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La Realidad


Enviado por   •  6 de Mayo de 2012  •  2.104 Palabras (9 Páginas)  •  444 Visitas

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El cursor yace parpadeando, solitario, perdido entre un inmenso mar plasmático de color blanco. Lo único que tiene la cuartilla, en su extremo superior derecho, es mi nombre completo y la materia que curso. Después, el título del ensayo: ¿Cómo percibo mi realidad? Sin duda, una pregunta compleja. Comienzo a juguetear, primero, con una nueva pregunta en mi mente: ¿Qué es la realidad? Posteriormente, presa de un escepticismo “trillado” por películas como la saga de Matrix, Videodrome o Donnie Darko, pasé a preguntarme si la realidad, de hecho, existe como tal, o si se trata tan sólo de un “gran cuento”, de un mito magnánimo, creado por cada uno, que vive prisionero en los recovecos de la mente. Y concluyo de tajo, que la realidad existe, si no de forma holística, única y general, sí en una percepción personal. Mi realidad es una lectura constructiva de mi entorno, en base al procesamiento de un conjunto de discursos sociales, hegemónicos y fluctuantes, que determinan socialmente lo que es la realidad de todos, la realidad objetiva.

Si bien, coincido con Berger y Luckman , al respecto de que hay una “gran construcción” de la realidad, lo que el post estructuralismo francés llama “el metarrelato del imaginario colectivo”, también soy partidario de que para cada uno, la realidad es una deconstrucción personal de los discursos que abandera esa “gran realidad objetiva”. A través de la racionalización, profunda o limitada, de lo evidente, o de aquello que se hace evidente a través de los órganos de poder, en una comunidad determinada (saberes hegemónicos), se llega a la realidad propia. Los medios de comunicación masiva, por ejemplo, como portavoces de la “realidad social” formulada por las élites de poder, construyen a través de referentes específicos –líderes de opinión, modos de vestimenta, “slangs” o “jergas” de lenguaje- varias realidades arquetípicas, que bien pueden adecuarse a distintas circunstancias personales o comunales, que son a su vez, nuevos constructores de la realidad individual.

Considero, que la realidad de cada persona es la suma de lo que en ella impregnan, los discursos de aquellos que la rodean, su situación económica y religiosa, su contexto social inmediato, su carga tradicional a nivel nación, y aquellos descubrimientos personales que haga a lo largo de su vida –aficiones, autoconcepción, preferencia sexual, profesión, entre otros, que se eligen o son determinados por órganos de poder, dependiendo de la sociedad en que se viva-. La realidad personal no puede eludir a la social, sino que constituye una extraña mezcla, una especie de palimpsesto, de los discursos sociales, según el impacto de los mismos en el individuo. No me considero un conductista (behaviorismo), porque no concluyo que un ser humano es, en su totalidad, la respuesta lógica, a la acción de su entorno inmediato (el juego “input-output ”). No congenio con la “tabula rasa” de Da Quincey o Locke , que estipulaba que el ser humano al nacer, toma de su entorno, todo lo que conformará su identidad, su realidad personal. Esas posturas me resultan demasiado objetivistas. No dotan al individuo de capacidad de juicio, de una aptitud crítica. Pero no descarto que, en la formación de la realidad personal, las realidades colectivas del entorno, representen un gran porcentaje del acto, tal vez, lo correspondiente a una parte mayoritaria. Me agrada encontrarme en el punto medio entre el funcionalismo, que concibe al individuo como una máquina que deglute discursos, consume y produce, y la llamada teoría de la acción racional (RTC: Rational Choice Theory), de autores como Talcott Parsons o John Nash (la “teoría de los juegos”), que gustan de bosquejar un individuo autodeterminado. Me considero lacaniano , como uno de mis analistas predilectos del “mass media”, Slavoj Zizek Para mí, el ser humano es como un espejo. “Refleja” las realidades de otros, pero conformando en sí mismo, una “nueva realidad”, un nuevo reflejo que se separará de los demás, en función del grado en que cada uno, adquiera conciencia sobre su contexto, reflexione sobre las realidades que lo circundan, y forme su propio criterio.

La famosa frase, cada uno es el arquitecto de su propio destino, es relativa. La autodeterminación, la decisión, la aptitud crítica, sólo serían posibles si todos los seres humanos construyeran su realidad a partir de lo que en economía se denomina caeteris paribus, es decir, “igualdad de condiciones”. Si todos los entornos, oficios, contextos políticos, religiosos, sociales y económicos, fuesen iguales; si existiera una “cultura hegemónica” como tal –que pretende ser la estadounidense-occidental, pero que no puede sucumbir ante la “tropicalización” o “adaptación” de la misma, en otros territorios-, podrían cuestionarse y criticarse los discursos hegemónicos, fácilmente. Bastaría con conocer sencillamente a un “leviatán”, a un solo “establishment” (cadena de discursos que, según Luhmann, determinan una realidad social ), para hacer una crítica de él. Pero lo cierto es que, no hay una “gran realidad única”, sino tantas realidades comunales, y por encima de eso, individuales, que me parece simplista creer en la libertad plena del individuo. Creo más, que el individuo posee “rangos de acción” o “de decisión”. Si bien no pudo elegir en qué cuna nació o en qué sociedad, sí puede autodeterminar su devenir, mediante la racionalización adecuada de su entorno. El problema es que la “libertad” y la decisión, no son gratuitas. Conllevan un costo de oportunidad tan grande en ocasiones, que delimitan nuestra libertad a la “no decisión” o a la pasividad. Llamémosle cobardía, o temor al alto precio de la libertad, como le decía Fromm , pero en ocasiones, parece que los seres humanos les convendría más el “no ser enteramente libres”. Aplicando este postulado a mi realidad personal, me remito de inmediato a mi relación con mis padres. Soy un muchacho mexicano, de clase media. Mis padres han solventado mis gastos desde que tengo uso de razón, y aún hoy, a mis veintiún años, lo siguen haciendo. El hecho de que mantengan mis gastos, les otorga a mis padres el “derecho subjetivo” de ser, a lo largo de mi vida, figuras de autoridad. Mis padres se empoderan al erigirse como mis benefactores, y yo, al gustar de su manutención, les otorgo ese derecho. Por mi edad, podría “emanciparme” y vivir sin las reglas paternales.

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