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LA VIEJA EXCUSA DE ESPERAR LA VOLUNTAD DE DIOS

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Enviado por   •  17 de Junio de 2018  •  Síntesis  •  4.625 Palabras (19 Páginas)  •  8 Visitas

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lA VIEJA EXCUSA DE ESPERAR LA VOLUNTAD DE DIOS

de Dante Gebel, el El Martes, 20 de julio de 2010 a las 12:09

Conozco a un amigo que tiene todas las cualidades y aptitudes para hacer algo en realidad grande con su vida para el reino de Dios. Mirándolo desde afuera, puedo darme cuenta de lo que podría alcanzar con todo el talento y el potencial que posee. No obstante, cada vez que nos vemos me dice lo mismo desde hace años: «Estoy esperando la confirmación de que estoy en la perfecta voluntad de Dios».

Mientras algunos seguimos avanzado, él siempre permanece en el mismo sitio. Los años van pasando para ambos, sin embargo, mi amigo continúa pedaleando en una bicicleta fija.

*****

Desde hace un tiempo, he tenido la necesidad de hablar en cada una de mis conferencias acerca de toda la falacia que se ha generado en derredor de lo que llamamos «la voluntad de Dios». Por supuesto, yo creo en ella y estoy convencido de que no podemos hacer nada fuera de los designios de Dios, pero es preocupante ver a tantos miles que se quedan varados en alguna estación de la vida porque están esperando que la voluntad de Dios los alcance. Como consecuencia, nunca llegan a su destino.

La Biblia es nuestro manual espiritual, y allí podemos ver de manera clara cómo manejarnos en la vida y qué podemos esperar de nuestro futuro. Así que cuando nos dedicamos con ahínco a descubrir nuestro destino y nuestro propósito en la vida, no estamos haciendo otra cosa que descubriendo la voluntad de Dios para nosotros. Por eso recalco que el destino no es aquello que alguien puede forjarse o inventarse, sino lo que una persona logra descubrir. Un descubrimiento es algo que ya existía, solo que un buen día damos con ello.

La mayoría de las personas no logran descubrir la razón por la cual Dios quiso que nacieran, y por lo tanto, nunca logran estar en el centro de la voluntad de Dios.

Hasta aquí no hay discusión. La voluntad de Dios es tu destino y viceversa, y nos toca a nosotros encontrarlo y seguirlo hasta el fin de nuestros días.

El problema surge cuando mistificamos nuestro caminar diario a un punto tal que queremos pasar por ese mismo tamiz las decisiones que no admiten discusión y, en ocasiones, ni siquiera oración. Así es, lo escribiré de nuevo: algunas cosas ni siquiera admiten oración (sé que esto último puede sonarte fuerte, pero antes de despedazar este libro y quemarlo en una hoguera, permíteme seguir avanzando).

Por ejemplo, todos sabemos que debemos alimentarnos a diario, bañarnos y respirar. Sin embargo, a nadie se le ocurriría pensar cada mañana: «No sé si sea la voluntad de Dios que hoy me bañe, desayune y respire, no haré ninguna de las tres cosas a menos que Dios me lo confirme».

Mis hijos saben que mientras vivan con nosotros y sean menores de edad, deberán cumplir ciertas normas de la casa. Si ellos quieren quedarse mirando televisión más allá de la hora estipulada, deben preguntarnos. Lo mismo ocurre si van a salir a algún sitio o piensan hacer algo fuera de lo habitual. No obstante, a ninguno de ellos se le ocurriría preguntarme si es mi voluntad que durante la semana vayan al colegio. O si es mi deseo que desayunen esa mañana o no me ofende que vayan al baño cuando tengas ganas de hacerlo.

Todos sabemos qué hacer al levantarnos sin la necesidad de preguntarle a alguien más.

Sin embargo, conozco a mucha gente que tienen tal temor de hacer algo incorrecto y fuera de lo que ellos creen que es «la voluntad de Dios», que ni siquiera hacen lo que se supone que les corresponde hacer.

Una vez despedimos a un empleado de nuestra compañía por razones de incompatibilidad con lo que nosotros estábamos necesitando. De pronto nuestra productora accedió a otros niveles de compromiso y responsabilidad, y consideramos que este muchacho no estaba a la altura de las circunstancias.

Luego de varios meses de haberse ido, nos enteramos de que aún continuaba sin trabajo. Nos sorprendimos bastante, ya que no dudábamos de su capacidad, pero luego hablamos con su esposa y nos comentó que hacía siete meses que él no tenía empleo porque se levantaba todas las mañanas a orar para que Dios le mostrara «cuál era la compañía que estaba en el centro de su voluntad», así que hasta que el Señor no se lo dijera no se iba a mover de la casa, pues no quería equivocarse.

La cosa es que las deudas casi acaban con su hogar y su matrimonio. Él creía que a causa de su oración, Dios enviaría a algún empresario o dueño de compañía a golpear la puerta de su casa y decirle: «No sé quién eres, pero Dios me dijo que te contratara». Por supuesto, eso nunca ocurrió, y al final, lleno de frustración, tuvo que trabajar en cualquier cosa diferente a su profesión para tratar de aliviar algunas de sus deudas. Y es que no podemos pensar que debemos preguntarle a Dios si tenemos que salir a buscar empleo o quedarnos en casa hasta que llegue.

Comprendo que vivimos en un mundo globalizado, pero confieso que me enerva ver a algunos jóvenes que no tienen empleo desde hace meses, los cuales, cuando les pregunto qué están haciendo al respecto, me responden: «Ya mandé mi hoja de vida por la Internet a varias empresas, ahora solo me resta orar y esperar en el Señor a que alguien me llame».

Déjame decirte que a menos que seas Robert De Niro y estés esperando que un director de Hollywood te envíe el guión de su próxima película, las posibilidades de que alguien te llame son una en miles. Comprendo que en la actualidad eso es lo que se estila, y que también es bueno orar, pero recuerda que Dios bendice al que se esfuerza.

Cuando era más joven, siempre que iba a buscar empleo sabía que un papel no podía reflejar lo que yo era o hablar por mí. Sabía que la gracia y el favor de Dios estaban sobre mi persona, no sobre mi hoja de vida. No ignoraba que un buen currículum podía ser un buen complemento, pero sin importar si era el número cien en la lista de candidatos, siempre decía: «Solo necesito cinco minutos con el jefe de la compañía y sé que me contratará». Mi lema era: «El favor de Dios está conmigo, así que cuando me vea y me escuche, sentirá la necesidad de contratarme».

Oraba la noche anterior, me levantaba a las cuatro de la madrugada, compraba el periódico para ver los ofrecimientos de empleo, y estaba formado allí afuera poco antes de las cinco, antes de que amaneciera.

Así ha sucedido con todo lo que hemos emprendido a lo largo de nuestra vida. Cuando enviábamos una solicitud para rentar algún estadio o comisionaba a algún asistente para que llevara a cabo la tarea, las respuestas solían ser vagas o negativas. No obstante, cuando me decidía a ir en persona, bastaban cinco o diez minutos para que obtuviéramos lo que queríamos. Esto es resultado de tener el favor de Dios sobre nuestra vida. Lo mismo nos ha sucedido cuando he tenido que reunir miles de dólares para un proyecto, solicitar un préstamo o buscar el apoyo de alguien para una nueva visión.

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