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Antolología Cuentos Breves


Enviado por   •  23 de Agosto de 2012  •  2.331 Palabras (10 Páginas)  •  508 Visitas

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5. Los Héctores

[Conviene que las palabras que tienen errores estén, o sean escritas en el pizarrón.]

Esta historia es de vivos y muertos, sucede en un panteón y tiene que ver con errores que se cometen al escribir. ¿Se lo pueden imaginar?

La muerta de peor carácter en el cementerio era Ana Maidana de Quintana. Había sido maestra y directora de escuela. Al cementerio había llegado hacía un mes y los problemas comenzaron ese día.

Tras un paseo por las tumbas, Ana se puso a gritar. Su enojo se debía a una leyenda que vio en una placa de bronce:

¡José te fuistes, pero sigues vivo en nuestros corasones!

–“¿Fuistesss? –dijo Ana, exagerando la ese– “¿corasssones?”.

A pocos metros otra leyenda llamó su atención:

Cristina: te recuerdan tu esposo, higos y nietos.

–¿Higos? ¿Los higos recuerdan a Cristina? –dijo Ana, enojada.

Lo que terminó de ponerla frenética fue su propia tumba en la que una placa decía:

En memoria de Ana de Quintana, que nos encenió todo lo que savemos. Sus ex alunos que tanto la lioran.

–¡Ahhhh! –fue el grito de Ana, que les puso los pelos de punta a los muertos y vivos de diez kilómetros a la redonda.

Eran las siete de la mañana. En ese momento el encargado del cementerio, Héctor Funes, tomaba té con el sepulturero, Héctor Pozos, y el vendedor de flores, Héctor Clavel.

–Un muerto ha entrado en cólera –anunció sombrío Héctor Funes quien, como encargado del cementerio, sabía todo lo que se puede saber sobre los muertos.

Héctor Pozos se puso pálido.

Héctor Clavel saltó a su bicicleta y no dejó de pedalear hasta llegar a su casa.

Mucho se habló sobre la desagradable sensación experimentada por todos en la ciudad, pero mucho más se dijo en los días siguientes, cuando comenzaron a registrase extraños sucesos...

Un quinto grado fue perseguido por un libro de gramática. A una niña le pareció en la panza la leyenda: Las palabras terminadas en aba se escriben con b. Un señor en cuya casa había un cartel que decía: Electrisidad, fue perseguido por una plancha que trató de quemarle las nalgas.

La ciudad estaba bajo los efectos del pánico. Nadie entendía a qué se debían los ataques paranormales.

Los únicos que tenían un plan eran los Héctores.

Héctor Funes, Héctor Pozos y Héctor Clavel estaban preocupados porque ya casi nadie visitaba el cementerio.

Un día los Héctores compraron pinceles, pinturas y una edición usada de Dudas y errores frecuentes del idioma castellano. Durante una jornada se dedicaron a corregir los errores en las lápidas y una noche, sin que nadie los viera, acarrearon baldes y una escalera por toda la ciudad hasta corregir todos los carteles con errores.

Al principio la gente observó con extrañeza las correcciones, pero reaccionó con más temor cuando una maestra dijo:

–¡Es el fantasma de Ana Maidana de Quintana! Sólo ella podría hacer algo así.

Los tres Héctores juraron que nunca contarían la verdad.

Ana volvió a la tumba y se quedó tranquila. Con el tiempo la gente volvió a visitar el cementerio.

Pero para los Héctores las cosas ya no volvieron a ser como antes: cada vez que veían un error no podían dejar de corregirlo.

¿Y si quisiéramos corregir lo que está mal escrito en la calle? Tengan un cuaderno a la mano y vayan anotando lo que encuentren.

43. EI toro que ganó una apuesta

Hace muchos años, cuando Brahmadatta era rey de Benarés, en la India, había un campesino que tenía un toro muy fuerte. El dueño estaba muy orgulloso del animal y presumía a todos los que se encontraba la fuerza del toro.

Un día fue a una aldea y gritó en la plaza:

–Apuesto mil monedas de plata a que mi toro puede jalar cien carretas.

Todos se rieron y dijeron:

–Muy bien. Trae tu toro y le amarraremos cien carretas a ver si las puede mover.

Así, el campesino trajo su toro a la aldea y enfrente de una gran multitud lo amarraron a las carretas. Entonces el dueño lo golpeó con un palo y le dijo:

–¡Muévete, flojo! ¡Jala con fuerza, bruto!

Pero al toro nunca le habían gritado así y no se movió. Ni los golpes ni los insultos lo hicieron jalar las carretas.

Finalmente, el dueño tuvo que pagar la apuesta y se regresó con tristeza a su casa. Allí se sentó y se quejó en voz alta:

–¿Por qué mi toro tan fuerte hizo eso? Muchas veces ha llevado cargas más pesadas con facilidad. ¿Por qué me avergonzó delante de toda la gente?

Esa noche, cuando fue a darle de comer al toro, éste le dijo:

–¿Por qué me golpeaste hoy? Nunca me habías dado de palos antes. ¿Por qué me insultaste y me llamaste flojo y bruto? Jamás me habías maltratado.

El campesino le contestó:

–Nunca más te volveré a maltratar. Siento mucho haberte apaleado e insultado. Jamás lo volveré a hacer. Perdóname.

–Muy bien –dijo el toro–. Mañana llévame a la aldea y jalaré las cien carretas para ti. Siempre has sido un buen amo... hasta hoy. Mañana recobrarás lo que perdiste.

Al siguiente día el campesino alimentó muy bien al toro y le colgó una guirnalda de flores en el pescuezo. Cuando llegaron a la aldea todos se rieron al tiempo que le decían:

–¿Vienes otra vez a perder tu dinero?

–Hoy les apuesto dos mil monedas de plata a que mi toro puede jalar cien carretas –dijo el dueño...

Así trajeron las

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