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Estudio de la novela “Cándido o el optimismo”, de Voltaire


Enviado por   •  19 de Diciembre de 2018  •  Ensayos  •  1.930 Palabras (8 Páginas)  •  16 Visitas

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Estudio de la novela

“Cándido o el optimismo”,

de Voltaire.

Análisis sobre algunos recursos formales en la obra:

Empleo de la ironía, la noción de “viaje”, los guiños a la novela griega.

Vinculación con el ideario filosófico de la Ilustración.

Mónica Domínguez Díaz.

He de plantearme con toda rectitud, tras hojear las páginas de esta novela, la siguiente cuestión: ¿de dónde habrá extraído ese ingenioso “Doctor Ralph”, semejante argumento? Casi de inmediato me tomo la licencia de responder; teniendo en consideración las propias cavilaciones de este “ficticio cronista”: “(…) como ya había visto ahora todo lo que era raro o hermoso sobre la tierra, resolví para el futuro no ver otra cosa que mi propia casa”[1].

En el año 1755, François Marie Arouet, –cuyo pseudónimo predilecto, de los 137 que alguna vez adoptó, fue Voltaire–, se trasladó junto a su esposa y sobrina a Villa Ferney; majestuosa propiedad situada en el departamento francés de Ain, colindante al territorio suizo. De esta provincia humilde cuyos habitantes, sin mucho alboroto, cabrían en el salón más estrecho de Versailles; hizo Voltaire la capital intelectual de Francia. Todos los eruditos le visitaban, sin excepción. Allí acudían clérigos escépticos, aristócratas liberales, mujeres instruidas; estuvieron, una breve temporada, Gibbon y Boswell, de Inglaterra; llegaron D'Alembert, Helvecio y otros rebeldes de la Ilustración.

Añádase a esta perpetua hospitalidad, la correspondencia más voluminosa y brillante que nadie haya tenido nunca. Llegaban cartas de toda clase y de todas las condiciones humanas: soberanos como Cristian VII de Dinamarca, o Catalina II de Rusia, se hartaron de enviar obsequios e invitaciones al célebre filósofo, procurándose la buena disposición de éste. No obstante, ajeno al banal bullicio de la muchedumbre, Voltaire prefirió para sí “la quietud de su huerta”, rechazando cada tentativa de viaje.

¿Cómo es verosímil entonces que se entregara, en alma y cuerpo, a la redacción de una “simpática fábula”, cuyos protagonistas, si lo pensamos mejor, son la risa, la desgracia y la velocidad?  

Recién cumplía los 61 años; y la insincera adoración de los hombres, tan común en tiempos de prosperidad, comenzaba a asfixiarle. Resulta curioso, he de precisar, que Voltaire no perdiera nunca su atinado humorismo; y bien fue, hasta el otoño de su vida, “la cara feliz de la Ilustración”. Ante las invectivas de uno que otro enemigo, se defendió siempre con la más cruda mordacidad; no faltó quien expresara que “la risa de Voltaire destruyó más que el llanto de Rousseau”[2]. He dibujado fugazmente el período de estancia en Ferney, con el propósito simple de poner a contraluz dos realidades distintas; la primera, reconstruida a partir del vínculo epistolar entre el autor y sus coterráneos; la otra, arrancada al universo de lo ilusorio, o “al bolsillo del Doctor Ralph”. Voltaire, a la altura de 1759, había recorrido casi todos los rincones de Europa; y no le faltaban, en lo absoluto, experiencias por reunir.

De joven, puede que trazara en el papel la silueta de Paris, con los ojos vendados. Se ganó, de tal suerte, una terrible popularidad; iba lanzando ácidas imprecaciones en toda dirección posible –ni su Majestad ni el clero, ni los parásitos de la nobleza, se salvaron de una pluma tan elocuente–. No ha de parecer extraordinario que, con un carácter así de impulsivo, acabara Voltaire “alojándose” en las mazmorras de la Bastilla. Le exiliaron al distrito de Antony; se instaló más tarde en suelo inglés, retornó a la patria, se dedicó al teatro, conoció a la bella Émilie, emprendió la marcha hacia Cirey; continuó dando vueltas por el continente, escribía sin descanso. Hasta llegada la vejez, no se despojó, ni por un instante, de ese polvo particular que deja el camino sobre las ropas. Y tampoco se estuvo quieto.

La noción de “viaje”, entendido también como forma de actividad, como búsqueda y exploración; único método efectivo para comprender al hombre y al universo en sus múltiples aristas, va a cobrar en “Cándido o el optimismo” un valor simbólico incontenible. A partir de dicha movilidad, de los terminantes motivos que empujan al héroe de una región a otra, es que se construyen las disímiles etapas de su propio crecimiento. Porque, advierto de antemano, no podría plantearse jamás que el “Cándido” adolescente al que sacuden los búlgaros; partidario ciego de su maestro Pangloss, es la misma criatura que se tropieza en Italia con seis soberanos en quiebra. Se operan en este personaje cambios de muy variada índole; y aunque la acción transcurre con una premura insólita, en apenas un centenar de cuartillas; Cándido se aferra a los preceptos de Leibniz tantas veces como los resiste; avanza y retrocede en sus opiniones, titubea, se llena de angustia, grita, vuelve a abrigar esperanzas –la evolución de su carácter es auténticamente humana–. Llegará a comprender que sólo el trabajo exime de los vicios y la locura; pero, ¿al calor de qué fenómeno es que se aprenden estas lecciones fundamentales?

La travesía le forzó a comparar ese patético referente de “reino idílico”, Thundertentronj, con la atmósfera general del mundo; a descubrir, quiérase o no, un malestar común, una decepción eterna, en todos los espíritus y en todas las ciudades, (a excepción, claro está, de los recónditos parajes incaicos, allá en El Dorado). Voltaire se aprovecha de este recurso, del traslado continuo entre latitudes, para exhibir un retrato extenso de la civilización entera, y el lector, entre carcajadas, no hace otra cosa que horrorizarse; pues nuestra especie es descrita bajo los términos de la depravación y el egoísmo. Se nos prohíbe maldecir, por otro lado, al animal no pensante; ya que, a juicio del sabio Martín, las águilas cometen los actos de rapacidad sin morbo alguno. Sólo el hombre es dueño de su autonomía; y se coloca en sus manos el “libre albedrío”. Nos convertimos en lobos por genuina vocación.  

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