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No Nacimos Pa Semilla


Enviado por   •  16 de Marzo de 2014  •  6.414 Palabras (26 Páginas)  •  385 Visitas

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Las características personales para ejercer la profesión de sicario que nos vendía en décadas pasadas la televisión eran bien definidas. Se trataba de seres elegantes, anónimos, con mil rostros y contratos millonarios, quienes cumplían el encargo con inmensa sofisticación y desaparecían discretamente de la escena.

En buena medida, todos habíamos asumido esta imagen como verdadera cuando la muerte comenzó a ser negocio lucrativo en Colombia. Nos hablaban de "el de la moto" y nos representábamos inmediatamente una especie de rambos criollos, máquinas frías e insensibles de la muerte.

Además, el hecho de que la mayoría de asesinos por contrato fuesen de Medellín confirmaba la tesis de que a esa ciudad la había consumido el afán de lucro impuesto por el narcotráfico. Así, las organizaciones de la muerte se ubicaron como apéndices funcionales de los llamados carteles de la droga.

Pero cuando los sicarios y sus allegados empezaron a hablar, las cosas cambiaron. Como por encanto aparecieron las exculpaciones y la madeja se enredó. Constatamos que las condiciones de pobreza determinaban las formas de buscarse el sustento. Que bandas completas podían ser contratadas por cualquier parroquiano a la vuelta de la esquina. Y que los profesionales de la muerte eran apenas niños, portadores de unos valores que la sociedad difícilmente comprendía.

Se abrió paso así a una especie de sentimiento de culpa colectivo. Todo el mundo pareció comprender el fenómeno y los victimarios se trastrocaron en víctimas. No pocos comenzaron a mirar a los niños sicarios con cierta simpatía o por lo menos con esquiva admiración. La fórmula mágica de los diálogos de paz comenzó tímidamente a insinuarse y no faltó quien alegara vehementemente que ellos sólo eran los instrumentos materiales de una intolerancia nacional que nos está aniquilando.

Adherir acríticamente a una cualquiera de estas interpretaciones es sumamente peligroso. Es igualmente maniqueista quien presenta al sicario como un enfermo paranoico como aquel que lo absuelve por ser un producto de la marginalidad. La obra de Alonso Salazar nos presenta en forma comprehensiva el fenómeno de la cultura de las bandas juveniles de las comunas nororientales medellinenses sin caer en los extremos anotados. Y, para hacerlo, escoge una vía novedosa: rescatar las versiones de los protagonistas.

No se trata únicamente de oír a los jóvenes que han hecho de la muerte su negocio. El libro nos trae también los relatos de madres, amigos, enemigos, activistas barriales, sacerdotes. De esta manera se traza un complejo y contradictorio mapa que determina la creación y valoración social del sicariato.

Desde la frialdad de las letras nos inunda la muerte cotidiana. No hay héroes ni vencedores. La vida, a pesar de su misterio, se hace efímera y rastrera. Es una historia en la que todos somos perdedores. Pero no por la representación de la

locura o del sinsentido. Por el contrario, sobran las razones. Las tienen cuando contratan por dinero y aquellos que limpian de indeseables las comunas. Pocos escritos como el presente nos llevan a los límites de esta sociedad fracturada. Este trabajo investigativo nos lanza sin miramientos a la constatación de nuestros vacíos como comunidad humana: la insolidaridad, la dificultad para encontrar valores comunes, la confusión moral a que lleva el lucro como sentido último de la existencia.

Por ello no basta con reconocer que todos tenemos un poco de culpa en que los sicarios sean una realidad en nuestro medio. Es necesario desentrañar lo que nos hace responsables: cuáles actitudes de la guerrilla, la policía, la clase dirigente, la izquierda, el narcotráfico, los sacerdotes, las madres o los jóvenes promueven la generación de bandas.

Se trata de una tarea vital para quienes estamos empeñados en proponer soluciones integrales que disminuyan los factores de violencia de nuestra sociedad. Sólo descubriendo la compleja raíz social que da origen a las conductas sociales es posible proponer acciones que realmente incidan de conjunto en la problemática.

Para llegar a ello es necesario desprendernos de la morbosidad con la que nos hemos acostumbrado a ver y leer todo lo relacionado con el tema. Este no es el "último y total" testimonio de los sicarios. Tampoco contiene "secretos inéditos" de las bandas ni es un pliego de acusaciones contra el Estado, la Iglesia o la Policía.

En buena medida es la construcción de una obra de vida sobre la muerte. Es un trabajo que se ha creado a partir del dolor por las ausencias. Su síntesis es el esfuerzo humano por antonomasia: entender para poder actuar. El Centro de Investigación y Educación Popular CINEP ha orientado gran parte de su esfuerzo investigativo hacia el análisis de nuestra realidad con miras a aportar en el camino hacia soluciones concretas que posibiliten ut patria más fraternal, justa y solidaria. En ese mismo orden de ideas, estamos convencidos de que este documento que hoy presenta nos a los lectores será una herramienta indispensable para todos aquellos que quieran acercarse con seriedad y profundidad a fenómeno de las bandas juveniles de la comuna nororiental de Medellín

Camilo Borrero

PRESENTACIÓN

La violencia es una parte de la realidad de Medellín. Vivimos en una ciudad en guerra, una guerra donde intervienen muchos poderes y donde los protagonistas son los jóvenes. Ellos son los que matan y mueren. Ejecutantes de un libreto escrito por otras manos e inspirado en el sentido trágico que sigue marcando nuestra historia.

La nuestra es una guerra donde de nada sirve hablar de buenos y de malos. El desafío real es encontrar pistas que nos ayuden a salir de este laberinto donde muchos plomos, disparados desde muchos lados, con innumerables argumentos, nos están matando.

Las estadísticas no mienten, pero no logran sin embargo decir lo que pasa en esta ciudad, en nuestra vida, lo que está pasando con nuestra manera de habitar y caminar las calles, de relacionamos con los vecinos y los transeúntes. Medallo es una berraquera, seguimos diciendo la mayoría de sus habitantes. Es un infierno, dicen otros, especialmente de afuera. Medellín es un hervidero de vida y muerte, es una expresión radical de la crisis de país.

Vivimos en una ciudad donde hay muchos muertos y pocos derrotados. Muestro

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