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Las Chicas De Alambre


Enviado por   •  22 de Octubre de 2013  •  4.854 Palabras (20 Páginas)  •  444 Visitas

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LAS CHICAS DE ALAMBRE

Jordi Sierra i Fabra

A Marcel, que casi me «obligó» a escribir esta novela.

La belleza puede ser la gloria o la ruina de una persona.

Depende de quién la lleve, de cómo la lleve, de cómo la utilice o a quién se la regale.

I

Aquel día me dormí.

Había estado trabajando hasta tarde, terminando un artículo no demasiado brillante sobre la moratoria para la caza de ballenas y el hecho de que noruegos y japoneses se la pasaran por el forro cuando les convenía. Me caen bien las ballenas. Pero el problema es que cuando algo me afecta, pierdo la visión periodística, dejo de ser objetivo, tomo partido y entonces... acabo escribiendo panegíricos bastante densos. Ideales para los boletines informativos de Greenpeace o de Amnistía Internacional, pero no para una revista.

Aunque la dueña sea tu propia madre.

Por esa misma razón, ese día, al despertar a las diez de la mañana, me quedé sin aliento.

No por ser Paula Montornés la propietaria y directora de Z.I. tienes más privilegios que los demás o puedes hacer lo que te dé la gana.

Me aseé, duché y vestí en diez minutos. Ni siquiera desayuné. Dejé mi desordenado apartamento a la carrera —es tan pequeño que cualquier cosa fuera de sitio ya crea sensación de desorden y caos— y llegué a la redacción pasadas las diez y media, porque no quise saltarme ningún semáforo pese a preferir la moto por razones obvias. La primera sonrisa de la mañana me la dirigió Elsa, sentada como siempre al frente de su mesa en forma de media luna, debajo del logotipo de la revista inserto en la pared situada a sus espaldas. Nos llevábamos bien. Bueno, aunque Elsa sea la recepcionista de Z.I., lo cierto es que me llevo bien con todas las recepcionistas y telefonistas que conozco. Son la clave para acceder a sus jefes, para que te digan si están o no están, o a qué restaurante van a ir a comer o cenar. Ellas, y las secretarias. Un buen periodista debe saber eso.

—Buenos días, Jon —me deseó, antes de darme directamente la noticia—: Tu madre quiere verte ya mismo.

Me olí la bronca. Mamá es de las que aterriza en la oficina a las nueve en punto. Como un reloj.

Ella no actúa «fuera», claro. Ya no ha de tomar aviones, ni quedar con gente que vive Lejos, ni...

— ¿Cuándo ha dado la orden de busca y captura?

—Hace una hora. Y la ha repetido hace veinte minutos.

Eso era mucho. Me la iba a ganar. Despedirme, no podía despedirme, pero casi.

Ni siquiera fui a mi mesa. Tampoco tenía nada para dejar en ella. Mientras caminaba en dirección al Sacrosanto Templo Central de la casa, le dejé el disquete con el artículo a Mariano, el Hombre Para Todo. No tuve que decirle nada. Ya lo tenía metido en el ordenador antes de que yo diera tres pasos más.

Llamé a la puerta del despacho de mi madre y, tras abrirla, metí la cabeza, sin esperar una respuesta procedente del interior. Ahí sí tengo privilegios. Una vez, al morir mi padre, ella me dijo: «Mi puerta estará siempre abierta para ti, hijo. Recuerda que soy tu madre.»

Y nunca lo he olvidado.

Estaba de pie, apoyada sobre la pantalla luminosa, examinando unas diapositivas con su buen ojo profesional. Ya sabía que era yo, porque no se movió. Me aproximé a ella. Las diapositivas eran del último Premio Nobel de Literatura en su casa.

Desde luego, en Zonas Interiores no somos nada convencionales.

—Hola, mamá —suspiré, como si acabase de salir de un atasco de mil demonios—.

Siento...

Levantó una mano. Señal inequívoca de: «No me cuentes rollos que me los sé todos»

Me cortó en seco.

De todas formas, me di cuenta de que no estaba enfadada, sólo ansiosa.

Y cuando mi madre se pone ansiosa, es por algo de trabajo. Y si me afecta a mí, es que voy a tenerlo, y en serio. Muy en serio.

— ¿Te gusta ésta?

El Premio Nobel de Literatura estaba sentado en una butaca, con una cara de úlcera sangrante total. Me pregunté por qué no se lo daban a gente más simpática. Y también por qué no estaban ellos más contentos después del Nobel. Aunque aquel hombre, los millones, ya no iba a poder gastárselos, seguro. Así que a lo mejor estaba con esa cara por ese detalle. Me habría gustado ver la de sus hijos, hijas, nietos, nietas...

—No irá en portada, ¿verdad?

— ¿Estás loco?

Nuestra revista es de actualidad, y seria, pero en portada tratamos de poner cosas con gancho.

—Entonces, sí. Está bien.

Dejó la diapositiva a un lado, apagó la luz de la pantalla, recogió su bastón, apoyado en la pared de la derecha, y cubrió la breve distancia que la separaba de su mesa, como siempre atiborrada de papeles. Mi madre tiene cincuenta años, exactamente el doble que yo, pero la cojera no guarda relación alguna con la edad. La pierna derecha le quedó casi destrozada en el mismo accidente de coche en el que perdió la vida mi padre.

Esperé a que se sentara en su butaca.

Lo hizo, se apoyó en el respaldo, juntó las yemas de sus dedos y me miró a los ojos.

— ¿Recuerdas a Vania?

Así que era eso.

—Claro, ¿cómo no iba a acordarme de ella? Creo que no saqué su póster de mi habitación hasta hace tres o cuatro años.

—Lo recuerdo —asintió con la cabeza sonriendo, evocando el último tiempo en el que, como un buen hijo no emancipado, aún viví con ella.

—No me digas que ha reaparecido.

—No, y de eso se trata —dijo Paula Montornés, recuperando todo su carácter de directora—. Dentro de un par de meses hará diez años que desapareció sin dejar rastro.

Diez años ya. Es un buen momento para desenterrar el

...

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