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La belleza y lo grotesco a partir del cuerpo discursivo

paopalacioshTrabajo18 de Noviembre de 2015

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La belleza y lo grotesco a partir del cuerpo discursivo.

Bello, feo, sublime, grotesco, atractivo, hermoso, desagradable, grato, repulsivo, atrayente, repugnante, cautivador, deforme…

La belleza se nos define como la propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad está presente en la naturaleza y en las obras artísticas y literarias.

Lo grotesco en cambio encontramos que engloba  a lo ridículo, extravagante, irregular, grosero y de mal gusto.

Ahora bien ¿Cómo delimitamos lo bello de lo grotesco?

El cuerpo es nuestra condición de estar en este mundo. El cuerpo es el mediador, comunicador y creador de sociabilidades. Tiene conciencia de sí y del entorno que lo rodea. El cuerpo se fusiona con el mundo y el mundo se amalgama en el cuerpo.

El cuerpo se concibe como lugar simbólico de comunicación y de escritura en donde se registran representaciones, imágenes y metáforas que evocan más de lo que en realidad se dice. La narración de los cuerpos nos puede revelar las prácticas colectivas que constituyen la historia del existir humano.

El cuerpo no puede considerarse sin su dimensión afectiva y pasional, pero tampoco es posible considerarlo sin su configuración simbólica, estética y política.

El cuerpo es, ante todo, un comunicador primordial de prácticas y usos complejos, el recipiente de experiencias y memoria cultural. Son los esquemas mentales del uso del cuerpo los que inculcan cualidades morales.

El desprecio religioso e ideológico del cuerpo ha constituido una de las más grandes herejías de la cultura occidental.

El judaísmo y el cristianismo lo han concebido como  origen del mal. El cuerpo es la “cárcel del alma” y representa el deseo, el instinto, la vacilación, la enfermedad y la muerte.

Lo grotesco  es aquello que proporciona esa risa compulsiva, que no deja de ser miedo y perturbación frente a lo que no encaja en nuestra mentalidad, la cual suele estar limitada a unos pocos esquemas.

Lo grotesco no tiene una sola lectura, sino que su visión es cambiante en el tiempo, haciendo que lo rechazable en un momento pueda estar dotado de belleza en otra época. La estética es siempre ambivalente y la belleza subjetiva, la frontera entre repulsión y atracción, suele ser muy fácil de traspasar. 

Lo grotesco forma parte de nuestro ADN, y esa interiorización es precisamente la que nos hace reírnos de lo más esperpéntico, de lo más monstruoso, en todo caso, es siempre algo que altera nuestra normalidad. Por eso lo grotesco siempre ha formado parte de lo humano.

En nuestra actual sociedad, alabadora de una cierta belleza, de una “juventud” impuesta, enemiga de las arrugas, la gordura, ¿dónde está lo grotesco? Quizás más bien en ese intento posmoderno de esconder la decrepitud del ser humano, precisamente en una época donde la decrepitud ocupa una parte importante de nuestra existencia.

El saber que se ha entregado a través de distintos medios, es el del consumo y la subjetivación del valor estético del cuerpo por sobre todo los otros valores que en él están inmersos (valor simbólico, cultural, religioso, etc.). Incluso, se ha establecido un consumo de los discursos corporales; los cuerpos deben ser bellos, saludables, bronceados, delgados, jóvenes. Ha ocurrido un traslado del término de belleza hacia el plano físico; la definición de belleza se ha impregnado de marketing, pues esta pasa a representar un capital simbólico que puede adquirirse, perderse o incluso comprarse.

Existe un tipo de consumo que toma al cuerpo como su objetivo, imponiendo unas normas. Y este tipo de prácticas, de atención y culto al cuerpo, se ha entendido como una nueva forma de consumo, paradojalmente llamado consumo cultural.

El cuerpo como construcción cultural, en esta época, dentro de la concepción occidental hay que manipularlo para venderlo. Es un objeto palpable que posee influencia y por lo tanto se lo comercializa. 

Pensar desde el cuerpo es concebirlo como un escenario de representaciones que se plasman en palabras, en escritura, en imágenes. Comprender al cuerpo es comprender la escritura, aprehender el cuerpo es aprisionar la literatura. El cuerpo está escrito, tiene letra. El cuerpo pone de manifiesto al otro, ese otro que es un cuerpo aprehendido, un discurso.

En el intento por dominar el mundo a través de la abstracción y la generalización, los occidentales parecemos haber olvidado que todo lenguaje, pensamiento y comunicación tienen su origen en el cuerpo.

Cuerpo y palabra han sido supliciados, torturados, desmembrados, subordinado a minuciosos mecanismos y disciplinas que les imponen signos, los cercan y los marcan.

El cuerpo, dice David Le Breton, es una “materia simbólica”, una “construcción social y cultural”, es un “inagotable reservorio del imaginario”  las prácticas y atributos de los seres humanos no están consignados en su estado corporal sino que están regidos por imaginarios acerca del cuerpo del hombre y de la mujer.

Las funciones y representaciones del cuerpo, están moldeadas y dispuestas por su contexto histórico cultural. “El cuerpo metaforiza lo social y lo social metaforiza al cuerpo”, continúa Le Breton y agrega “el cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí mismo”.

Al reflexionar sobre diversas propuestas estéticas sobre la representación del cuerpo encontramos diferentes líneas de pensamiento: por un lado es decir que el cuerpo se convierte en la expresión material de una razón universal que permite generalizar y articular este modelo con las posturas que leen el mundo desde una perspectiva de oposiciones binarias y limitantes.

Por otro lado, podemos aproximarnos al cuerpo desde una postura histórica que surge desde la desconstrucción de los valores impuestos por “las verdades absolutas” y universales. Esto permite que entendamos el cuerpo como un elemento más de los constructos culturales y de los valores simbólicos con que pretendemos organizar el mundo y nuestro entorno.

De forma que, como nos relacionamos con el cuerpo, e incluso como lo significamos, está subordinado a momentos históricos precisos, con espacio social, sexo, clase, raza y una serie de variables dentro de las cuales el individuo se inscribe principalmente a través del lenguaje.

Si hacemos un análisis crítico de la historia, podemos darnos cuenta de que ésta acontece a través del ejercicio permanente entre los cuerpos, los contextos y el entorno. El cuerpo humano, siendo entidad viviente, con funciones muy particulares genera una interacción contante con sus semejantes y el entorno que lo rodea. Esto determina que el punto de vista que se tiene del cuerpo esté en constante cambio y evolución. Pero precisamente ¿cómo, dónde, quién y por qué empezó el interés por el cuerpo?

En Occidente arrastramos el lastre de una excesiva separación de lo corporal y lo espiritual (mental, anímico). La visión occidental se queda en este cuerpo, y lo ve como objeto en sí, lo estudia como parte de la realidad objetiva. El cuerpo es sólo la

expresión o reflejo de otro gran misterio, un misterio mayor, trascendente, reflejo de otra realidad.

Pertenecemos a un extraordinario conjunto de cuerpos que existen en sí y que conforman una colectividad establecida.

La sociedad medieval, con la ideología cristiana como motor principal, establece una dicotomía: por un lado el cuerpo exaltado y glorificado, por otro, como sinónimo de pecado. Tal era el desprecio por el cuerpo que limpiarlo equivalía a agraviar el alma.

A partir del surgimiento de la cultura de la imagen todas las miradas y cuidados confluyen en el cuerpo, que únicamente se valida y se aprecia por la mirada del otro. El cuerpo generalizado, estandarizado y sometido en sus formas resulta además, un cuerpo fragmentado.

Cada contexto sociocultural influye en la forma de sentir el propio cuerpo, de percibirse a sí mismo y a los otros y en la manera de representarlo.

La idea de lo corporal como vehículo, instrumento de comunicación y encuentro, ronda constantemente todas las imágenes grotescas.

Todo lo que induce a manifestar la comunicación entre los cuerpos o un posible no-acabamiento de éstos, es literalmente borrado de la expresión. La fecundación, el embarazo, el alumbramiento y el proceso metabólico no dejan huellas en los nuevos cuerpos perfectos, inmutables, sin fallas ni fisuras. El nuevo cuerpo, aislado y confinado, solitario y cerrado, hace eco a los valores propios del egoísmo burgués. Sólo se muestra en aquella edad preferida donde se está más alejado tanto del seno materno como de la tumba. Los signos que manifiestan presentan un sentido único, la muerte es sólo muerte y no coincide jamás con el nacimiento, la vejez está separada de la vida  y todo aquello que el cuerpo realiza tiene un sentido individual y exterior.

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