiacán, cuando en la otra acera vi a una mujer menudita con un rostro acariciado por el paso del tiempo, una mirada muy tierna y tan llena de esperanza que por momentos me parecía irreal, pero la cosa que me desconcertó y me llamo más la atención era que venía portando un vestido de novia, todavía muy blanco, pero un poco viejo y deshilachado. Como yo andaba sin prisas,  me que quede observándola mientras se dirigía a la puerta de la catedral. Caminaba sigilosamente, cargando un retrato viejo y desgastado en su mano derecha, sus labios desiertos y agrietados se movían lentamente, en un principio sin expresar sonido alguno, pero luego empezó a producir una peculiar melodía que más bien parecía quejido.

De repente, surgió de la nada un fuerte remolino y comenzó a sacudir ferozmente a aquella extraña mujer, el vestido comenzó a deshacerse en mil pedazos y su piel, su piel se encogió poco a poco hasta esfumarse por completo.

Al presenciar aquello quedé totalmente estupefacta, no sabía exactamente qué era lo que había visto, mi cuerpo temblaba sin control, y mi corazón latía fuertemente, pero casi de inmediato caí desmayada en plena calle.

Al recobrar el sentido, le conté mi delirio a una anciana comerciante que me ayudó a levantarme, pero ella algo misteriosa me dijo que eso no había sido una alucinación sino una total realidad, y para aclarar mis dudas, me contó la siguiente historia.

Apenas tenía veinte años, hermosa, con toda una vida por delante. Se había enamorado perdidamente de Jesús y él también de ella. Ambos eran amigos de Ernesto, quien toda su vida la había amado.

Guadalupe Leyva Flores, se llamaba pero le decían “Lupita” de cariño. Aquel día, Jesús le pidió matrimonio. Ella encantada aceptó. Todo estaba perfecto, la felicidad no podía ser mayor. Ernesto no se enteró hasta que Jesús le pidió de favor que fuera su padrino de bodas. Éste, con la furia en la sangre ante tal suceso fue a la casa de Lupita a reclamar, porque él sentía un amor muy grande por ella, desde que eran niños. Lupita, tiernamente, explicándole las cosas amablemente le dijo que ella lo quería como un hermano, que amaba a Jesús y que por favor lo entendiera. Ernesto simuló entender pero salió lleno de rabia y de coraje del lugar.

Llegó el día de la boda, en la ciudad de Culiacán (era un domingo de 1948, a las cinco de la tarde exactamente). La catedral lucía espléndida, se había llenado de los mejores arreglos florales. Familiares y amigos  de la pareja abarrotaban el atrio. Jesús llegó primero y esperaba con ansias a su hermosa novia. Su padrino Ernesto lo acompañaba en aquel momento.

De pronto, ¡llegó! la novia radiante entraba por la puerta principal, todo fue sonrisas y aplausos. Los ojos de Jesús se  iluminaron, era tanta la felicidad que sentía que nada que pudiera pasar se la quitaría. La abrazó y le dio un beso en la frente.

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