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Una Vara De Oro En Navidad (Cuento Infantil)*


Enviado por   •  7 de Septiembre de 2011  •  1.893 Palabras (8 Páginas)  •  2.053 Visitas

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Por: Nora B. Balvín Lazo

La pequeña Sheila correteaba gozosa por las campiñas de Chunán como si presintiera que en la cercana Noche Buena sus padres por fin le darían el gran regalo que ella esperaba. Cantaba, saltaba y cogía las florecillas del campo, murmurándoles sus pensamientos y colocándoselos coquetamente en toda su cabecita. También solía hablarle a sus cinco carneritos como si fueran cómplices de sus travesuras, llamándolos graciosamente a cada uno por sus peculiares nombres; mientras que shaki, su perrito casi siempre llenaba su hambre con agua, hasta inflar su tierna pancita, haciéndole muchas veces rodar en vez de caminar. La casita familiar era pobre y humilde y estaba cerca al bosque de champalino en el que ella también solía jugar. Yona era su hermanito menor y junto a él, nunca perdieron las esperanzas de que en esa Navidad si llegase aquella vara de oro que siempre soñaron ver, pues Tata Mañu, hacía mucho tiempo les había contado que en épocas de lluvia, el trueno destellante, bravo y furibundo, siempre traía consigo una vara de oro, que cuando caía al suelo rompía la tierra y se incrustaba en ella con mucha fuerza, haciendo temblar a todo el gran valle. El viejo Tata era muy conocido, y siempre llegaban distintas gentes a la humilde casita, reclamando por sus sabios consejos.

Los hermanitos recordaban mucho aquella vez en que una pareja de esposos del pueblo de las legendarias ruinas de Tunanmarka, llegaron rogando ser atendidos por el famoso Tata. La joven pareja contó que hace algunas semanas estaban pastando sus animales en las punas cercanas, hasta finalizar la tarde, presentándose de improviso una torrencial lluvia acompañada de granizos y estruendosos truenos, poniendo nerviosa a la esposa, quien con el afán de guarecerse en algún lugar, bajaba presurosa de entre los peñascos que por allí abundaban, en donde sin darse cuenta pisó una piedra muy caliente que tenia apariencia de haberse reventado recién y estaba abierta como una flor y de la cual salían ligeras pero largas humaredas, derritiendo en segundos casi toda la suela del humilde zapato de la mujer y quien a pesar de lo ocurrido, tenia el pie izquierdo intacto. Pero los problemas vendrían después de algunas semanas, cuando la joven esposa a pesar de no haber tenido quemaduras en aquel pie, siempre se quejaba que le ardía espantosamente por dentro, empezando a encogerse y a desaparecer sus dedos poco a poco, causándole deformidades muy dolorosas, que no la dejaban dormir muchas noches. Ni bien terminaron de contar lo sucedido, Tata Mañu exclamó diciendo:

- Hija! Eso es malo, muy malo! Seguro has pisado un pedazo de la piedra cuando todavía la vara estaba adentro! ¡La vara es muy celosa!... Alertó el abuelo

El viejo sabio sabía que lo que ella tenía era muy peligroso y que incluso la pobre mujer podía no sólo perder el pie, pues ese mal avanza carcomiendo y deformando todo el cuerpo hasta hacerte morir. Pero él, con el afán de no preocuparla más, sólo atinó a decirle:

- Ya no llores!, sé que eso duele mucho, pero yo con las hierbas poderosas de esta tierra, haré que te cures de este mal que te aqueja!.

Y así lo hizo, pues pronto aquella señora se recuperó, creciendo así mucho más la fama del sabio Tata Mañu, quien tan sólo con untarle el machacado de varias hierbas de la zona y haciéndole beber del zumo de algunas de las plantas medicinales, la hizo sonreir de nuevo, al ver que nuevamente los dedos de su pie enfermo crecían. Logrando así el viejo detener ese peligroso mal.

Los pequeños siempre pedían a Tata Mañu que les contara más acerca de esa misteriosa y mágica vara de oro, pues había calado mucho en las fantasías de los curiosos hermanitos. Y en una esas noches, luego de que el viejo abuelo terminara de curar a aquella señora, continuo contándoles que cierto día cuando él era aun joven, caminaba solitario por las alturas del pueblo de Tunanmarca, cuando a lo lejos divisó muchas ruinas, llamando su atención, por lo que decidió acercarse, y cuando ya estaba muy cerca de ellas, su curiosidad le hizo entrar a una de aquellas angostas casitas circulares, quedando maravillado por lo que había visto en su interior:

- ¡Eran preciosas mariposas de todas las clases, de todos los tamaños y de todos los colores que se puedan imaginar!... Exclamó casi lloroso el emocionado abuelo, recordando lo sucedido aquella vez, y asegurándoles que no había espacio en las paredes de piedra de las ruinosas chulpas, que no cubrieran la hermosura de aquellas mariposas:

- ¡No sabía que hacer, quería tocarlas pero algo me impedía que lo hiciera! ¡Quería traérmelas, pero eran tantas y todas tan lindas que no sabía por cual empezar!... Replicaba el viejo con el dolor que le producía la impotencia del recuerdo de aquel momento.

- ¡Salí como un loco de aquella casita de piedra! ¡Quería buscar a alguien por el lugar que me ayudara a sacarlas y llevármelas a mi casa para mostrárselo a Mama Tuñe, mi amorosa abuela, pues en ese entonces ya era huérfano!... Seguía contando el viejo.

Pero al percatarse que no había nadie por ese lugar, presuroso regreso a la chulpa ruinosa, pero vio que ya nada era igual, pues ya no estaban las hermosas mariposas:

- ¡No podía creer que se hayan ido! ¡Pensé que me había confundido de chulpa, porque había tantas por allí y todas igualitas! ¡Quería llevarme unas cuantas mariposas a mi casa

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