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World Of Warcraf - The Lord Of The Clans. Version Español


Enviado por   •  11 de Septiembre de 2011  •  10.681 Palabras (43 Páginas)  •  941 Visitas

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EL SEÑOR DE LOS CLANES

(Serie: "WarCraft", vol.02)

Christie Golden

2002, Lord of the Clans

Traducción: Manuel de los Reyes

Prólogo

Acudieron cuando los llamó Gul'dan, aquellos que habían consentido (no, insistido) en vender sus almas a las tinieblas. En su día, al igual que Gul'dan, habían sido entes de profunda espiritualidad. En su día, habían estudiado el mundo natural y el lugar que ocupaban los orcos en él; habían aprendido de las bestias del bosque y de los campos, de las aves del cielo, de los peces de los ríos y los océanos. Y habían formado parte de ese ciclo, ni más, ni menos.

Ya no.

Antes fueron chamanes, ahora eran brujos, habían catado apenas el poder, como una minúscula gota de miel en la lengua, y les había sabido muy dulce. Así pues, su ansia se había visto recompensada con más poder, y más aún. El propio Gul'dan había estudiado bajo la tutela de su señor Ner'zhul, hasta que el alumno hubo superado al maestro. Aun cuando hubiera sido gracias a Ner'zhul que la Horda se había convertido en la abrumadora e imparable oleada de destrucción que era en la actualidad, Ner'zhul no había tenido el coraje de continuar. Sentía debilidad por la nobleza inherente de su pueblo. Gul'dan carecía de tales remilgos.

La Horda había exterminado todo lo que se podía exterminar en este mundo. Estaban perdidos sin una vía de escape por la que descargar su sed de sangre, y comenzaban a volverse unos contra otros, clan contra clan en un desesperado intento por aplacar los brutales anhelos que ardían en sus corazones. Era Gul'dan el que había encontrado un nuevo objetivo sobre el que concentrar la candente necesidad de muerte de la Horda. No tardarían en aventurarse en un nuevo mundo, lleno de presas frescas, fáciles y ajenas a la amenaza. La sed de sangre se tornaría febril, y la Horda salvaje necesitaba un consejo que la guiara. Gul'dan iba a liderar ese consejo.

Asintió a modo de saludo cuando entraron; sus ojos, pequeños y encendidos, no perdían detalle. Llegaron de uno en uno, acudían igual que bestias a la llamada de su amo. A él.

Se sentaron a la mesa, los más temibles, los más respetados y odiados de todos los clanes orcos. Algunos eran horrendos, puesto que habían pagado el precio de sus conocimientos arcanos con algo más que sus almas. Otros permanecían impolutos, dotados de cuerpos fuertes y compactos de tersa piel verde ceñida sobre músculos torneados. Asi lo habían solicitado al firmar el pacto tenebroso. Todos eran sanguinarios, sagaces, y no se detendrían ante nada con tal de amasar más poder.

Pero ninguno era tan sanguinario como Gul'dan.

--Los pocos aquí reunidos --comenzó Gul'dan, con su voz ronca-- somos los más poderosos de nuestros clanes. Sabemos lo que es el poder. Sabemos cómo obtenerlo, cómo emplearlo y cómo conseguir más. Hay quienes comienzan a hablar contra alguno que otro de los nuestros. Ese clan desea regresar a sus raíces; aquel está cansado de asesinar a infantes indefensos. --Sus carnosos labios verdes se curvaron en un rictus de desdén--. Esto es lo que ocurre cuando los orcos se ablandan.

--Pero, gran señor --dijo uno de los brujos--, hemos acabado con todos los draenei. ¿Qué nos queda por matar en este planeta?

Gul'dan sonrió, tensando sus gruesos labios sobre los enormes y afilados dientes.

--Nada. Pero nos aguardan otros mundos.

Les contó el plan, solazándose en la chispa de codicia que prendió en los ojos de los congregados. Sí, saldría bien. Ésa sería la organización de orcos más poderosa de todo los tiempos, y a la cabeza de dicha organización no habría nadie más que Gul'dan.

--Nosotros constituiremos el consejo que dicte el son al que haya de bailar la Horda --concluyó--. Cada uno de vosotros es un poderoso portavoz. Sin embargo, el orgullo orco es tal que no deben saber quién es el verdadero señor aquí. Que crean que blande su hacha de batalla porque así lo desea, y no porque se lo ordenamos nosotros. Seremos un secreto. Seremos los que caminan en la sombra, el poder que crece cuanto mayor sea su invisibilidad. Seremos el Consejo de las Sombras, y no habrá nadie que conozca nuestra fuerza.

Empero, algún día, y no muy lejano, habría alguien que la conocería.

_____ 1 _____

Incluso las bestias tenían frío esa noche, pensó Durotan. Con gesto ausente, estiró el brazo hacia el lobo que era su compañero y rascó a Diente Afilado entre las orejas. El animal gruñó, agradecido, y se acurrucó junto a él. Lobo y caudillo orco observaron cómo caía la silenciosa nieve, enmarcada por la moldura ovalada que constituía la entrada de la cueva de Durotan.

Antaño, Durotan, caudillo del clan del Lobo de las Heladas, había conocido el beso de climas más apacibles. Había blandido su hacha a la luz del sol, con los ojos entornados para protegerlos del resplandor sobre el metal y de las salpicaduras de sangre humana. Antaño, había sentido afinidad por todo su pueblo, no sólo por los miembros de su clan. Se habían erguido hombro con hombro, como una oleada verde de muerte que se vertía por las laderas de las colinas para tragarse a los humanos. Se habían saciado juntos ante las hogueras, habían atronado con sus risotadas, habían narrado relatos de sangre y conquistas mientras sus hijos dormitaban cerca de las brasas moribundas, con las cabecitas llenas de escenas de carnicería.

Mas ahora, los pocos orcos que constituían el clan del Lobo de las Heladas tiritaban aislados en su exilio en las gélidas montañas Alterac de aquel mundo alienígena. Sus únicos amigos eran los enormes lobos blancos. Eran muy diferentes de los gigantescos lobos negros sobre los que habían cabalgado los congéneres de Durotan, pero un lobo seguía siendo un lobo, daba igual el color de su pelaje; la paciencia y la determinación, sumadas a los poderes de Drek'Thar, les habían ganado el afecto de las bestias. Ahora, orco y lobo cazaban juntos y se proporcionaban calor el uno al otro durante las interminables noches nevadas.

Un ruido apagado proveniente del corazón de la cueva consiguió que Durotan se diera la vuelta. Su semblante severo, compuesto en un perpetuo rictus de tirantez

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