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Psicología Humanista: Sobre Los Tiempos De Trabajo Con Los Niños


Enviado por   •  23 de Junio de 2011  •  1.755 Palabras (8 Páginas)  •  1.165 Visitas

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Quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones sobre una característica en el trabajo psicológico con niños durante este tiempo y creo también que podríamos extender estos repasos al trabajo con personas de cualquier edad. En particular quiero hacer foco en un modo del tiempo que aparece con mucha frecuencia en las consultas de los padres, en las derivaciones de las escuelas, colegios y defensorías, en los mismos chicos y también en nosotros (como psicólogos).

En el transcurso de una entrevista se manifiestan y nos atraviesan diversos tiempos que se producen simultáneamente, aparecen sonando al unísono en diferentes tonos y matices. El tiempo del mundo, de nuestro país, de la ciudad en la que vivimos, el tiempo de la información, nuestros tiempos personales y de nuestras relaciones, por nombrar algunos.

De todos estos matices mencionados, quiero reflexionar sobre una forma particular del tiempo que atraviesa los ya mencionados. Es la del tiempo como expectativa, el tiempo como esperanza de conseguir algo, como pretensión de llegar a algún sitio. Reflexionar acerca de lo que nos sucede cuando nos colocamos en los a priori, en los presupuestos de “llegar a ser” de una determinada manera, “del haber sido” o “haber hecho” esto o aquello.

Experimentarnos (vivir) desde las expectativas nos aleja de lo que está aconteciendo aquí y ahora, nos interfiere en lo que está sucediendo. Pararnos en la sintonía de las expectativas nos hace poner el foco en lo que esperamos que haya y no en lo que hay. Muchas veces el intento de cumplir con las expectativas propias o ajenas hace que nos experimentemos desde lo que falta, desde la comparación.

Dejamos de lado una parte nuestra para cumplir con lo que se espera de nosotros y, aunque decidamos rebelarnos y hacer lo opuesto, seguimos igualmente atrapados en la expectativa y cumpliendo con la otra cara de la misma moneda.

Estamos sesgados por las expectativas de “cómo deberíamos ser y estar” en cada momento. El tiempo juega una relación especial con ellas ya que en muchas ocasiones, implícita o explícitamente, éstas nos marcan los tiempos de lo que tendríamos que estar viviendo. Esta manera de experimentarnos nos aleja de nuestros propios ritmos generándonos tensiones. Poder reflexionar sobre estas cuestiones me ayuda a estar atento, íntegro y presente en los encuentros .

En el trabajo con niños y padres puedo percibir este juego de tiempos y expectativas que se hacen visiblemente presentes cuando manifiestan preocupación con relación a sus hijos. Comparto algunos momentos.

El papá de una nena de 8 años manifestó en la entrevista inicial: “a esta edad no debería seguir jugando con las muñecas, eso la distrae, por eso las guardé en un cajón”. Cuando la conozco ella me dice que ya no juega porque “es grande”, haciendo una referencia gestual con relación a su tamaño “yo soy así”.

La mamá de una nena de 6 años relata con angustia en su voz, lo que le dijo la maestra “tiene que escribir con buena letra para el mes de octubre”. Ella no sabe qué hacer para que esto suceda y tiene miedo de que su hija repita primero de primaria.

La mamá de un muchachito de 9 años en nuestro primer encuentro me explica por qué decidió mandar a su hijo a una escuela alemana “es bueno que aprenda alemán, así cuando sea grande y sea ingeniero tendrá un plus en el mercado laboral”.

En estos relatos se hacen muy presentes las expectativas sustentadas en la creencia de saber lo que “es bueno”, lo que es mejor para el niño para adaptarse al sistema. Estos pensamientos oscurecen la posibilidad del encuentro con el otro, con lo que allí está sucediendo, lo que allí está presente.

Con frecuencia lo que los padres relatan como un problema, no lo es tanto para sus hijos. Ellos esperan que su hijo responda de otra manera: “Que sea cuidadoso”, “que preste más atención”, “que aproveche el tiempo”, “que haga la tarea”. Cuando le pregunto a los chicos qué les preocupa, sus respuestas suelen ser: “Me dejan de lado en el recreo”, “Fulanito no me invitó a su cumpleaños”, “No sé por qué pienso en otra cosa cuando la maestra habla”. Podemos notar las diferencias entre lo que esperan los padres y lo que les pasa a los chicos.

Tomando los aportes de Carl Rogers acerca de la teoría de la personalidad, y reflexionando sobre algunos conceptos con relación a las expectativas, podemos pensar como éstas obstruyen e interfieren en el devenir de las personas.

El bebé experimenta la realidad tal como la percibe, actualiza en forma natural la potencia de su organismo, interactúa con la realidad de acuerdo con esa tendencia, su conducta está orientada a satisfacer sus necesidades, se comporta como una totalidad organizada, valora sus experiencias de acuerdo con su tendencia transformadora.

En la interacción de los chicos con sus padres o figuras significativas aparecen los juicios, la aprobación y desaprobación de las experiencias del niño tal como él las siente. Allí aparecen las incongruencias entre la propia experiencia y la palabra del adulto. Esto genera conflictos, los hace sentir vulnerables, se hace presente la amenaza al concepto de sí mismo. En una consulta la mamá de una nena de 3 años relataba su preocupación por que su hija no quería jugar

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