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CALIDAD DE VIDA Y MEDIO AMBIENTE COMO DERECHO FUNDAMENTAL


Enviado por   •  30 de Noviembre de 2013  •  16.423 Palabras (66 Páginas)  •  340 Visitas

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CALIDAD DE VIDA Y MEDIO AMBIENTE

COMO DERECHO FUNDAMENTAL

1. PRESUPUESTOS GENERALES DEL PRECEPTO

Hace cincuenta años, el haber asignado a los derechos fundamentales un doble cometido: el concretar y garantizar las libertades existentes y el establecer el horizonte emancipatorio a alcanzar. Dentro de esta segunda función de los derechos fundamentales se encuadra el reconocimiento en nuestro texto constitucional del derecho a la calidad de la vida a través de una adecuada protec¬ción del medio ambiente. Es obvio que tal derecho no puede concebirse más que como una aspiración o meta, cuyo logro exige importantes transformacio¬nes culturales y socioeconómicas.

En el curso de estos últimos años pocas cuestiones han suscitado tan amplia y heterogénea inquietud como la que se refiere a las relaciones del hombre con el medio ambiental en el que se halla inmerso, que condiciona su existencia y por el que, incluso, puede llegar a ser destruido. Debe, por tanto, considerarse un rasgo de sensibilidad y apertura al signo de los tiempos el que nuestra Cons¬titución proclame, desde su mismo Preámbulo, la voluntad de «asegurar a todos una digna calidad de vida». Este principio programático cuyo valor interpreta¬tivo es innegable, en cuanto supone una «declaración solemne de intención que formula colectivamente el poder constituyente», tiene su específico desarrollo en el texto del artículo 45. Dicho artículo aparece así íntimamente vinculado con los valores guía o fundamentales (Grundwerte) de la Constitución. En tal sentido, su significación prioritaria no puede contemplarse al margen del mode¬lo de sociedad que la Constitución quiere promover.

1.1. ASPECTOS DE LA FORMACIÓN HISTÓRICA DE LA TEMÁTICA MEDIOAMBIENTAL.

Si bien, como se ha dicho, la preocupación colectiva por el medio ambien¬te constituye un rasgo definitorio de nuestra época, la tensión hombre-natura¬leza ha sido una constante en las diversas etapas de la evolución cultural. Duran¬te milenios la existencia y el pensamiento humano se han desarrollado en relación necesaria con la naturaleza. No en vano el hombre ha encontrado en su medio natural el punto de referencia para sus posibilidades de acción transfor¬madora. Es más, desde las etapas iniciales de la historia el hombre acude a la naturaleza para una mejor comprensión de su propia dimensión social. Así, el período cosmológico de la filosofía griega supuso la proyección de las ideas de orden y regularidad de los fenómenos de la naturaleza, a la explicación del orden social humano. Al tiempo que en un período inmediatamente posterior —el antropológico— se intentó comprender la naturaleza a través de la expe¬riencia organizativa de la convivencia político-social. Naturaleza y sociedad van a formar, por ello, una unidad inseparable cuyas manifestaciones externas fluctuarán de acuerdo con el desarrollo de los sistemas económicos de produc¬ción, las formas de organización social y la evolución de los conocimientos científicos y técnicos.

Se ha interpretado el Renacimiento como una vuelta a la clásica dialéctica armonizadora entre la naturaleza y la cultura. De igual modo que en el si¬glo XV ni el término «naturaleza» pasó a ser, gracias a la obra de Rousseau, una especie de moneda ideal de amplia circulación intelectual con la que se enjui¬ciaron los más diversos aspectos de la cultura, así como las instituciones socia¬les y políticas. Conviene advertir que las tesis de Rousseau no postularon una vuelta a la vida salvaje, como equivocadamente ha insinuado una larga tradi¬ción interpretativa que parte de Voltaire. Más bien, lo que Rousseau vislumbra es «una cultura que con sus medios —de los que ya no podía hacerse abstracción en la historia— reestableciera a un nivel superior el estado natural de igualdad entre los hombres, su vida armónica en común, su felicidad en ello basada, su común sensibilidad moral». Su obra anticipa, por vez primera, que «el progreso civilizatorio empuja a los hombres al envilecimiento si no persi¬gue el objetivo de reestablecer con sus medios la naturaleza para, albergados por ella, armónicamente reconciliados con ella, llevar una vida de concordia y de sentido común siempre presente».

La plurisecular tensión entre naturaleza y sociedad se resolverá en términos de abierta contradicción cuando la revolución industrial y la concepción positi¬vista del progreso conciban el dominio e incluso la destrucción o la negación de la naturaleza como la empresa más significativa y propia del hombre. Los resultados de tal planteamiento constituyen ahora motivo de preocupación coti-diana. El expolio acelerado de las fuentes de energía, así como la degradación y contaminación del medio ambiente, han tenido su puntual repercusión en el hábitat humano y en el propio equilibrio psicosomático de los individuos. De ahí ha surgido la convicción, en los ambientes más sensibilizados hacia esta problemática, de que la humanidad puede estar abocada al suicidio porque, como l'apprenti somier, con un progreso técnico irresponsable ha desencade¬nado las fuerzas de la naturaleza y no se halla en condiciones de controlarlas.

En estas coordenadas debe situarse la aparición de la inquietud ecológica. El término «ecología» fue acuñado, a mediados del pasado siglo, por el biólo¬go Ernst Haeckel para designar a la ciencia del hábitat, dirigida al estudio de las relaciones de los animales con el ambiente inorgánico y orgánico que con¬diciona sus modos de existencia. La ecología fue configurándose paulatina-mente como una disciplina bidimensional cuyo objeto se halla constituido, de un lado, por la biosfera o medio ambiente natural que constituye el soporte de la vida y, de otro, por los ecosistemas o relaciones y procesos dinámicos de interacción entre el medio natural y los organismos vivos a los que sirve de soporte. La ecología ha adquirido especial relieve para las ciencias sociales, en su rama de ecología humana, al analizar los procesos a través de los cuales el hombre puede modificar el equilibrio de los ecosistemas, con las consi¬guientes repercusiones para el ambiente y el propio desarrollo de la vida huma¬na. La ecología representa en la actualidad el marco global para un renovado enfoque de las relaciones entre el hombre y su entorno, que redunde en una uti¬lización racional de los recursos energéticos y sustituya el crecimiento desen¬frenado en términos puramente cuantitativos, por un uso equilibrado de la naturaleza que haga posible la calidad de la vida.

Al margen de algunas denuncias premonitorias sobre la necesidad de limi¬tar el crecimiento de la población y la explotación

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