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LA ÚLTIMA PREGUNTA: EL TEMOR DE DIOS

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Enviado por   •  14 de Septiembre de 2017  •  Informes  •  3.391 Palabras (14 Páginas)  •  19 Visitas

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LA ÚLTIMA PREGUNTA: EL TEMOR DE DIOS

 Aunque sólo sea una hipótesis, ¿es útil el concepto de un Dios personal que nos cuida? Porque simplemente pensar en renunciar al concepto de Dios me da mucho miedo. ¿Por qué te da miedo renunciar al concepto de Dios? Evidente— el concepto de Dios te está impidiendo tener miedo. En cuanto renuncias a él, empiezas a tener miedo. Es una especie de protección psicológica, eso es lo que es. Es inevitable que un niño tenga miedo. En el vientre de la madre no tenía miedo. Nunca he oído decir que a un niño que está en el vientre de su madre se le ocurra ir a la sinagoga, a la iglesia, leer la Biblia, el Corán o el Gita; ni siquiera le interesa si existe Dios o no. No puedo imaginarme que un niño en el vientre de su madre tenga algún interés por Dios, el demonio, el cielo o el infierno. ¿Para qué? Ya está en el paraíso. Las cosas no podrían ser mejor de lo que son. Está absolutamente protegido, en una casa cálida y agradable, flotando en una sustancia nutritiva. Y te sorprenderás: en proporción, durante esos nueve meses el niño crece más de lo que crecerá en los próximos noventa años. En nueve meses hace un largo viaje, de no ser casi nada se convierte en un ser. En nueve meses pasa a través de millones de años de evolución, desde los comienzos hasta ahora. Pasa a través de todas las fases. La vida es absolutamente segura: no tiene que buscar trabajo, no tiene miedo de pasar hambre; el cuerpo de su madre lo hace todo. Vivir durante nueve meses estando tan seguro en el vientre de la madre, provoca un problema que ha dado origen a vuestras supuestas religiones. Cuando el niño sale del vientre de la madre, lo primero que siente es miedo. Es lógico. Ha perdido su casa, ha perdido su seguridad, sus alrededores, ha perdido todo lo que conocía como su mundo, y es expulsado a un extraño mundo, del cual no sabe nada. Tiene que empezar a respirar por su cuenta. Al niño le cuesta unos segundos reconocer el hecho de que ahora tiene que respirar por su cuenta, la respiración de su madre no le va a servir. Para despertar sus sentidos, el médico le coloca boca abajo y le da una palmada fuerte en el trasero. ¡Vaya comienzo! ¡Vaya bienvenida! A consecuencia de esa palmada, empieza a respirar. ¿Has observado alguna vez que cuando tienes miedo se altera tu respiración? Si no lo has observado antes, hazlo ahora. Siempre que tienes miedo, tu respiración se altera automáticamente. Y cuando estás tranquilo, en casa, sin miedo a nada, notarás que tu respiración es armónica, se tranquiliza profundamente, se vuelve más silenciosa. En meditación profunda, a veces sientes como si se hubiese detenido tu respiración. No se detiene, pero casi. Al principio un niño tiene miedo a todo. Durante nueve meses estaba en la oscuridad, y en el moderno hospital donde va a nacer, hay deslumbrantes tubos de luz por todas partes. Para sus ojos, para su retina que nunca ha visto la luz, ni siquiera la luz de una vela, esto es demasiado. Esta luz es demasiado violenta para sus ojos. Y el médico no tarda ni unos segundos en cortar la conexión que todavía le une a su madre, su última esperanza de seguridad... y un ser tan diminuto. Sabes perfectamente que no hay nadie más impotente que una criatura humana, en toda la existencia no hay ninguna criatura tan impotente. Por eso los caballos no han inventado la hipótesis de Dios. A los elefantes ni siquiera se les ha ocurrido el concepto de Dios, no lo necesitan. La cría del elefante empieza a andar y a explorar el mundo inmediatamente. No está tan desvalida como la criatura humana. En realidad, te asombrarás de que haya tantas cosas supeditadas a la impotencia de una criatura humana: tu familia, tu sociedad, tu cultura, tu religión, tu filosofía... todo está supeditado a la impotencia de las criaturas humanas. Los animales no tienen familias por el simple hecho que la criatura no necesita a los padres. El ser humano tuvo que tomar partido por un sistema. El padre y la madre tienen que estar juntos para cuidar al niño. Es la consecuencia de su aventura amorosa, tienen que hacer ese esfuerzo. Pero si se dejase sola a una criatura humana, igual que hacen muchos animales, no te puedes imaginar que vaya a sobrevivir; ¡es imposible! ¿Dónde encontrará la comida? ¿A quién se la va a pedir? ¿Qué va a pedir? ¿Es posible que haya llegado demasiado pronto? Algunos biólogos creen que la criatura humana nace prematuramente —nueve meses no son suficientes—, puesto que está tan desvalida al nacer. Pero el cuerpo humano está hecho de tal forma que la madre no puede cargar con el hijo más de nueve meses, si no, ella se moriría y su muerte sería la muerte del niño. Se ha calculado que si el niño pudiese estar en el vientre de la madre durante tres años por lo menos, quizá no sería necesario que hubiese un padre, una madre, una familia, una sociedad, una cultura, un Dios y un sacerdote. Pero el niño no puede estar en el vientre de la madre durante tres años. Esta extraña situación biológica ha afectado al comportamiento humano, a su pensamiento, a la estructura de la familia, de la sociedad; y eso es lo que ha provocado el miedo. La primera experiencia del niño es el miedo, y la última experiencia del hombre es el miedo. Si lo ves desde el punto de vista del niño el nacimiento también es como una especie de muerte. Vivía en un determinado mundo y estaba absolutamente satisfecho. No necesitaba nada de nada, no tenía afán de tener nada más. Simplemente, estaba disfrutando de ser, de crecer... y, de repente, es expulsado. Para el niño, ésta es una experiencia de muerte: la muerte de todo su mundo, de su seguridad, de su acogedora casa. Los científicos dicen que todavía no hemos sido capaces de inventar una casa tan acogedora como el útero. Lo hemos intentado, todas nuestras casas son intentos de reproducir esa acogedora casa. Hemos intentado hacer incluso camas de agua que nos den la misma sensación. Tenemos bañeras calientes; cuando te tumbas en ellas puedes tener una sensación parecida a la del niño. Los que realmente saben darse un baño de agua caliente, le añaden sal, porque el útero de la madre es muy salado, tiene tanta sal como el agua de mar. Pero ¿cuánto tiempo puedes vivir en una bañera? Tenemos tanques de aislamiento que no son más que una búsqueda del vientre que perdiste. Sigmund Freud no era un iluminado, en realidad, estaba un poco loco, pero a veces los locos también cantan bellas canciones. A veces tiene buenas ideas. Por ejemplo, cree que cuando un hombre hace el amor con una mujer no es más que un esfuerzo para regresar al útero. Quizá tenga algo de razón. Este hombre está loco, la idea parece traída por los pelos pero, aunque un hombre como Sigmund Freud esté loco, hay que escucharle atentamente. Siento que hay algo de verdad en ello: la búsqueda del útero, el mismo conducto del que salió... No puede llegar al útero, es verdad. Después, empezó a inventar todo tipo de cosas; empezó a hacer cuevas, casas, aviones. Si te fijas en el interior de un avión... no sería extraño que un día la gente flotara en los aviones dentro de bañeras de agua caliente salada. El avión puede darte exactamente la misma sensación, pero no será satisfactoria. El niño no conoce ninguna otra cosa. Intentamos hacerlo igual de acogedor: aprietas un botón y llega la azafata. Lo hacemos todo lo cómodo que sea posible, pero no podemos hacerlo tan cómodo como el útero. Ni siquiera tenías que apretar un botón. Recibías alimento incluso antes de tener hambre. Antes de necesitar aire, ya lo habías recibido. No tenías ninguna responsabilidad. Cuando el niño sale del útero materno, si es que siente algo, debe sentirlo como una muerte. No puede sentirlo como un nacimiento, es imposible. Ésa es nuestra opinión —la opinión de los que estamos fuera—, decimos que es su nacimiento. Y la segunda vez, llega un día después de una vida llena de esfuerzos... Ha conseguido hacer algo, una pequeña casa, una familia, un pequeño círculo de amigos, un poco de calor, un rincón en algún lugar del mundo donde poder relajarse y ser él mismo, donde le aceptan. Es complicado... toda una vida de esfuerzos y, de repente un día, se encuentra con que le vuelven a expulsar. El médico vuelve otra vez, ¡es el hombre que le pegó! Pero aquella vez era para que empezara a respirar; esta vez, que nosotros sepamos... Ahora estamos de este lado, no conocemos el otro lado. El otro lado queda para la imaginación; por eso está el Cielo y el Infierno... la imaginación está desenfrenada. Estamos de este lado y el hombre se está muriendo. Para nosotros se está muriendo, pero quizá esté volviendo a nacer. Esto sólo lo puede saber él, no puede volver para decirnos: «No os preocupéis; no estoy muerto, estoy vivo. » No podía volver al vientre de su madre para dar un último vistazo y decirle adiós a todo el mundo, ahora tampoco puede volver, abrir los ojos, despedirse de todo el mundo y decir: «No os preocupéis. No me estoy muriendo, estoy volviendo a nacer. » El concepto hindú de la reencarnación no es más que una proyección del nacimiento corriente. Para el útero —si el útero pensase— el niño está muerto. Para el niño —si el niño pensara— es morirse. Pero nace; no se está muriendo sino que es su nacimiento. Los hindúes han proyectado la misma idea sobre la muerte. Desde este lado parece que se está muriendo, pero desde el más allá... Pero el más allá es nuestra imaginación; no podemos convertirlo en lo que nos gustaría. Cada religión describe el más allá de un modo distinto, porque cada sociedad y cada cultura dependen de una geografía diferente, una historia diferente. Por ejemplo: los tibetanos no piensan que el más allá sea fresco, les da miedo incluso un lugar fresco, es imposible que haga frío. Los tibetanos piensan que el muerto está caliente en un nuevo mundo donde siempre hace calor. Los indios no piensan que siempre hace calor. Cuatro meses de calor en India ya son demasiados, pero una eternidad de calor... ¡te cocerías! No conocían el aire acondicionado, pero la forma en que describen su paraíso es como si tuviese aire acondicionado: aire fresco, ni caliente ni frío, sino fresco. Siempre es primavera, la primavera hindú: florecen todas las flores, el aire está lleno de fragancias, los pájaros cantan, todo está vivo; pero el aire no es caliente, sino fresco. Nos lo recuerdan una y otra vez, circula un aire fresco. Nuestra mente es la que está proyectando este concepto; de lo contrario, no sería diferente para los tibetanos, los hindúes y los musulmanes. Los musulmanes no conciben que el otro mundo sea un desierto; han sufrido mucho en el desierto arábigo. El otro mundo es un oasis, un gran oasis. No es que después de atravesar cien kilómetros te encuentres un pequeño oasis con un poco de agua y unos cuantos árboles, no, hay oasis en todas partes, y no hay desierto. Proyectamos, pero para la persona que se está muriendo, es el mismo proceso que ya experimentó una vez. Es un hecho sabido que a la hora de su muerte, si la persona no está inconsciente, si no está en coma, empieza a recordar toda su vida. Vuelve hasta el primer momento de su vida cuando nació. Aparentemente, es importante echar un vistazo a todo lo que ha sucedido antes de dejar este mundo. En unos pocos segundos recorre todo el calendario como si fuera una película. El calendario avanza deprisa, porque en una película de dos horas tienen que pasar muchos años... si el calendario se moviese al ritmo habitual, estarías sentado en el cine casi dos años, ¿quién sería capaz de soportarlo? No, el calendario sigue avanzando, las fechas van cambiando deprisa. En la hora de la muerte va incluso más rápido. En un instante pasa toda la vida y se detiene en el primer momento. Se vuelve a producir el mismo proceso... la vida ha dado la vuelta completa. ¿Por qué quería que recordarais esto? Porque tu Dios no es más que el miedo del primer día que sigue estando hasta el último momento, cada vez se hace más grande. Por eso una persona joven puede ser atea, puede permitirse ser atea, pero a medida que se va haciendo mayor, se vuelve más difícil ser ateo. Si, cuando se está acercando a la tumba, cuando está con un pie en la tumba, le preguntas: «¿Sigues siendo ateo?», te dirá: «Lo estoy pensando mejor», a causa del miedo... ¿qué va a pasar? Todo su mundo está desapareciendo. Tú me dices: «En cuanto pienso en renunciar al concepto de Dios, tengo miedo. » Esto es señal de que estás reprimiendo el miedo con la roca del concepto de Dios, cuando apartas la roca, surge el miedo. Si surge el miedo, quiere decir que tienes que afrontarlo; el taparlo con el concepto de Dios no te servirá. No puedes volver a tener fe, ha sido destruida. No puedes tener fe en Dios, porque la duda es una realidad y la fe es una ficción. La ficción no puede estar por encima de los hechos. Dios seguirá siendo una hipótesis para ti; tu oración no servirá de nada. Sabes que es una hipótesis, no puedes olvidarte de esto. Cuando has oído una verdad, es imposible olvidarla. Ésta es una de las características de la verdad: que no necesitas recordarla. La mentira debe ser recordada continuamente; te puedes olvidar. La persona que esta acostumbrada a mentir necesita tener más memoria que la que está acostumbrada a decir la verdad, porque una persona sincera no necesita tener memoria. Si dices la verdad no necesitas recordar nada. Pero si mientes, tienes que recordar constantemente, porque le has dicho una mentira a una persona, otra mentira a otra persona, y otra mentira a otra. Tienes que clasificar en tu mente y recordar qué le has dicho a quién. Siempre que surge una pregunta sobre una mentira, tienes que volver a mentir, es una sucesión de mentiras. La mentira no cree en el control de la natalidad. La verdad es célibe, no tiene hijos; en realidad, no está casada. Cuando comprendes que Dios no es más que una hipótesis creada por los sacerdotes, los políticos, la elite del poder, los pedagogos... y todos los que quieren que sigas siendo un esclavo psicológico, todos los que tienen algún interés en que sigas siendo esclavo... Quieren que sigas teniendo miedo, que estés temblando en tu interior, porque si no tienes miedo, eres peligroso. Puedes ser una persona cobarde, que tiene miedo, que está dispuesta a someterse, a rendirse, una persona que no tiene dignidad, una persona que no respeta su propio ser... o puedes no tener miedo. Pero entonces serás un rebelde, no podrás evitarlo. O bien eres un hombre de fe, o bien eres un espíritu rebelde. Las personas que no quieren que seáis rebeldes —porque vuestra rebeldía va contra sus intereses— , siguen imponiéndote y condicionando tu mente con el cristianismo, el judaísmo, el islamismo, el hinduismo; y tú sigues muerto de miedo en tu interior. Ése es su poder: cualquier persona que esté interesada en el poder, cuya vida no tenga otro interés más que el poder de gobernar, tiene muchas aplicaciones para la hipótesis de Dios. Si tienes miedo de Dios —y si crees en Dios tienes que tener miedo—, tendrás que respetar sus órdenes y mandamientos, su libro sagrado, su Mesías, su encarnación; tendrás que obedecerle a él y a sus representantes. En realidad, él no existe, sólo existen sus representantes. Es un asunto muy extraño. La religión es una de las cuestiones más extrañas. No hay jefe, pero hay mediadores: el sacerdote, el obispo, el cardenal, el Papa, el Mesías, toda la jerarquía, y por encima de todos ellos no hay nadie. Pero Jesús deriva su autoridad y su poder de Dios, es su único hijo encarnado. El Papa deriva su autoridad de Jesús, es su único representante verdadero, infalible. Y así continúa hasta el sacerdote más 65 Osho Coraje — La alegría de vivir peligrosamente modesto... pero Dios no existe; es tu miedo. Has pedido que inventaran a Dios porque no podías vivir solo. Eras incapaz de hacer frente a la vida, a su belleza, a sus alegrías, a su sufrimiento, a sus angustias. No estabas preparado para experimentarlas por tu cuenta sin que te protegiese nadie, sin alguien que hiciese de paraguas. Pediste un Dios porque tenías miedo. Y en todas partes hay estafadores. Si les pides algo te lo darán. Tendrás que renunciar a ese concepto de Dios que te ayuda a no tener miedo. Tendrás que ir a través del miedo y aceptarlo como una realidad humana. No tienes necesidad de escaparte de ello. Lo que necesitas es profundizar en ello, y cuanto más profundices en tu miedo, te darás cuenta que es menor de lo que crees. Cuando llegues hasta el fondo te reirás, no tienes nada que temer. Y cuando desaparece el miedo aparece la inocencia, y esa inocencia es el summum bonum, la esencia en sí del hombre religioso. Esa inocencia es poder. Esa inocencia es el único milagro que existe. Partiendo de la inocencia puede suceder cualquier cosa, pero no te convertirás en un cristiano ni en un musulmán. Por esa inocencia te convertirás simplemente en un ser humano, aceptando totalmente tu normalidad, y viviéndola con alegría, con agradecimiento hacia toda la existencia y no hacia Dios, porque es un concepto que te han dado los demás. Pero la existencia no es sólo un concepto. Está a tu alrededor, por dentro y por fuera. Cuando eres completamente inocente surge —no lo llamaré oración porque en una oración estás pidiendo algo, lo llamaré agradecimiento profundo— surge un profundo agradecimiento. No es que estés pidiendo algo, sino que agradeces lo que el ya te ha sido dado. Te han dado tanto. 'Lo merecías? ¿Te lo has ganado? La existencia te colma de tantas cosas que es feo pedir más. Deberías estar agradecido por lo que has recibido. Y lo más hermoso es que cuando estás agradecido, la existencia sigue colmándote de cosas. Es un círculo: cuanto más tienes, más agradecido estás; cuanto más agradecido estás, más recibes... y esto no tiene fin, es un proceso infinito. Pero recuerda, la hipótesis de Dios ha desaparecido; en el momento que lo llamas hipótesis, ya has renunciado al concepto de Dios. Tengas miedo o no, no puedes recuperar ese concepto; se ha terminado. Ahora sólo te queda un camino, examinar tu miedo. Adéntrate en él silenciosamente para descubrir su profundidad. A veces te darás cuenta de que no es demasiado profundo. Una historia: Un hombre que caminaba por la noche se resbaló de una roca. Creyendo que podía caerse miles de metros porque sabía que había un profundo valle, se agarró a una rama que colgaba encima de la roca. Lo único que podía ver por la noche es que estaba en un abismo sin fondo. Gritó; un eco respondió a su grito... no había nadie que le escuchara. Podrás imaginarte la noche de tortura que pasó este hombre. La muerte estaba al acecho en cada momento, sus manos se estaban enfriando, perdía la sujeción... y cuando empezó a salir el sol miró hacia abajo y se rió: no había ningún abismo. Diez centímetros más abajo había una roca. Podía haber descansado toda la noche, podía haber dormido bien —la roca era bastante grande—, pero esa noche había sido una pesadilla. A través de mi experiencia te puedo asegurar que el miedo no tiene más de diez centímetros. Pero todo depende de ti: puedes agarrarte a una rama y convertir tu vida en una pesadilla, o soltar la rama y valerte por ti mismo. No tienes nada que temer.

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