Novela Nuestra historia

kevin uruetaResumen22 de Septiembre de 2026

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NUESTRA HISTORIA

A veces las historias de amor no comienzan de la forma más común, y esta es una de ellas.

Todo comenzó en una fiesta a la que asistí con mi pareja de aquel entonces, a quien llamaremos Susana. La cual no tendrá relevancia en esta historia

Llevábamos aproximadamente cinco años de relación. Era una relación sana, con altibajos como cualquier otra, pero llena de respeto y estabilidad.

Esa noche estábamos compartiendo en la fiesta de una amiga. Había varias personas que no conocía; entre ellas estaba un hombre al que llamaremos Carlos. Aunque nunca había hablado con él, ya lo había visto anteriormente.

Conforme avanzaba la noche y las copas comenzaban a hacer efecto, llegó de manera inesperada la coprotagonista de esta historia: Dayana.

En ese momento, ella mantenía una especie de relación con Carlos, o quizás estaba terminándola. Había ido a la fiesta precisamente para hablar con él. Ambos se apartaron hacia una habitación para discutir su situación y, mientras tanto, todos los demás continuamos disfrutando de la reunión, olvidándonos por completo de ellos.

Un rato después le dije a Susana:

—Amor, tengo un poco de calor. Busquemos un lugar más tranquilo donde podamos estar un rato los dos solos.

Ella aceptó de inmediato, divertida por la emoción que provocaba la posibilidad de que alguien nos descubriera.

Mientras buscábamos ese lugar, abrí una habitación de un fuerte portazo.

Allí estaban Dayana y Carlos, a escasos segundos de tener relaciones.

La música sonaba tan fuerte que no notaron mi entrada. Aprovechando el momento, decidí hacer una broma y grité:

—¡La vas a matar, perro!

Los dos reaccionaron de inmediato. Se separaron rápidamente y Dayana salió de la habitación completamente avergonzada.

Yo simplemente sonreí, cerré la puerta y continué buscando otro lugar tranquilo.

Susana me miró con una mezcla de vergüenza y risa. Después de intercambiar unas cuantas palabras con Dayana y Carlos, ellos decidieron marcharse.

Y así fue la primera vez que vi a Dayana.

Un primer encuentro completamente alejado de cualquier estereotipo.

Después de aquel episodio no volví a saber nada de Carlos ni de Dayana. Ese momento quedó archivado como una anécdota más de mi vida.

Tiempo después, un día cualquiera, mi hermano y mi mejor amigo me invitaron a ver un clásico del fútbol: Real Madrid contra Barcelona.

Como soy un apasionado del fútbol y, sobre todo, del Barcelona, acepté sin pensarlo.

Llegamos al lugar y apenas crucé la puerta pensé:

"¡Dios mío... Dayana!"

Trabajaba allí, pues el establecimiento pertenecía a un primo suyo.

La vi, sonreí discretamente y seguí con mi plan inicial: disfrutar del partido.

Pedimos unas cervezas y fue ella quien nos atendió.

La observé con detenimiento. Tenía unos ojos realmente bonitos.

Pero sería muy hipócrita mentir.

También me fijé en su cuerpo.

Ese día llevaba un vestido largo, gris y ajustado que resaltaba perfectamente su figura.

Quedé completamente cautivado.

Miré a mi mejor amigo y le dije:

—Esa mujer me encanta.

Él, sin sorprenderse demasiado, respondió entre risas:

—Ya vas tú con tus vainas.

Conforme avanzaba el partido también lo hacían las cervezas.

Cada vez que ella se acercaba a nuestra mesa había un intercambio de miradas.

Ninguno de los dos se atrevía a dar el primer paso.

Simplemente jugábamos ese silencioso juego que solo entienden quienes sienten una atracción mutua.

Cuando terminó el encuentro nos dispusimos a salir.

Antes de irme reuní valor y le pedí su número de teléfono.

Ella sonrió y me lo dio sin dudar.

Lo guardé y continué con mi vida.

Pasaron varios días.

Olvidé por completo que tenía su número.

Hasta que, mientras organizaba mi teléfono, lo encontré nuevamente.

Después de pensarlo varias veces, decidí escribirle un simple:

—Hola.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Como ese día nunca le había dado mi número, no sabía quién era.

Le recordé dónde nos habíamos conocido y, aunque los mensajes no transmiten emociones, la rapidez con la que respondía me hizo sentir que hablar conmigo le resultaba agradable.

Durante dos días completos hablamos prácticamente sin parar.

Fueron conversaciones intensas.

Horas y horas de mensajes.

Sin embargo, al tercer día dejó de responder.

Y yo tampoco insistí.

Continué con mi vida.

Seguí con mi relación con Susana y, nuevamente, Dayana desapareció.

Tres meses después llegó la pandemia.

Con ella, el confinamiento.

Las horas parecían eternas entre redes sociales, series y aburrimiento.

Un día, mientras navegaba por Instagram, apareció la sugerencia:

"Personas que quizás conozcas".

Y allí estaba ella.

Sonreí para mis adentros y presioné el botón de Seguir.

Minutos después llegó la notificación.

Dayana también había comenzado a seguirme.

Un simple "Hola" bastó para que todo volviera a comenzar.

Los mensajes eran interminables.

Las llamadas también.

Las videollamadas se extendían hasta altas horas de la madrugada.

Podíamos hablar de cualquier tema.

La conversación simplemente fluía.

Hasta que un día me preguntó:

—Oye... ¿tú tienes novia?

Respondí con total naturalidad:

—Sí. Llevamos más de cinco años juntos.

Hubo un silencio.

Después dijo:

—Eres un descarado. Tienes novia y hablas conmigo de todo, sin restricciones. ¿Por qué ocultaste algo tan importante?

Mi respuesta la dejó completamente desconcertada.

—Tú nunca me preguntaste si tenía novia.

A partir de ese momento todo cambió.

Los mensajes desaparecieron.

Las llamadas terminaron.

Las videollamadas también.

Y, una vez más, Dayana desapareció de mi vida durante varios meses.

Un sábado cualquiera de noviembre, exactamente al mediodía, recibí una llamada de un número desconocido.

Contesté.

Era Dayana.

Reconocí su voz de inmediato, aunque fingí no saber quién hablaba.

Ella, entre risas, me refrescó la memoria.

Luego fue directo al punto.

—No tengo nada que hacer. Invítame a almorzar.

Por dentro pensé:

"Esta está buscando un tonto que le pague el almuerzo."

Pero como mi relación con Susana tenía dos meses de haber terminado y yo tampoco tenía mejores planes, respondí:

—Está bien. Nos vemos en el centro comercial. Almorzamos y conversamos.

Antes de colgar me dijo:

—Voy a ir con una amiga.

No pude evitar reír para mis adentros.

"Jajaja... doble almuerzo."

Aun así, no tenía nada mejor que hacer.

Así que simplemente respondí:

—Perfecto. Allí las espero.

Capítulo 2

El primer beso

Como yo estaba cerca del lugar de encuentro, llegué primero.

Las esperé durante dos largas horas.

Mientras pasaban los minutos, los nervios comenzaron a apoderarse de mí. No dejaba de preguntarme si estaba haciendo lo correcto. Apenas habían pasado dos meses desde que había terminado mi relación con Susana, y aunque intentaba convencerme de que ya todo había acabado, una parte de mí seguía sintiendo culpa por estar allí, esperando a otra mujer.

Finalmente, Dayana llegó junto a su amiga, a quien llamaremos Sofía.

Las vi venir desde lejos.

Dayana no parecía haberse esforzado demasiado en arreglarse. Llevaba un short blanco, una blusa negra, unas sandalias sencillas y el cabello recogido en una cola de caballo. Su apariencia transmitía que había salido de casa sin mayores pretensiones, como si aquella invitación fuera algo completamente casual.

Pero, al mismo tiempo, no pude evitar pensar:

"Dios... qué hermosa se ve."

Ella no lo sabía, pero siempre me habían encantado las mujeres con el cabello recogido en una cola de caballo. Sin proponérselo, se había peinado exactamente como más me gustaba.

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