ClubEnsayos.com - Ensayos de Calidad, Tareas y Monografias
Buscar

Casas Muertas


Enviado por   •  11 de Noviembre de 2012  •  12.079 Palabras (49 Páginas)  •  1.072 Visitas

Página 1 de 49

Casas muertas

Miguel Otero Silva

Miguel Otero Silva, Casas muertas, Caracas:Monte Ávila, 1996

Índice

• Capítulo I. Un entierro

• Capitulo II. La rosa de los llanos

• Capítulo III. La señorita Berenice

• Capítulo IV. La iglesia y el río

• Capítulo V. Parapara de Ortiz

• Capítulo VI. Pecado mortal

• Capítulo VII. Este es el camino de Palenque

• Capítulo VIII. El compadre Feliciano

• Capítulo IX. Petra Socorro

• Capítulo X. Entrada y salida de aguas

• Capítulo XI. Hematuria

• Capítulo XII. Casas muertas

CAPÍTULO I. UN ENTIERRO

1

Esa mañana enterraron a Sebastián. El padre Pernía, que tanto afecto le profesó, se había puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al Obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones. Un entierro no era un acontecimiento inusitado en Ortiz. Por el contrario, ya el tanto arrastrarse de las alpargatas había extinguido definitivamente la hierba del camino que conducía al cementerio y los perros seguían con rutinaria mansedumbre a quienes cargaban la urna o les precedían señalando la ruta mil veces transitada. Pero había muerto Sebastián, cuya presencia fue un brioso pregón de vida en aquella aldea de muertos, y todos comprendían que su caída significaba la rendición plenaria del pueblo entero. Si no logró escapar de la muerte Sebastián, joven como la madrugada, fuerte como el río en invierno, voluntarioso como el toro sin castrar, no quedaba a los otros habitantes de Ortiz sino la resignada espera del acabamiento.

Al frente del cortejo marchaba Nicanor, el monaguillo, sosteniendo el crucifijo en alto, entre dos muchachos más pequeños y armados de elevados candelabros. Luego el padre Pernía, sudando bajo las telas del hábito y el sol del Llano. En seguida los cuatro hombres que cargaban la urna y, finalmente, treinta o cuarenta vecinos de rostros terrosos. El ritmo pausado del entierro se adaptaba fielmente a su caminar de enfermos. Así, paso a paso, arrastrando los pies, encorvando los hombros bajo la presión de un peso inexistente, se les veía transitar a diario por las calles del pueblo, por los campos medio sembrados, por los corredores de las casas.

Carmen Rosa estaba presente. Ya casi no lloraba. La muerte de Sebastián era sabida por todos —ella misma no la ignoraba, Sebastián mismo no la ignoraba— desde hacía cuatro días. Entonces comenzó el llanto para ella. Al principio luchó por impedir que llegara hasta sus ojos esa lluvia que le estremecía la garganta. Sabía que Sebastián, como confirmación inapelable de su sentencia a muerte, sólo esperaba ver brotar sus lágrimas. Observaba los angustiados ojos febriles espiándole el llanto y ponía toda su voluntad en contenerlo. Y lo lograba, merced a un esfuerzo violento y sostenido para deshacer el nudo que le enturbiaba la voz, mientras se hallaba en la larga sala encalada donde Sebastián se moría. Pero luego, al asomarse a los corredores en busca de una medicina o de un vaso de agua, el llanto le desbordaba los ojos y le corría libremente por el rostro. Más tarde, en la noche, cuando caminaba hacia su casa por las calles penumbrosas y, más aún, cuando se tendía en espera del sueño, Carmen Rosa lloraba inacabablemente y el tanto llorar le serenaba los nervios, le convertía la desesperación en un dolor intenso pero llevadero, casi dolor tierno después, cuando el amanecer comenzaba a enredarse en la ramazón del cotoperí y ella continuaba tendida, con los ojos abiertos y anegados, aguardando un sueño que nunca llegaba.

Ahora marchaba sin lágrimas, confundida entre la gente que asistía al entierro. Habían dejado a la espalda las dos últimas casas y remontaban la leve cuesta que conducía a la entrada del cementerio. Ella caminaba arrastrando los pies como todos, en la misma cadencia de todos, pero se sentía tan lejana, tan ausente de aquel desfile cuyo sentido se negaba a aceptar, que a ratos parecíale que ella y la que caminaba con su cuerpo eran dos personas distintas y que bien podía la una seguir con pasos de autómata hasta el cementerio, en tanto que la otra regresaba a la casa en busca del llanto.

Dos mujeres la acompañaban. A un lado su madre, doña Carmelita, con el mohín de niño asustado que la vejez no había logrado borrar, llorando no tanto por Sebastián muerto, como por el dolor que sobre Carmen Rosa pesaba, sintiéndose infinitamente pequeña y miserable por no haber podido evitarle a la hija aquel infortunio. A la izquierda iba Marta, la hermana, preñada como el año pasado, heroicamente fatigada por aquella lenta marcha bajo el sol. Carmen Rosa advertía en la atmósfera la fluencia del amor de las dos mujeres, la ternura de ambas sosteniéndola para que no diera consigo en tierra.

En el trecho final cargaron la urna cuatro hombres jóvenes como Sebastián, aunque no vigorosos como lo fuera él antes de caer. Eran cuatro perfiles en ocre, aguzados como la cabeza del gavilán. Su juventud naufragaba en las miradas tardas, en los desfiladeros de los pómulos, en los pliegues que circundaban los ojos. Uno de ellos, primo hermano de Sebastián, había venido en burro desde Parapara. Los otros tres eran de Ortiz y Carmen Rosa los conocía desde niños. Había corrido con ellos por las márgenes del Paya, había matado palomas montañeras junto con ellos. El más alto, Celestino, sobre cuyos hombros caía poco menos del peso total de la urna, había estado siempre enamorado de ella, desde que corrían a la par del río y mataban pájaros. Ahora cargaba el cadáver de Sebastián, soportando el mayor peso por ser el más alto, y dos lágrimas de hombre le bajaban por los pómulos angulosos.

Se divisaba ya la tapia del cementerio, su humilde puerta con cruz de hierro en el tope y festones encalados a los lados. Carmen Rosa recordaba el texto del cartelito, escrito en torpes trazos infantiles, que colgaba de esa puerta: «No salte la tapia para entrar. Pida la llave». La tapia era de tan escasa altura que bien podía saltarse sin esfuerzo. Y no había a quien pedir la llave porque nadie cuidaba del cementerio desde que murió el viejo Lucio. El gamelote y la paja sabanera se hicieron dueños de aquellas tierras sin guardián,

...

Descargar como (para miembros actualizados)  txt (72.7 Kb)  
Leer 48 páginas más »
Disponible sólo en Clubensayos.com