Historia del café en Atoyac: una herencia que sigue viva
dodecaheedronEnsayo15 de Enero de 2026
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LA HISTORIA DEL CAFÉ EN ATOYAC: UNA HERENCIA QUE SIGUE VIVA
Introducción
El café es una de las bebidas más populares del mundo, pero en Atoyac, Guerrero, representa mucho más que eso. Aquí, el café forma parte de la historia, de la cultura y de la vida diaria de muchas familias desde hace más de cien años. Este cultivo llegó como una novedad, pero con el tiempo se convirtió en una actividad económica muy importante. Además, ha sido un símbolo de identidad para la región. En este texto, quiero compartir cómo llegó el café a Atoyac, cómo creció su producción, los momentos buenos y malos que ha vivido, y por qué sigue siendo tan importante hoy. También reflexionaré sobre los retos que enfrentan los productores y qué se puede hacer para mejorar la situación actual. Entender esta historia nos ayuda a valorar más lo que significa el café para nuestro pueblo. No es solo una planta: es parte de lo que somos. El café ha acompañado nuestras mesas, nuestras conversaciones y nuestras celebraciones. Hablar del café es hablar de Atoyac y de su gente trabajadora.
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Desarrollo
El café llegó a Atoyac a finales del siglo XIX, cuando Claudio Blanco trajo las primeras plantas y las sembró en su finca llamada El Gamito. Sin embargo, fue Gabino G. Pino González quien realmente impulsó su producción. Él conoció el cultivo en Chiapas y creyó que funcionaría en nuestra región. Para asegurarse, trajo a un especialista guatemalteco que analizó el suelo y confirmó que era ideal para el café. Luego construyó el primer beneficio húmedo llamado El Estudio, donde se procesaban los granos. Gracias a su iniciativa, más personas comenzaron a sembrar café, como Nicandro Corona y Jerónimo Loza. Pronto, Atoyac empezó a destacarse como una zona cafetalera. Esto coincidió con una gran demanda de café en Europa, lo que ayudó a que el cultivo creciera rápido. Desde entonces, el café se volvió parte del trabajo y la vida de muchas familias de la región. Hoy todavía se recuerda a estos pioneros con respeto por abrir el camino. Ellos sembraron no solo plantas, sino esperanza para el futuro.
Durante el Porfiriato, el café se consolidó como un producto muy importante para México. En Atoyac, Gabino G. Pino promovió nuevas ideas para mejorar la producción. Usaban el agua de los arroyos para mover turbinas que ayudaban a pelar los granos. Con este tipo de tecnologías, el café se procesaba más rápido y con mejor calidad. Así, más campesinos dejaron otras actividades para dedicarse a los cafetales. Por ejemplo, Manuel Bello dejó la industria textil y fundó su finca llamada La Siberia. También hubo campesinos que no tenían tierras propias y empezaron a sembrar en terrenos comunales. Aunque no tenían muchos recursos, encontraban formas de procesar el café, usando morteros de madera o recolectando los granos que dejaban los animales. Todo esto muestra cómo la gente se esforzaba mucho para sacar adelante su producción, incluso con lo poco que tenían.
Con el paso del tiempo, las técnicas de producción fueron mejorando. Se empezaron a usar máquinas para pelar el café llamadas piladoras, que podían ser movidas con fuerza humana o por medio del agua. Algunos tostadores eran hechos a mano con metal y se usaban para preparar el café que se vendía en los pueblos. En 1937, llegó un inmigrante libanés llamado Wadi Guraieb, quien trajo nuevas ideas. Puso el primer beneficio seco, lo que permitió conservar mejor el café y venderlo con más calidad. Más tarde, abrió una tienda de café en Acapulco y ayudó a que el café de Atoyac se hiciera más conocido. Todo esto fue posible gracias al esfuerzo y dedicación de los cafetaleros locales. Ellos no solo cultivaban el café, también innovaban en sus procesos. Gracias a eso, el café de Atoyac fue mejorando y ganando más respeto dentro y fuera del estado. La calidad empezó a ser reconocida incluso por compradores de otros lugares. Así se fue construyendo el prestigio que hoy todavía conserva.
Pero no todo ha sido fácil para el café en Atoyac. Hoy en día, aunque todavía hay muchas hectáreas sembradas, una gran parte de los cafetales está abandonada. Esto ha provocado que se llenen de plagas y enfermedades, lo que hace más difícil que las plantas den buen café. También hay lugares donde han talado árboles para sembrar otros cultivos, lo que daña el medio ambiente. En muchos casos, las nuevas generaciones ya no quieren seguir con el café porque lo ven como algo que no da suficiente dinero. Además, los precios que pagan por el café son muy bajos y no cubren los costos. Todo esto ha hecho que la producción cafetalera vaya bajando poco a poco. Sin embargo, todavía hay familias que siguen cultivando con orgullo y que quieren rescatar esta tradición tan importante para la región. Aunque el panorama sea difícil, su amor por la tierra y por la historia del café los mantiene firmes. Siguen creyendo que esta herencia aún puede florecer.
El café de Atoyac tuvo dos épocas muy buenas. La primera fue en los años 50, cuando muchas familias vivían del café y se producían grandes cantidades. La segunda fue entre 1978 y 1982, cuando Atoyac llegó a producir más de la mitad del café de todo Guerrero. En esos años, la gente se sentía muy orgullosa de ser cafetalera, tanto que hasta se escribieron canciones como Mi cafetal, que hablaban de la belleza del campo y del esfuerzo de los productores. Pero en 1989, los precios del café bajaron mucho en todo el mundo y eso causó una gran crisis. Muchos campesinos dejaron de sembrar porque ya no les convenía. Algunas familias migraron y las parcelas se dividieron entre los hijos, haciendo más difícil el trabajo. Desde entonces, el café en Atoyac ha enfrentado muchos retos, pero también ha mostrado su fuerza para seguir adelante. Aunque las épocas doradas pasaron, el recuerdo de esos años aún inspira a muchos. Hay esperanza de que con esfuerzo, puedan volver.
Actualmente, el café en Atoyac enfrenta varios problemas. Muchas plantas ya son viejas y producen menos. No se ha invertido en renovar los cafetales ni en comprar maquinaria moderna. Además, los productores casi no tienen apoyo del gobierno ni acceso a técnicos que los ayuden a mejorar sus cultivos. Las pocas máquinas que hay están viejas o ya no sirven bien. A esto se suman las enfermedades que atacan los cafetos, como la roya. Otro problema es que solo hay tres grandes empresas que compran el café en la región. Esto hace que los pequeños productores no tengan muchas opciones y acepten precios muy bajos. Además, casi todo el café se vende en grano verde, lo que da menos ganancia. Solo un 1% se vende como café listo para tomar. Por eso, es urgente buscar formas de organizarse mejor y darle más valor al producto local. Si se transformara el café en la región, podrían crear empleos y ganar más. Lo importante es no rendirse y seguir buscando soluciones.
En Guerrero hay muchos productores de café, pero cada quien trabaja por su cuenta, y eso ha hecho que sea difícil competir con otros estados. Algunos dicen que sería mejor tener una sola marca de café para todo Guerrero, así podríamos hacer un café más famoso y con mejor calidad. También pasa que casi no se toma café mexicano en nuestro propio país, ¡la mayoría se va a otros lados! Además, como a veces mandan café de mala calidad, en otros países ya no confían tanto en el nuestro. En lugares como Atoyac, sí hay muy buen café, pero las empresas prefieren traerlo de otros países porque es más barato. Eso ha dejado a muchos campesinos sin trabajo o ganando muy poquito. Es muy triste porque el café antes era algo muy importante aquí. Ahora muchos productores se sienten abandonados y sin apoyo del gobierno. Aun así, algunos siguen luchando para no perder lo que por años han sembrado. El orgullo de hacer buen café todavía vive en sus corazones.
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