El mundo adulto no conoce la inocencia
GinnyPotter07Ensayo1 de Marzo de 2015
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El mundo adulto no conoce la inocencia.
7 años tenía cuando asistí al cine para presenciar por primera vez a una película de Harry Potter, en 2001 aún desconocía el titánico éxito con que se convertiría ese cuento mágico con una enorme franquicia que marcaría definitivamente un antes y un después en mí vida y sobretodo, uniría a toda una generación de jóvenes y adultos. Sin embargo, por aquellos años ya escuché alguna mención sobre estas aventuras del niño mago gracias al entusiasmo que desprendía mí hermano mayor, que en plena fiebre de GameBoy y Pokemón, mis padres eligieron bien en su cumpleaños con regalarle su primer libro en vez de su esperado videojuego, la decepción fue devastadora y mis padres le insistían que se leyera cada día un par de páginas, sin éxito. Un buen día, mi hermano cometió el error de mentirles para que le dejaran jugar a la consola afirmando que pudo terminar de leer aquel libro, mis padres, incrédulos o no, optaron por regalarle en su próximo cumpleaños los 3 siguientes libros que por aquel entonces eran los únicos que habían salido a la venta. Pero como si el devastador fuego del dragón hechizara la portada del 4to libro, mis padres consiguieron el resultado esperado, mi hermano ¡por fin! empezó a leer. La historia de mí hermano no es ninguna novedad, es probablemente un hecho que se a repetido en muchas familias y que colocaron las primeras semillas para que esta legendaria aventura creciera. Yo también me enamoré de la lectura y por supuesto de esta saga, pero no fue de la misma manera ni tampoco tan temprano. Así que regresamos a la sala de cine mencionada al inicio de mi personal relato, las luces se apagan, el logo de Warner Brothers lo memorizo y le reconozco un par de veces, primero, lanzando un teaser trailer de lo que sería una adaptación en carne y hueso de Scoby-Doo y después, entonando una mágica canción que inmortalizaría el fenómeno Pottérico. Las palpitaciones de mi corazón siguen el mismo ritmo de aquella melodía y mis ideas se difuminan con el arranque triunfal de la película, tenía plena confianza con mí hermano, mí ilusión por cruzar el prometedor andén 9 y ¾ confirmaba solamente una cosa: la nostálgica inocencia de mí niñez.
Se suele decir que con el desgaste del tiempo perdemos nuestra inocencia, solemos olvidarnos de nuestros sueños y terminamos por sucumbir en una vida gris y monótona. Solemos cuestionarnos que jamás volveremos a tener una vida tan sencilla, repleta de energía y felicidad como antaño. En partes es cierto, aquí y ahora entiendo la carta de despedida de mí antigua profesora de natación cuando era pequeño. En la carta destacaba sobretodo lo que aún tenía que mejorar y lo que había logrado a lo largo de todos aquellos años de enseñanza. Al final había dejado caer algunas últimas palabras que describían mí aptitud optimista por mejorar y mi incansable esfuerzo por superarme a mí mismo en cada fracaso. Confesaba que me recordaría como un niño especialmente feliz y sonriente y me recomendaba textualmente que “jamás permitiera que me borraran aquella sonrisa cuando fuera mayor”. Fue la primera vez que alguien había descrito mí sonrisa como una virtud que tendría que ir conservando a lo largo del tiempo como un tesoro. Quién me iba a decir que cuando cumpliera los 17 años necesitara reencontrarme con aquella carta del pasado, que sería tan significativa como para cambiar el rumbo de mí vida y de mí futuro, como si estuviera dentro de una obra detectivesca buscando pistas para resolver un caso. La vida es como una mezcla de infinitos libros, películas y melodías, historias de una gran diversidad de géneros e intenciones que buscan ser descubiertas y completadas, palabras que empiezan y terminan como también sonidos que se repiten y se liberan, pero que nunca cesan ni descansan. De todos los infinitos que te puedas encontrar, solamente las que
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