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Filosofía

natuypato1 de Febrero de 2014

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Anaximandro (610-547)

Anaximandro, cuestionó la propuesta del agua como principio o sustancia primera, afirmando que ese UNO a lo que se reduce todo lo existente, no puede ser ninguno de los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. Si todo fuera originalmente agua no podría haber calor ni fuego: el agua no engendra fuego, sino que lo destruye. Sostuvo la existencia de una protosustancia de la que surgen estos elementos, caracterizándola como “indefinida”, “indeterminada” (apeiron).

Expuso, el origen de las cosas de la siguiente manera: en el comienzo existe un estado de indistinción en el cual nada se diferencia. De esta unidad primera brotan parejas de contrarios: caliente-frío y secohúmedo, que van a establecer en el espacio cuatro regiones: el cielo de fuego, el aire frío, la tierra seca y el mar húmedo. Los contrarios se conectan e interactúan, cada uno triunfando alternativamente sobre los otros, conforme a un ciclo por siempre renovado: en los fenómenos meteorológicos, en la sucesión de las estaciones; en el nacimiento y la muerte de todo lo que vive, plantas, animales y hombre.

Anaximandro garantizó así, el movimiento y el cambio de la naturaleza bajo el principio ordenador de lo “indeterminado”. El apeiron está desprovisto de las propiedades que condenan las cosas a perecer.

En otras palabras, el apeiron provee de eternidad al mundo. En su doctrina, Anaximandro, negó la experiencia obtenida por los sentidos. Ya no postuló como principio un elemento empírico, observable, como el agua; sino una abstracción: “lo indefinido”. Utilizó por vez primera el término arjé (principio), cuyo significado más antiguo se relaciona con la idea de “comienzo” y de “mando”, es decir, con la idea de una soberanía cósmica. Describió sistemáticamente el equilibrio cosmológico, sometido a la autoridad de la ley y de la necesidad. Esto es, los cambios y movimientos de la naturaleza no son azarosos, obedecen a un orden.

Anaxímenes (588-524)

Anaxímenes, afirmó que el origen de todas las cosas no es el agua, ni lo indeterminado, sino el aire; recurrió a los términos de condensación y rarefacción para dar cuenta de la formación y cambio de lo existente: el aire es invisible y se hace visible al condensarse o rarificarse. Se vuelve fuego cuando se dilata o enrarece y en viento, nubes, agua, tierra y finalmente en piedra, al condensarse. Es probable que Anaxímenes llegara a esta conclusión al observar que la respiración era esencial en la vida de los seres vivos y que el aire, al enrarecerse, se hace más cálido y tiende a convertirse en fuego, mientras que, si se condensa, se enfría y tiende a volverse sólido.

“Anaxímenes de Mileto, hijo de Erístrato, compañero de Anaximandro, dice, como éste, que la naturaleza sustante es una e infinita, mas no indefinida, como él, sino definida y la llama aire; se distingue en su naturaleza sustancial por rarefacción y condensación.” (Teofrastro, en Simplicio, Fis., 24, 26)

“Anaxímenes de Mileto, hijo de Erístrato, declaró que el principio de las cosas existentes es el aire; pues de éste nacen todas las cosas y en él se disuelven de nuevo.” (Aecio, I, 3, 4)

Pitágoras (580-500)

Las matemáticas que surgieron en Babilonia y Egipto por necesidades prácticas de medición y

contabilidad, fueron concebidas por Pitágoras de Samos en un uno teórico y especulativo. Según señala Aristóteles, los pitagóricos hicieron progresar a las matemáticas y creyeron que sus principios eran los principios de todas las cosas. En este sentido, el fuego, la tierra, el agua y el aire, no constituyen el origen de las cosas. Éstas están formadas en semejanza con los números y éstos son anteriores a todas las cosas.

Pitágoras representó los números como principio y raíz de todas las cosas, identificándolos con

puntos especiales que forman figuras geométricas cuya unidad es el diez. Los pitagóricos fueron los primeros en utilizar la palabra “cosmos” para referirse a la belleza y armonía que se manifiesta en nuestro mundo. Al proponer al número como la realidad última de lo existente, postularon que los cambios y movimientos percibidos en la naturaleza, la sociedad y el hombre mismo, no son meras casualidades, sino que son regidos por una ley que los ordena. Estos cambios obedecen a la relación equilibrada de los opuestos, mismos que se encuentran clasificados en diez.

Los pitagóricos señalaron como principio de todas las cosas, o arjé, a un elemento no material: el

número. En ellos, las matemáticas se convirtieron en un instrumento útil y necesario para la comprensión sistemática de la realidad.

Heráclito de Efeso (544-484)

Con Heráclito, surgió un nuevo concepto filosófico: el logos. Término que posee tres significados:

discurso, razón, ratio (proporción, medida, relación). Puede ser entendido como el análisis correcto del pensamiento humano, al grado de comprender la ley universal que dirige a la naturaleza incluyendo a Dios y al Hombre. Dicha ley universal, que no es una ley histórica o ley de la evolución, no tiene principio ni fin, así como no lo tiene el mundo en el cual se manifiesta. Está más allá de una ley natural, en tanto incorpora lo sobrenatural o lo divino. Incluso pensamos que se identifica con lo divino por ser una abstracción inmaterial. Representa lo general y absoluto en el universo, como opuesto a todo lo que es particular y relativo.

En este sentido, Heráclito nos dice que todas las cosas son una: si observamos a nuestro alrededor, encontraremos una gran cantidad de seres y cosas que aparentemente no tienen relación entre sí pero que, si hacemos uso adecuado de la razón, concluiremos que dependen unos de otros para existir. Es más, la identidad particular que tienen es transitoria; se hallan en proceso de ser sustituidos por sus opuestos: lo único permanente es el conflicto de los opuestos, la ley del cambio perpetuo.

De esta forma, Heráclito rechazó la doctrina pitagórica que demandaba la unidad equilibrada de los

opuestos. Si el mundo se mantiene en unidad no es por la armonía de los opuestos, sino por su lucha necesaria para producir el cambio y el devenir.

“Lo contrario se pone de acuerdo; y de lo diverso la más hermosa armonía, pues todas las cosas se originan en la discordia”.

Además, sostuvo que la guerra (polemos) era el padre de todas las cosas, enseñándonos así el

enfrentamiento constante de fuerzas contrarias, tanto simultáneas como sucesivas. La sabiduría a la que el filósofo debe aspirar, según Heráclito, consiste en reconocer la unidad de todas las cosas al margen de una engañosa diversidad. “Los hombres ignoran que lo divergente está de acuerdo consigo mismo. Es una armonía de tensiones opuestas como la del arco y la lira”.

Al explicar el origen de las cosas, Heráclito postuló como principio, el fuego, considerado así por su

comportamiento y no tanto por su materialidad: Este mundo, que es el mismo para todos, no lo hizo ningún dios o ningún hombre; sino que fue siempre, es ahora y será fuego siempre viviente, que se prende y apaga medidamente”. El fuego simboliza el movimiento y el cambio a que está sometido lo existente.

La filosofía de Heráclito no sólo es una indagación en torno a la estructura del universo, pretende

también ofrecer un conocimiento del hombre mismo e influir en su comportamiento moral, para que se afane más por el logro de la sabiduría que por la acumulación de bienes materiales: “Prefieren, pues, los mejores, una cosa única en vez de todas las demás, gloria eterna antes que cosas mortales; la mayoría, en cambio quiere atiborrarse como ganado”.

Parménides de Elea (540-470)

Parménides, ha sido el primer filósofo que enfrentó el problema del “principio común de todas las cosas” (arjé) de modo distinto a sus antecesores; pues, colocó a la razón como base de explicación de todas las cosas y despreció el papel de los sentidos. A Parménides se le relaciona con el pitagorismo y con Jenófanes, de quien heredó la práctica de exponer el pensamiento filosófico en forma poética.

En la opinión de Werner Jaeger, el estilo poético-épico, del que se vale Parménides para presentar su filosofía, tiene un marcado paralelismo con la obra del poeta Hesíodo, Teogonía en donde el poeta se vale de elementos divinos para explicar el origen del mundo. Parménides va más lejos: ocupa el estilo épico didáctico para proclamar la verdad (aletheía), verdad que aprendió por boca de la diosa misma de la necesidad y que queda expresada a lo largo del poema.

En las dos partes que siguen a la introducción, Parménides da cuenta de estas revelaciones. La

primera parte recoge su célebre discurso sobre el ser, donde trata de deducir cierto número de atributos esenciales del ser --partiendo del mismo ser--tales como: eterno, incorruptible, estático y único. El verdadero ser no puede tener nada en común con el no ser y tampoco puede ser múltiple. Tiene que ser uno sólo; pues todo lo múltiple está sujeto al cambio y al movimiento. Para los sentidos el ser uno –sin cambio- no es comprensible, pues ellos reciben cambios, modificaciones de las cosas.

Pero el testimonio de los sentidos es obrar equivocadamente, pues ellos nos conducen a engaños: a tener que aceptar que el mundo existe y no existe al mismo tiempo, a aceptar el cambio, lo que resulta absurdo ya que, afirmar el cambio, es asegurar que el ser proviene de algo y si proviene, tendría que hacerlo del ser o del no ser. Provenir del ser, es no provenir,

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