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La serpiente


Enviado por   •  18 de Febrero de 2012  •  Tutoriales  •  10.863 Palabras (44 Páginas)  •  422 Visitas

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Cuentos, historietas y fábulas

Marqués de Sade

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ÍNDICE

La serpiente

Agudeza gascona

El fingimiento feliz (o la ficción afortunada)

El alcahuete castigado

Un obispo en el atolladero

El resucitado

Discurso provenzal

¡Que me engañen siempre así!

El esposo complaciente

Aventura incomprensible, pero atestiguada por toda una provincia

La flor del castaño

El preceptor filósofo

La mojigata o el encuentro inesperado

Emilia de Tourville o la crueldad fraterna

Agustina de Villeblanche o la estratagema del amor

Hágase como se ordena

El presidente burlado

La Ley del talión

El cornudo de sí mismo o la reconciliación ines¬perada

Hay sitio para los dos

El marido escarmentado

El marido cura

La castellana de Longeville o la mujer vengada

Los estafadores

LA SERPIENTE

Todo el mundo conoció a principios de este siglo a la señora presidente de C..., una de las mujeres más agra¬dables y bonitas de Dijon, y todos la han visto acariciar y acoger públicamente en su lecho a la serpiente blanca que va a ser la protagonista de esta anéc-dota.

-Este animal es el mejor amigo que tengo en el mun¬do -le comentaba un día a una dama extranjera que ha¬bía ido a verla y que mostraba curiosidad por conocer la razón de las atenciones que la bella presidente prodiga¬ba a su serpiente-. En otro tiempo amé apasionada¬mente -prosiguió ésta-, señora, a un joven encanta¬dor que se vio obligado a alejarse de mí para ir a cosechar laureles; al margen de nuestros encuentros convenidos, él me había pedido que, siguiendo su ejemplo, a unas horas determinadas nos retiráramos cada uno por nues¬tro lado a algún paraje solitario para no ocuparnos de nada en absoluto más que de nuestra ternura. Un día, a las cinco de la tarde, cuando iba a recogerme en un pe¬queño pabellón al extremo de mi jardín, para serle fiel en mi promesa, convencida de que ningún animal de esta clase hubiera nunca podido penetrar en el jardín, de pron¬to descubrí a mis pies a este encantador animalillo, al que, como bien podéis ver, idolatro. Quise huir; la ser¬piente se tendió delante de mí, parecía pedirme perdón, parecía asegurarme que bien lejos estaba de querer ha¬cerme ningún daño; me paro, la observo; al verme tran¬quila se acerca, hace cien cabriolas a mis pies, unas más de prisa que las otras; no puedo contenerme y le paso mi mano por encima, con su cabeza la acaricia delicada¬mente, la cojo y la pongo sobre mis rodillas, se arrebu¬ja en ellas y parece que duerme. Una sensación de in¬quietud se apodera de mi... De mis ojos se escapan, a pesar mío, unas lágrimas que bañan a este animalillo en-cantador... Despertada por mi dolor, me mira..., gime..., alza su cabeza hasta mi seno..., lo acaricia y de nuevo se desploma anonadado... ¡Oh, cielos -grité-, todo se ha acabado; mi amante ha muerto! Abandoné aquel funes¬to lugar llevando conmigo a esta serpiente, a la que un misterioso sentimiento parece ligarme a pesar mío... Advertencias fatales de una voz desconocida cuyos ecos, señora, podéis interpretar como os guste, pero ocho días más tarde recibo la noticia de que mi amante había sido muerto en el preciso instante en que apareció la serpiente; nunca he querido separarme de este animal; sólo a mi muerte me abandonará; después de aquello me casé, pero con la explícita condición de que no la apartaría de mi lado.

Y tras estas palabras la gentil presidente cogió la ser¬piente, la recostó contra su seno y le hizo dar, como si fuera un podenco, cien vueltas delante de la dama que la interrogaba.

¡Oh, Providencia!, si esta aventura es tan cierta como lo asegura toda la provincia de Borgoña, ¡qué inexcru¬tables son tus designios!

AGUDEZA GASCONA

Un oficial gascón había recibido de Luis XIV una gra¬tificación de ciento cincuenta do-blones y, recibo en mano, entra sin hacerse anunciar en casa del señor Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros.

-Señores, ¿cuál de vosotros -pregunta con un acen¬to que delataba su patria-, quién, os lo ruego, es el se¬ñor Colbert?

-Yo, señor -le responde el ministro-. ¿En qué pue¬do serviros?

-Una fruslería, señor. Se trata tan sólo de una grati¬ficación de ciento cincuenta doblones que es preciso que me descontéis en seguida.

El señor Colbert, que se da perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a la burla, le pide permiso para acabar de cenar y, para que no se impaciente, le ruega que se siente a la mesa con él.

-Con mucho gusto -contestó el gascón-, exce¬lente idea, pues no he cenado todavía.

Terminada la comida, el ministro, que ha tenido tiem¬po de prevenir al encargado ma-yor, dice al oficial que ya puede subir al despacho, que su dinero le espera; el gas¬cón sube... pero no le entregan más que cien doblones.

-¿Queréis bromear, señor? -dice al funcionario-. ¿O no véis que mi orden dice ciento cincuenta?

-Señor -le contesta el escribiente-, veo perfecta¬mente vuestra orden, pero os descuento cincuenta do¬blones por la cena.

-¡Pardiez, cincuenta doblones! Si en mi posada me cuesta sólo diez sueldos!

-Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro.

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