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Enviado por   •  12 de Mayo de 2014  •  23.224 Palabras (93 Páginas)  •  325 Visitas

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La Perla

Kino se despertó casi a oscuras. Las estrellas lucían aún y el día solamente había tendido un lienzo de luz en la parte baja del cielo, al este. Los gallos llevaban un rato cantando y los madrugadores cerdos ya empezaban su incesante búsqueda entre los leños y matojos para ver si algo comestible les había pasado hasta entonces inadvertido. Fuera de la casa edificada con haces de ramas, en el plantío de tunas, una bandada de pajarillos temblaban estremeciendo las alas.

Los ojos de Kino se abrieron, mirando primero al rectángulo de luz de la puerta, y luego a la cuna portátil donde dormía Coyotito. Por último volvió su cabeza hacia Juana, su mujer, que yacía a su lado en el jergón, cubriéndose con el chal azul la cara hasta la nariz, el pecho y parte de la espalda. Los ojos de Juana también estaban abiertos. Kino no recordaba haberlos visto nunca cerrados al despertar. Las estrellas se reflejaban muy pequeñas en aquellos ojos oscuros. Estaba mirándolo como lo miraba siempre al despertarse.

Kino escuchaba el suave romper de las olas mañaneras sobre la playa. Era muy agradable, y cerró, los ojos para escuchar su música. Tal vez sólo él hacía esto o puede que toda su gente lo hiciera. Su pueblo había tenido grandes hacedores de canciones capaces de convertir en canto cuanto veían, pensaban, hacían u oían. Esto era mucho tiempo atrás. Las canciones perduraban; Kino las conocía, pero sabía que no habían seguido otras nuevas. Esto no quiere decir que no hubiese canciones personales.

En la cabeza de Kino había una melodía' clara y suave, y si hubiese podido hablar de ella, la habría llamado la Canción Familiar.

- Su manta le cubría hasta la nariz para protegerlo del aire desagradablemente húmedo. Sus ojos se movieron al oír un rumor a su lado. Era Juana levantándose casi sin ruido. Descalza se acercó a la cuna de Coyotito, se inclinó sobre él y pronunció una palabra de cariño. Coyotito miró un momento hacia arriba, cerró los ojos y volvió a dormirse.

Juana fue hacia el fogón, extrajo un tizón y lo aireó para reavivarlo mientras dejaba caer sobre él algunas astillas.

Kino se había levantado envuelto en su manta. Deslizó los pies en sus sandalias y salió a ver la aurora.

Al traspasar la puerta se inclinó para rodear mejor sus piernas con el borde de la manta. Veía las nubes sobre el Golfo como hogueras en el firmamento. Una cabra se acercó a él resoplando y -mirándolo con sus ojos fríos y ambarinos. A su espalda el fuego de Juana llameaba lanzando flechas de luz entre las rendijas de la pared de ramaje y haciendo de la puerta un cuadro de luz oscilante. Una polilla lo atravesó en busca del fuego. La Canción Familiar sonaba ahora detrás de Kino, y su ritmo era el de la muela de piedra que Juana movía para triturar el grano de las tortas matinales.

El alba llegaba rápida ya, un destello, un relámpago y luego una explosión ígnea al surgir el sol del fondo del Golfo. Kino miró al suelo para librar sus ojos del resplandor. Oía el batir de la masa de las tortas y su aroma sobre la batea del horno. En el suelo las hormigas se apresuraban, divididas en dos castas: grandes y relucientes, pequeñas y parduscas, mucho más veloces. Kino las observó con la indiferencia de un dios mientras una de las pequeñas trataba frenéticamente de, escapar a la trampa de arena que una hormiga-león había preparado para ella.

Un perro flaco y tímido se aproximó y a una suave llamada de Kino se acurrucó, colocó el extremo de la cola sobre sus patas y apoyó delicadamente su hocico sobre una estaca hundida en el suelo. Era negro, con manchas amarillentas donde debiera tener las cejas. Aquella era una mañana como otras y sin embargo perfecta entre todas. Oyó el leve crujir de las cuerdas al sacar Juana a Coyotito de su cuna, lavarlo y envolverlo en su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino podía ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja canción que sólo tenía tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto también formaba parte de la Canción Familiar, como todo. A veces llegaba a ser un acorde doloroso que ponía nudos en la garganta, musitando: «esto es certeza, esto es calor, esto lo es TODO».

Al otro lado de la empalizada había otras casas de ramas, de las que también salía humo y los rumores previos al desayuno, pero aquellas eran otras canciones, los cerdos otros cerdos, las esposas unas distintas de Juana. Kino era joven y fuerte y su cabello - negro caía sobro su morena frente. Sus ojos eran cálidos y fieros y su bigote exiguo y áspero. Libró su nariz de la manta, porque el aire oscuro y venenoso había huido y la luz dorada del sol caía sobre la casa. Junto a la cerca dos gallos se encaraban con las alas combadas y las plumas del cuello erizadas. Su lucha era torpe; no eran gallos de pelea. Kino los miró un momento y luego sus ojos se alzaron hacia una bandada de palomas silvestres que se dirigían hacia las montañas, al interior, recogiendo luz sobre sus cuerpos blancos. El mundo ya estaba despierto, y Kino se incorporó y entró en su choza.

Cuando atravesó la puerta, Juana estaba en pie, algo apartada del centelleante fogón. Devolvió a Coyotito a su cuna y empezó a peinarse la negra cabellera hasta formar dos trenzas a cuyos extremos ató dos cintas verdes. Kino se agachó junto al hogar, extrajo una tortilla caliente, la mojó en salsa y se la comió. Luego bebió un poco de pulque y dio por terminado su desayuno, el único que había conocido exceptuando los días de fiesta y un increíble banquete de pastelillos que había estado a punto de matarlo. Cuando Kino hubo acabado, Juana regresó al fuego y desayunó. En una ocasión habían hablado, pero no hay necesidad de palabras cuando se actúa por hábito. Kino suspiraba satisfecho, y ésta era suficiente conversación.

El sol caldeaba la cabaña, atravesando sus paredes discontinuas. Uno de los delgados rayos cayó sobre la cuna de Coyotito y las cuerdas que la sostenían.

Fue un instante en que dirigieron sus miradas a la cuna, y entonces ambos se quedaron rígidos. Por la cuerda que sostenía el lecho infantil en la pared un escorpión descendía lentamente. Su venenosa cola estaba extendida tras él pero podía encogerla en un segundo.

La respiración de Kino se hizo silbante y tuvo que abrir la boca para impedirlo. Su expresión había perdido el aire de sorpresa y su cuerpo ya no estaba rígido. A su cerebro acudía una nueva canción, la Canción del Mal, la música del enemigo, una melodía salvaje, secreta, peligrosa, bajo

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