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Calidad De La Educacion


Enviado por   •  19 de Agosto de 2011  •  7.478 Palabras (30 Páginas)  •  387 Visitas

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Este artículo, que forma parte de un libro, inédito aún, dirigido a comprender cómo alcanzar la calidad de los aprendizajes tan deseada por los educadores, tiene la intención de situar la problemática en el contexto actual, analizando las condiciones que favorecen e impiden el logro de este propósito. Se hace un llamado de alerta para transformar la situación que hoy prevalece en las escuelas a partir de la adopción de verdaderos cambios en nuestros sistemas de educación y no fijados en meras reformas.

Palabras claves: aprendizaje, educación, calidad, reforma educativa.

S

i alguien pretende comprender las razones por las cuales los aprendizajes, que se generan a diario en los millones de seres que habitamos este planeta, no logran alcanzar toda la efectividad deseada, debe comenzar por ubicar, en primer lugar, el contexto en el cual se producen las diferentes situaciones de aprendizajes.

El escenario general: la llamada sociedad postmoderna, postindustrial, globalizada,... establece ciertas exigencias o requerimientos nuevos para el aprendizaje, diferentes a las que existían unos años atrás. En estos ámbitos hoy se emplean términos como “sociedad de la información”, “sociedad del conocimiento”, “sociedad del aprendizaje” (Pozo, 1996) para caracterizar la nueva época histórica. La sociedad actual se ha hecho más exigente en cuanto a las demandas de conocimientos y destrezas que exige a sus ciudadanos. Un mundo de cambios acelerados requiere de nuevos aprendizajes, y la posibilidad de disponer de múltiples saberes alternativos en cualquier dominio del conocimiento humano, plantea la necesidad de lograr una integración y relativización del conocimiento que no puede seguir siendo sustentada en la tradicional forma de aprender por simple reproducción.

Hoy, como nunca antes, asistimos a un mundo laboral que requiere de una formación permanente y un reciclaje profesional como consecuencia del cambiante mercado del trabajo en el que nos insertamos: un mercado flexible, e incluso impredecible, que unido al acelerado cambio de las tecnologías obliga al trabajador a estar aprendiendo, de manera continua, cosas nuevas.

Igualmente, y para complicar más las cosas, fuera del ámbito laboral y escolar el aprendizaje se extiende hacia muchos otros entornos de la vida social: se aprenden nuevas recetas de cocina para sustituir ingredientes de los que no se dispone o simplemente porque hemos conocido una manera más saludable de alimentarnos; se aprende a conducir una bicicleta como solución a los problemas del transporte urbano; en los ratos de ocio, se puede aprender a cultivar ciertas especies de plantas, a jugar fútbol o a practicar yoga. En fin, son tantas y tan diversas las cosas que hoy se aprenden que podríamos afirmar que nuestra cultura ha extendido la necesidad de aprender hasta dimensiones nunca antes imaginadas, y estas demandas no cesarán.

La exigencia de aprendizajes continuos y con carácter masivo es uno de los rasgos más visible que define a la sociedad moderna, al punto de que la riqueza de un país no se mide ya en términos de los recursos naturales disponibles sino de sus recursos humanos, su capacidad de aprendizaje; por ello, el Banco Mundial ha introducido el “capital humano”, medido en términos de educación y formación, como nuevo criterio de riqueza

Probablemente, uno de los principales efectos de los procesos de globalización consista en situar a la educación en la órbita de las prioridades políticas. De acuerdo con especialistas son dos las razones que permiten comprender este resurgir educacional.

La primera es que los procesos de globalización colocan en primer plano el valor - incluso económico - del conocimiento, y por consiguiente, de los mecanismos que permiten su progreso y diseminación, es decir, la investigación y la educación. En efecto, una economía en la que el conocimiento puede llegar a ser el principal recurso productor de riqueza plantea a las instituciones de educación nuevas y exigentes demandas de eficacia y responsabilidad (Drucker, 1995).

La segunda razón es que los procesos de globalización no serían posibles, con el ritmo y extensión con que hoy se están dando, sin la concurrencia de la tecnología, incluso porque la capacidad de aprovechamiento y de desarrollo tecnológico de un país depende estrechamente de la formación de sus recursos humanos.

Según Castells (1996), podemos considerar la época actual como un período de discontinuidad histórica respecto al papel que desempeñan la información, el conocimiento y la tecnología para la capacidad productiva de la sociedad. Si bien ellos siempre han estado presentes, la aparición de un nuevo paradigma tecnológico que se organiza en torno a nuevas tecnologías de la información, cada vez más poderosas y flexibles, hace que la información se transforme, en sí misma, en un producto del proceso productivo que influye en todos los sectores de la actividad humana.

Ambas razones transforman a la educación en uno de los elementos cruciales para sacar el mayor partido posible de los procesos de globalización. (Spero, 1996) Y ambas exigen la configuración de sistemas educativos extremadamente flexibles y adaptables a demandas y a contextos rápidamente cambiantes. Incluso, es posible que la globalización, gracias a los beneficios de las redes, contribuya al desarrollo cuantitativo y cualitativo de la educación, poniendo al alcance de mayores capas de la población productos y servicios educativos que en parte completarán la labor de los métodos tradicionales de enseñanza y, en parte también, abrirán nuevos caminos. Es posible que la educación se convierta, en pocos años, en la industria del conocimiento de mayor potencial de crecimiento. (Cebrián, 1998).

Sin embargo, estas son consideraciones que, aunque válidas, resultan insuficientes para enfrentar con éxito la actual crisis de la educación. Faltan aquí otras apreciaciones cruciales para la formación integral del hombre:

En primera instancia, esta es una visión que caracteriza solamente a una parte, y no precisamente la mayor, del planeta. Se olvidan así las otras culturas: aquellas que conviven, o más bien, malviven, junto a las modernas sociedades industriales (Pozo, 1996), e incluso, las que proliferan dentro de sus confusos contornos; a las que podríamos denominar subculturas desfavorecidas, sin posibilidad de acceso a la tecnología y a las nuevas formas de aprendizaje. Millones de humanos que sufren el llamado “analfabetismo funcional” que caracteriza también, paradójicamente, la nueva época histórica.

Igualmente, hay una percepción parcializada del hombre como capital humano, sujeto al entrenamiento programado y económicamente pensado. De

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