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La Cocina De La Escritura Daniel Cassany


Enviado por   •  20 de Septiembre de 2011  •  1.645 Palabras (7 Páginas)  •  3.352 Visitas

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PARA APRENDER A REDACTAR: LA COCINA DE LA ESCRITURA

Todos pueden jugar a escribir

Lleva más de 11 ediciones desde 1993. Lo escribió Daniel Cassany, profesor de Análisis del Discurso en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona y Doctor en Ciencias de la Educación. La cocina de la escritura trata sobre cómo escribir textos cotidianos, sobre todo los no literarios.

Hoy día resulta atrevido escribir y no haber leído La cocina de la escritura. Si bien circulan desde hace tiempo manuales de estilo y libros que cuentan la trastienda de algunos escritores, escasean los volúmenes como éste, orientados a la arquitectura y carpintería del texto, es decir, dedicados a cómo escribir. Y aún escasean más los libros técnicos escritos en un lenguaje tan llano que resulte comprensible para cualquier persona. Por suerte, éste es uno de ellos.

De ahí su éxito: 11 reediciones desde 1993. Un éxito lógico, dados los excelentes recursos técnicos que brinda y el novedoso enfoque que aporta. En un mercado dominado por los narradores, este profesor de Análisis del Discurso de la Pompeu Fabra dejó de lado a la (sacrosanta) literatura y abordó en profundidad el proceso de composición de un texto cualquiera. Ahí reside su gran acierto: considera que todas las personas escriben a diario.

EN FAVOR DE UN LENGUAJE LLANO

Según Cassany, en una sociedad alfabetizada como la actual, cualquier persona necesita saber escribir. Y además precisa hacerlo con cierto orden, claridad y capacidad de síntesis. Relacionarse a través de Internet, pedir trabajo o escribir cartas de protesta contra las compañías telefónicas que envían facturas erróneas, sin duda, justifican la aseveración. Por eso conviene afrontar la escritura como una destreza que se entrena, y no como un gen que se tiene o no. Más claro: cualquiera puede aprender a escribir.

¿Ah, pero no se necesitaba un aura especial? A la luz de La cocina de la escritura, no, de ningún modo. Como detalla su autor, sólo hace falta conocer los recursos técnicos que existen y trabajarlos a conciencia en cada texto. Lo demás es como tocar la guitarra o el piano: ensayar hasta lograr un pulso aceptable.

Eso sí, además de ejercitarse sin descanso, también conviene evitar determinadas ideas erróneas que circulan sobre la escritura. Por cierto, algunas de ellas muy extendidas en la tradición literaria española. A saber:

• que escribir bien consiste en redactar complicado, cuanto más complicado mejor: largo, sinuoso y con un vocabulario carpetovetónico, rococó y con giros retóricos hasta el aburrimiento o la incomprensión total;

• que escribir bien consiste en practicar sólo el fundamentalismo ortográfico y el talibanismo gramatical, es decir, corregir a quienes escriben water por water o váter, acentuar con aplomo palabras donde otros fallarían y mantener cruzadas templarias sobre las últimas anfibologías promovidas por la RAE;

• que escribir bien está más relacionado con la genética y con las experiencias lisérgicas que con la paciente y artesanal práctica de un oficio —la escritura— no tan viejo como la prostitución, pero casi.

Además de derribar esos prejuicios a golpe de lenguaje llano, Cassany aporta un canon sobre el texto bien escrito. (Y nótese que va en cursiva lo de canon, porque tampoco lo plantea así de explícito.) La idea de este doctor en Ciencias de la Educación hará temblar a tanto intelectual y gerente retórico que pueblan los medios de comunicación y el papelerío de las empresas: un texto bien escrito es aquel que se entiende a la primera lectura. Y punto.

Como se desprende de este libro, más que lectores tontos, hay escritores perezosos. Entre estos últimos, por ejemplo, abundan quienes impostan un tono literario para hacer como que saben o quienes vuelcan sobre el ordenador lo que llevan dentro, sin detenerse siquiera a pensar quiénes son los destinatarios y para qué (cuerno) necesitan éstos el texto... Claro, así, circulan los informes soporíferos, las noticias ambiguas y las normas inextricables que circulan en el mundo laboral. Como se estila decir: «Si es que hay mucho ruido en la comunicación».

REESCRIBIR ES EL SECRETO

Por eso, Cassany insiste en que el escritor componga sus textos, que no los improvise. Así sea un artículo científico, un manual de instrucciones para una batidora o una investigación de mercado, el redactor debe comprometerse con los lectores y ofrecerles un texto de calidad. ¿Y qué es eso? Pues un texto claro, conciso, bien hilado, que respire orden en sus ideas y que esté estructurado de acuerdo con las expectativas de éstos. Ni más ni menos; así puede definirse un texto bien escrito.

Claro, que eso supone trabajo para su autor, como aclara Cassany. O dicho de otro modo: implica dejar de ser perezoso y pensar (al menos un par de segundos) en los lectores: qué saben, qué no saben, qué entienden, qué no entienden, qué esperan, qué tienen que hacer después con el texto... Vamos, que antes de redactar una nueva norma, rehacer un modelo de contrato o plasmar las conclusiones de una reunión, al escritor le conviene plantearse cuáles son los objetivos del texto y cómo los conseguirá. Y, por supuesto, luego debe trabajar

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