Psicología
Lupita12215 de Febrero de 2014
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Uno de los diversos estudios epidemiológicos, el del Instituto Nacional de Psiquiatría en México, demostró que las experiencias de estrés antes de los 15 años se asociaban a trastornos depresivos (De la Garza, 2007).
La depresión no es un trastorno simplemente de la regulación del ánimo, sino que incluye las alteraciones en el funcionamiento fisiológico y del pensamiento (De la Garza, 2007).
Los estudios recientes apuntan que la depresión antes de la pubertad está más ligada a factores ambientales. Aquella que se presenta posteriormente sería mejor entendida por la interacción de factores ambientales y genéticos (De la Garza, 2007).
En una investigación realizada en Australia por C. Hammen y P. A. Brennan (2003) con 286 niños de 15 años de edad y sus madres, quienes habían tenido un episodio depresivo durante los primeros 10 años de vida del hijo, se encontró que los niños de madres depresivas tenían el doble de riesgo de padecer depresión que aquellos niños nacidos de madres no depresivas (20% contra 10%) (De la Garza, 2007).
La depresión materna y los altos niveles de ansiedad reportados seis meses después del posparto se asocian de manera significativa con el temperamento del infante (De la Garza, 2007).
El desarrollo emocional de los niños tiene mucho que ver con el apego de las madres, que va a producir en los hijos las herramientas para regular sus emociones y esto se aprende durante los primeros años (De la Garza, 2007).
Magnussen et al. (1995 en De la Garza, 2007) encontraron que las madres dominantes con poca comunicación tienden a estar presentes en casos de depresión y que, en cambio, la conducta de hostilidad paterna se relaciona más con problemas de conducta.
Luby et al (2003 en De la Garza, 2007) describieron la depresión en niños preescolares y encontraron los típicos síntomas y signos de tristeza, irritabilidad, falta de placer y trastornos neurodegenerativos (dolor de estómago). Lo que es sorprendente es que esta sintomatología se encuentre a muy temprana edad (hasta niños de tres años).
También se encontró que en la temática de sus juegos eran evidentes los síntomas de depresión. Mol Lous et al. (2002 en De la Garza, 2007) observaron en niños de tres a seis años, al jugar, menos coherencia y lenguaje simbólico en el juego y en general menores niveles de juego que en los niños no depresivos.
En la actualidad, se observa a pequeños que desde muy temprano exhiben conductas compatibles con la depresión. Ellos pueden manifestar una falta de alegría o de placer, a lo que se llama anahedonia (De la Garza, 2007).
La investigación con gemelos que han sufrido eventos adversos sugiere que existen dos influencias genéticas independientes una de otra (De la Garza, 2007).
Se ha observado un aumento de los niveles de depresión independientemente de las experiencias sociales, y hay seres más vulnerables al estrés, esto demuestra que existen diferencias individuales en la respuesta a las demandas del ambiente (De la Garza, 2007).
El trastorno depresivo en los niños y los adolescentes ha estado presente en la bibliografía médica durante décadas. Estudios longitudinales han demostrado que existe una continuidad con la depresión que se da en la vida adulta (De la Garza, 2007).
En la actualidad resulta común hacer el diagnóstico en niños de seis años o mayores. Sabemos que los niños tienen una gran labilidad emocional (son cambiantes) y que tan pronto están tristes como alegres o con un estado normal. Un niño que persiste en tener un ánimo triste que interfiere con sus actividades diarias dentro de la familia o en la escuela, debe hacer pensar que padece depresión (De la Garza, 2007).
A continuación se enumeran los síntomas más frecuentes de la depresión infantil (De la Garza, 2007):
Irritabilidad
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