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Las Babas De Diablo


Enviado por   •  4 de Septiembre de 2011  •  5.290 Palabras (22 Páginas)  •  730 Visitas

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Las babas del diablo

Julio Cortázar

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera

del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir

la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen

corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.

Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock por ahí y que la máquina siguiera sola (porque

escribo a máquina), sería la perfección. Y no es un modo de decir. La perfección, sí, porque aquí el agujero

que hay que contar es también una máquina (de otra especie, una Contax 1. 1.2) y a lo mejor puede ser que

una máquina sepa más de otra máquina que yo, tú, ellala

mujer rubiay

las nubes. Pero de tonto sólo tengo

la suerte, y sé que si me voy, esta Remington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de

doblemente quietas que tienen las cosas movibles cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno

de todos nosotros tiene que escribir, si es que todo esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy

muerto, que estoy menos comprometido que el resto; yo que no veo más que las nubes y puedo pensar sin

distraerme, escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que

estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de

alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y

al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo).

De repente me pregunto por qué tengo que contar esto, pero si uno empezara a preguntarse por

qué hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente por qué acepta una invitación a cenar (ahora

pasa una paloma, y me parece que un gorrión) o por qué cuando alguien nos ha contado un buen cuento, en

seguida empieza como una cosquilla en el estómago y no se está tranquilo hasta entrar en la oficina de al

lado y contar a su vez el cuento; recién entonces uno está bien, está contento y puede volverse a su trabajo.

Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin

y al cabo nadie se averguenza de respirar o de ponerse los zapatos; son cosas, que se hacen, y cuando pasa

algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una araña o al respirar se siente como un vidrio roto,

entonces hay que contar lo que pasa, contarlo a los muchachos de la oficina o al médico. Ay, doctor, cada

vez que respiro... Siempre contarlo, siempre quitarse esa cosquilla molesta del estómago.

Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden, bajemos por la escalera de esta casa hasta

el domingo 7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol

insospechado para noviembre en París, con muchísimas ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar fotos

(porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). Ya sé que lo más difícil va a ser encontrar la manera de

contarlo, y no tengo miedo de repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que

verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una

paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces no es la verdad salvo

para mi estómago, para estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera con esto, sea lo que fuere.

Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen,

si ya no sé qué decir, si se acaban las nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser que esto sea

estar viendo continuamente nubes que pasan, y a veces una paloma), si algo de todo eso... Y después del

«si», ¿qué voy a poner, cómo voy a clausurar correctamente la oración? Pero si empiezo a hacer preguntas

no contaré nada; mejor contar, quizá contar sea como una respuesta, por lo menos para alguno que lo lea.

Roberto Michel, francochileno,

traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11

de la rue Monsieur LePrince el domingo 7 de noviembre del año en curso (ahora pasan dos más pequeñas,

con los bordes plateados). Llevaba tres semanas trabajando en la versión al francés del tratado sobre

recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago. Es raro que

haya viento en París, y mucho menos un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía castigando las

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viejas persianas de madera tras de las cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas maneras la

inestabilidad del tiempo en estos últimos años. Pero el sol estaba también ahí, cabalgando el viento y amigo

de los gatos, por lo cual nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Sena y sacar unas fotos de la

Conserjería y la SainteChapelle.

Eran apenas las diez,

...

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