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Sobre El Extranjero De Camus


Enviado por   •  29 de Julio de 2011  •  1.973 Palabras (8 Páginas)  •  1.133 Visitas

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Cuando uno termina de leer El extraño de Albert Camus --y el espíritu del lector posee una sensibilidad a marca de piel--, no es nada difícil enamorarse del Meursault, el personaje principal de esta novela profunda y señera del escritor argelino. He leído el libro unas cinco o seis veces. Me emparenté (y casi convertí) a Meursault desde la primera vez que lo leí; si bien, no reconocí en su carácter fascinante (y a través de todas las páginas) el porqué se le llamaba así: El extranjero.

Una segunda leída, y la ayuda de lo poco de francés que aprendí en algunas tardes veraniegas, me ayudó a comprender, con amplitud inconmensurable, el sentido existencial de este personaje.

No sé a qué traductor (seguro fue uno de esos que pasan como escritores cuando en realidad son profesores de facilosofía y letras) se le ocurrió traducir L’étranger (título original del libro), y --en vez de leer primero la novela para emitir su juicio de traducción-- le endilgó a este libro el impreciso título de El extranjero, cuando en realidad a lo que Camus alude es a un Extraño; a El extraño. Así, el título, bien calibrado, cambia y cambiará totalmente la visión para quien lea esta obra.

Para saber a qué es Meursault un “extraño”, basta leer las primeras líneas del libro: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero eso no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.” (1).

El no conocer, el no ser consciente de la fecha de la muerte de alguien tan cercano, parece mostrar a un Meursault de sentimientos despiadados; un insensible de acuerdo a los parámetros de una sociedad empeñada en encajonar la muerte de un ser querido, como la obligación de sentirse, más que condolido, desamparado y sin consuelo.

Pero Meursault no es nada de eso; si es “extraño” es en la medida de un ser indiferente a una realidad que le resulta absurda e inabordable. Es un alienado, no en el sentido de la insanidad psicológica, sino porque el progreso tecnológico le ha arrancado el placer de la convivencia y decisiones colectivas y le han convertido en un "ajeno" dentro de lo que debería ser su propio entorno, ahora invadido por una moralina burguesa.

Algunos críticos aluden a Meursault como la personificación de la carencia de valores del hombre. Se equivocan quienes tal afirman. Se desgarran las vestiduras (ojalá fueran con pectoral y campanillas) los que afirman que el personaje de Camus es intransigente a los valores de la sociedad porque ha sido degradado por el absurdo de su propio destino. Fallan, también, porque realizan una lectura viciosa: la misma historia burguesa de sus vidas, llenas de confort y controladas, éstas sí por el absurdo cuya marca principal es el consumismo industrial que no sacia para nada sus más fervientes deseos de identidad, no les permite ver más allá de sus convencionalismos sociales ramplones.

La “extrañeza” de Camus va contra esa corriente que considera que uno no es hombre si no se matrimonia, si en vez de la amistad opta por la soledad y el silencio, si reniega de la superación personal estilo Deepak Choppra, si no declara (por lo menos una vez en su vida) que ha sido rehén del american dream, y que, en vez de ello, se interesa por explorar sus propios valores internos –ver si no acaso es ahí dentro, que la superación íntima supera la fama del escaparate.

Para colmo, dos hechos hacen parecer (delante de esa sociedad delatora, murmurante, hipócrita) a Meursault como un monstruo: el velorio de su madre y el asesinato sin razón de un árabe, amigo de un amigo de Meaursault llamado Raymond.

La costumbre de valores añejos exige “reverencia” en los velorios; dos de ellas son: no fumar durante el mismo, y beber (si se desea) sólo café negro. Con éstas y otras reglas sin fundamento, aquella sociedad da el visto bueno y califica si una persona es piadosa o no lo es. Pero Meursault rompe esas dos reglas: fuma y toma café con leche. ¿Cómo puede ser esto así? –-se pregunta la masa de plañideros que asisten al duelo. Más tarde, cuando su abogado le interroga en la cárcel, preguntará a Meursault --por razones “importantes” para el juicio—si él amaba a su madre; él contesta: “Sin duda quería mucho a mamá, pero eso no quiere decir nada”.

¿Y el luto? Extraño al convencionalismo social de que la muerte de alguien pueda atar sus más preciados instintos, para Meursault la pena y el dolor se pasa yendo con una muchacha-amiga al cine a mirar una película de Fernandel (donde obviamente hay que reír); ir al balneario con ella, y frecuentarla con el sólo propósito de no estar solo. Cuando un día Marie Cardona (así se llama la amiga) le pregunta “¿Me amas?”, el contesta que “No”. Pero que si quiere casarse con él, “le da igual”.

Luego, en una acción --que el personaje no sabe cómo sucedió, pues dice: "el sol era muy brillante y he apretado el gatillo”, Meursault es llevado a juicio por un crimen sin base alguna que no sea aquella de que “el sol me deslumbró”. El juicio está lleno de tanto morbo, que le da la razón a él de lo absurdo que puede resultar una moral como la que le rodea y a la que es “extraño”, ajeno.

Porque en el juicio, no hay de otra: el pago de su crimen es la condena a muerte. El jurado lo sabe, la muchedumbre lo sabe, él lo sabe, la prensa lo conoce y divulga. No hay más. No obstante (ya su muerte a la vuelta de la esquina) el público, la chusma, el jurado, se empeñan en conocer no sólo los motivos del asesinato, sino saber de su conducta anterior (beber café con leche y fumar).

El juicio se convierte en la cima de la moral y los valores detestados

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