Estilo de vida saludable. Seguimiento # 1 “Mi compromiso y ensayo – Zonas azules”
Viviana0406Reseña25 de Marzo de 2026
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Corporación Universitaria Adventista de Colombia
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Facultad de Ciencias Humanas y de la Educación
Licenciatura en Español e Ingles
Estilo de vida saludable
Docente:
Ingrid Villamil
Seguimiento # 1 “mi compromiso y ensayo – Zonas azules”
Yaely Chica Moreno
Colombia
2025
SYNTHESIS
The school in Bajirá became a crucial sanctuary after a devastating flood, offering refuge to displaced families. Initially a place of learning, it transformed into a shelter, with classrooms serving as makeshift dormitories and the communal hall becoming a center for processing salvaged belongings. Exhausted and distressed people found a degree of safety and support within its walls, as volunteers provided essential aid and comfort.
UNA TRAGEDIA Y UN REFUGIO DE ESPERANZA
BAJIRÁ, ABRIL DE 2025: BAJO AGUA
En la mañana del jueves 3 de abril, el eco de las gotas de lluvia sobre los tejados de zinc se había convertido, en los últimos días, en una melodía grata para los habitantes de las veredas y barrios ribereños de Bajirá. Lo que comenzó como una persistente llovizna, alimentada por la furia desatada de un cielo nublado, se transformo en un diluvio implacable que hizo crecer las aguas de rio sucio, con una velocidad alarmante. Nadie imagino que esa cantidad de agua turbia y creciente, que serpenteaba perezosamente en la distancia, se convirtiera en el verdugo silencioso de sus hogares, de sus recuerdos de su humilde cotidianidad.
La tarde del fatídico jueves quedara grabada a fuego en la memoria de esta comunidad. El rugido del río, antes un murmullo familiar, se elevó hasta convertirse en un bramido ensordecedor, inicio de la catástrofe. Las aguas, desbordadas del conducto natural, comenzaron a invadir las calles con una veracidad inusual. En cuestión de minutos, el liquido helado y lodo se filtro por debajo de las puertas, anegando los pisos de tierra, empapando los muebles raquíticos, llevándose consigo fotografías descoloridas y objetos cargados de valor sentimental. El pánico se extendió como una onda expansiva. Los gritos de auxilio se mezclaban con el llanto de los niños y el sonido repugnante del agua que subía sin piedad. Las precarias viviendas, construidas con esfuerzo y dedicación, ofrecían una resistencia mínima ante la fuerza de la naturaleza desatada. Familias enteras se vieron obligadas a abandonar sus hogares en la oscuridad, con el agua llegándoles a la cintura, aferrándose a sus hijos como único tesoro en medio del caos. La escena era terrible: colchones flotando a la deriva, electrodomésticos volcados, animales domésticos buscando desesperadamente un lugar seguro. La luz de las linternas danzaba nerviosamente en la oscuridad y el reflejo turbio del agua, iluminando rostros descompuestos por el miedo y la incertidumbre. La solidaridad, sin embargo, comenzó a emerger en medio de la angustia. Vecinos ayudaban a sus otros vecinos, los más jóvenes ofrecían sus brazos a los ancianos, y las voces se alzaban, no solo en lamento, sino también en un intento por coordinar una evacuación improvisada. El colegio del barrio, habitualmente un hervidero de risas y juegos, se estableció como un faro de esperanza en la oscuridad.
Sus puertas normalmente cerradas al caer la noche, se abrieron de par en par para recibir a los damnificados. Las aulas, con sus pupitres ahora arrinconados, se convirtieron en improvisados dormitorios. El salón comunal, con su eco peculiar, se convirtió en un centro de recepción y clasificación de las escasas pertenencias que la gente había podido rescatar. Al cruzar el umbral del colegio, los rostros empapados y exhaustos encontraban un respiro, una señal de seguridad en medio de la tormenta. El bullicio era constante, un murmullo de voces cansadas, de niños lloriqueando, de adultos intentando consolar y ser consolados. El olor a humedad se mezclaba con el aroma reconfortante del café caliente que voluntarios preparaban afanosamente en la improvisada cocina del comedor escolar.
Las colchonetas donadas por la comunidad y las autoridades locales se extendían sobre los fríos suelos de baldosa, ofreciendo un lecho precario pero bienvenido para los cuerpos agotados. Familias enteras se acurrucaban bajo mantas finas, buscando calor y consuelo en la cercanía. La intimidad se había perdido en la urgencia, pero en su lugar florecía un sentido de comunidad forzado por la adversidad. Doña Lucia, una mujer de rostro curtido por el sol y la experiencia, sostenía en sus brazos a su nieto de apenas unos meses. Sus ojos, enrojecidos por el llanto y la falta de sueño, reflejaban el desespero de haber perdido su humilde vivienda, el fruto de años de trabajo. "Todo se fue con el agua, mijo", decía con la voz entrecortada, "pero lo importante es gracias a Dios estamos vivos". A su lado, su hijo intentaba mantener la compostura, pero la mirada perdida revelaba la magnitud de la pérdida y la incertidumbre del futuro.
Los niños, con su capacidad innata para encontrar juegos incluso en las circunstancias más adversas, correteaban entre las colchonetas, transformando la emergencia en una extraña aventura. Sin embargo, en sus ojos curiosos también se vislumbraba la pregunta silenciosa sobre cuándo volverían a su casa, a sus juguetes, a la normalidad que la furia del río les había arrebatado de golpe. El personal del colegio, junto con voluntarios de la Defensa Civil, la Cruz Roja y vecinos solidarios, trabajaban incansablemente para atender las necesidades básicas de los refugiados. Se distribuían alimentos, agua potable, ropa seca y kits de higiene personal. Se improvisaban espacios para la atención médica básica, atendiendo heridas leves, crisis de ansiedad y el agotamiento físico y emocional. La solidaridad se manifestaba en pequeños gestos: una palabra de aliento, un abrazo silencioso, una taza de sopa caliente compartida. La tragedia había desnudado la vulnerabilidad de esta comunidad, pero también había revelado la fortaleza de sus lazos, la capacidad de apoyarse mutuamente en los momentos más difíciles.
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