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La Tortuga Gigante


Enviado por   •  24 de Septiembre de 2013  •  1.586 Palabras (7 Páginas)  •  481 Visitas

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LA TORTUGA GIGANTE

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires y estaba muy contento porque

era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que

solamente yéndose al campo podría curarse. El no quería ir porque tenía hermanos chicos

a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era

director del Zoológico, le dijo un día:

-Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se

vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene

mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le

daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.

El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía.

Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien.

Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte,

que cazaba con la escopeta, y después comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando

hacía mal tiempo construía en cinco min utos una ramadal con hojas de palmera, y allí

pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento

y la lluvia.

Había hecho un atado con los cueros de los animales, y los llevaba al hombro.

Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran

mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosene.

El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un

día en que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla

de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de

canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre

lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador que tenía una

gran puntería le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero,

tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto.

-Ahora- se dijo el hombre -voy a comer tortuga, que es una carne muy rica.

Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi

separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne.

A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la

llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género

que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La

había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba

como un hombre.

La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse.

El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el

lomo.

La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre

y le dolía todo el cuerpo.

Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le

quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en

voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.

-Voy a morir -dijo el hombre-. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo

quién me dé agua, siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed.

Y al poco rato la fiebre subió más aun, y perdió el conocimiento.

Pero la tortuga lo había oído y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó

entonces:

-El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo

voy a curar a él ahora.

Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de

limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba

tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y

yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera, El hombre comía sin darse

cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas

para darle al hombre y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.

El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el

conocimiento, Miró a todos lados, y vio que estaba solo pues allí no había más que él y la

tortuga; que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:

-Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque

solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir

aquí.

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